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Mensaje del Papa para Cuaresma 2012
Benedicto XVI ha denunciado que el mundo actual “está enfermo”, que sufre una falta de fraternidad, que bajo el respeto de la llamada “esfera privada” se esconde el egoísmo, la indiferencia y el desinterés del hombre y que el mal no se puede callar, sino denunciarlo.
El Pontífice así lo ha manifestado en su Mensaje para la Cuaresma 2012, que tiene como lema “Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras”, presentado hoy en el Vaticano por el cardenal Robert Sarah, presidente del Consejo Pontificio “Cor Unum”, el organismo de la Santa Sede que se encarga de distribuir la caridad del Papa.
En su mensaje, el Obispo de Roma señala la importancia que para la Iglesia tiene la palabra “fijarse”, que significa “estar atentos los unos a los otros, a no mostrarse extraños, indiferentes a la suerte de los hermanos.
“Sin embargo, con frecuencia prevalece la actitud contraria, es decir la indiferencia o el desinterés, que nacen del egoísmo encubierto bajo la apariencia del respeto por la ‘esfera privada’”, denunció el Papa.
Benedicto XVI insistió en la solidaridad, la fraternidad y la justicia y echando mano de una frase de Pablo VI señaló que “el mundo está enfermo“.
“Su mal está menos en la dilapidación de los recursos y en el acaparamiento por parte de algunos y en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos“, afirmó, a la vez que subrayó que la atención al otro conlleva preocuparse por todos sus aspectos, el físico, el moral y el espiritual.
Agregó que la cultura contemporánea parece haber perdido el sentido del bien y del mal y que por ello es necesario reafirmar con fuerza que el bien existe y vence, “porque Dios es bueno y hace el bien“.
El Pontífice alertó del peligro de tener “el corazón endurecido por una anestesia espiritual” que deja al hombre “ciego” ante el sufrimiento de los demás y advirtió de que la riqueza material y la saciedad es la que impide muchas veces al hombre mirar de manera amorosa al hermano.
El Obispo de Roma señaló también que los intereses personales y las propias preocupaciones son lo que lleva al hombre a ser incapaz de tener misericordia con quien sufre.
“Nunca nuestros problemas deben absorber nuestros corazones hasta el punto de hacernos sordos al grito del pobre”, afirmó.
Benedicto XVI también se refirió a otro aspecto de la vida cristiana que, precisó, ha caído en el olvido y que es la “corrección fraterna para la salvación eterna“.
Según el Papa, hoy somos muy sensibles al bien físico y material de los demás, pero callamos “por completo” sobre la responsabilidad espiritual para con los hermanos, al contrario que en la iglesia de los primeros tiempos cuando se interesaban además de por la salud, por el alma de prójimo.
Benedicto XVI escribió que es necesario corregir al que se equivoca y que “frente al mal no hay que callar“.
“Pienso en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien”, afirmó.
Agregó que lo que anima la reprensión cristiana nunca es un espíritu de condena o recriminación, sino el amor y la misericordia y que en nuestro mundo, “impregnado de individualismo, es necesario que se redescubra la importancia de la corrección fraterna, para caminar juntos hacia la santidad”.
Benedicto XVI señaló que el ser “guardianes” de los demás contrasta con una mentalidad que, al reducir la vida sólo a la dimensión terrena, acepta cualquier decisión moral en nombre de la libertad individual.
“Una sociedad como la actual puede llegar a ser sorda, tanto ante los sufrimientos físicos, como ante las exigencias espirituales y morales de la vida”, denunció.
El Mensaje papal es la antesala de las actividades del Pontífice durante la Cuaresma. El 22 de febrero se trasladará a la basílica romana de Santa Sabina para presidir los ritos del Miércoles de Ceniza, que abren el tiempo de Cuaresma.
Aprendiendo a ser hijos:
Si no queremos hacer de la Cuaresma un pobre Carnaval, será necesario que, quitada la máscara del hombre viejo, mostremos descubierto el rostro del hombre nuevo.
Nuestro hombre viejo ha sido crucificado con Cristo, para que fuese destruido el cuerpo de pecado. “Despojaos de lo viejo” –dice el apóstol-, “renovaos en la mente y en el espíritu, revestíos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios”.
Así, revestidos de Cristo, iremos con Cristo a donde él va, seremos probados donde él es probado, aprenderemos donde él aprende, amaremos como él ama, lo seguiremos llevando tras él nuestra cruz de cada día.
Que nadie renuncie a la verdad de este misterio: La Iglesia entra con Jesús en el desierto, para seguir a su Señor hasta la cruz, hasta la entrega de la vida, hasta la resurrección, hasta la gloria a la derecha de Dios.
Entrando con Jesús en el desierto, abrazo lo que desprecié, aprendo lo que ignoré cuando con el hombre viejo salí del paraíso: Allí aprendo la soledad del Hijo, la pobreza del Hijo, las lágrimas del Hijo, la obediencia del Hijo, la confianza del Hijo, el amor del Hijo. Nuestra es la pobreza, del Hijo es la obediencia; nuestro el abandono, del Hijo la confianza; nuestras las lágrimas, del Hijo el amor.
Empujado por el Espíritu hasta nosotros, el Hijo aprendió lo que es nuestro. Empujados por el Espíritu hacia el Hijo, nosotros aprendemos lo que es suyo.
No pienses que este misterio es ajeno a las preocupaciones del hombre, a sus problemas, a la realidad de su vida, al mundo en el que el hombre se mueve. El camino que lleva al hombre nuevo, al mundo nuevo, a la ciudad de Dios, a la comunidad de los ungidos para evangelizar a los pobres, ese camino se abre hacia dentro del ser, hacia el corazón del hombre, hacia el lugar secreto donde el hombre guarda la llave del amor.
Recuerda con quién comulgas y sabrás con quién eres probado, sabrás con quién vives, con quién te ofreces, con quién serás glorificado.
Recuerda con quién, y sabrás que brilla sobre tu vida el signo de la alianza nueva y eterna que Dios ha puesto, no ya en las nubes del cielo, sino en su Hijo entregado por los pecadores.
Tú comulgas, y Dios reconoce en ti el amor de su Hijo. Tú comulgas, y Dios recuerda su pacto de amor contigo que, por la fe y la conversión, has hacho brillar sobre tu vida la luz de Cristo.
El desierto, la noche, el invierno, la cruz, la vida, ése es el lugar donde, con Cristo, aprendemos a ser hijos de Dios.
Eucaristía, Iglesia y pobres
Supongo que aquellas tejas levantadas son evidencia de una voluntad decidida a plantar al enfermo delante de Jesús; y no para que el enfermo pudiese oír mejor lo que Jesús decía, sino para que, alcanzado por la mirada y la compasión, fuese alcanzado también por la curación.
Dios está en todas partes, pero el hombre necesita tener constancia corpórea de la divina presencia, y esa función de dar corporeidad a Dios la han desempeñado siempre los lugares sagrados: necesito saber que Dios me mira, que me presta atención, que se ocupa de mí. Aquellos cuatro levanta techos no sabían que estaban poniendo a su enfermo ante los ojos de Dios, no sabían que le iban a dar a aquel hombre la oportunidad de oír palabras de Dios, aun esperando confusamente que sobre él se manifestase el poder de Dios.
Ellos no sabían, pero a nosotros se nos ha concedido la gracia de saber.
Sé que soy pecador; sé que necesito sobre mí la mirada del Señor, sus palabras, su poder; y sé dónde buscar lo que necesito.
Aquellos cuatro levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico.
Yo sólo he de dejar que la luz de la fe me guíe hasta al cuerpo de Señor y me deje bajo la mirada de la piedad de Dios. Esa luz me lleva a la Eucaristía, a la comunión con Cristo, comunión de un pobre pecador con la santidad que en la gloria hace palidecer de hermosura a los ángeles y a los santos. Esa luz me lleva a la Iglesia, cuerpo de Cristo: “Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra”. Esa luz me lleva a los pobres, cuerpo arcano y doliente de Cristo, en los que encontraré la llave que abre a los pecadores el reino de Dios.
Eucaristía, Iglesia y pobres, tres cuerpos ante los que la fe puede descolgar nuestra vida pecadora para que Cristo nos mire y nos perdone
Sólo me queda el amor
Creo conocer y muy bien al leproso que Jesús curó.
Cuando pidió a Jesús que lo curase, no podía sospechar que sería Jesús quien se quedase con la enfermedad. Ahora lo sabe, y el primer impulso es de decirle: Señor, devuélvemela; no es justo que tú te quedes con esa maldición que es sólo mía; no puedo permitir semejante locura.
Pero tú, arrodillado a mis pies como si fueses mi esclavo, me miraste con seriedad que no pude ignorar, y me dijiste: Si no me das tu enfermedad, no tendrás parte conmigo.
Entonces supe que sólo cabía amarte para no morir de pena por haberte dado mis pecados.
Se acercó… la levantó
La trabajadora de Spanair tenía algo que decir, pero la voz se le rompió, y ya sólo nos hablaron los sollozos. Puede que todavía el día anterior aquella mujer pensase que tenía un buen trabajo y que podía mirar con tranquilidad al futuro. Ahora despertaba turbada en un mundo indiferente a su necesidad, a sus hipotecas, a sus miedos, a su soledad.
Job se había despertado en un mundo de ausencias: estío sin sombra, trabajo sin salario, noches de fatiga, días sin esperanza, levedad de la vida, ojos sin alegría.
Oyes a Job, oyes a la trabajadora, oyes a las víctimas de ayer y de hoy, y se te oprime el corazón, como si fueses parte de una historia huérfana de sentido y de futuro.
Pero otra voz te trae el evangelio, en tu asamblea se anuncian los hechos de Jesús, y el tiempo vuelve a marcar horas de esperanza. Alguien se te acerca, te da la mano, te levanta, y, vencida la soledad, vuelves a estar entre hermanos y a servirlos: vuelves a vivir.
Recuerda cómo el Señor se te acercó, pues entró en tu casa por la encarnación, te tomó de la mano por su gran misericordia, te levantó con su humillación: él bajó contigo al lugar de los muertos, y con él subiste a la gloria de Dios.
Ésa será hoy tu Eucaristía: encuentro con Cristo que entra en tu casa y te resucita, encuentro con el que ha sido ungido y enviado a sanar tu corazón quebrantado, a liberar oprimidos, a proclamar un año de gracia del Señor. Hoy, en la Eucaristía, el creyente, como la suegra de Pedro, se levanta para servir.
Reconoce lo que has recibido y a qué eres llamada: acércate a los pobres, dales la mano, levántalos. Ésa, como lo fue de Cristo, es tu misión. No dejes que las víctimas se queden huérfanas de ti, no dejes que su mundo parezca huérfano de Dios.


