Un relato para el absurdo (III)

Extraído del libro “Un minuto para el absurdo” de Anthony de Mello.

«La principal razón por la que las personas no son felices es porque se complacen insanamente en sus sufrimientos», dijo el Maestro.
Y contó cómo, viajando él cierta noche en la litera superior de un vagón de ferrocarril, le era imposible conciliar el sueño, porque en la litera inferior había una mujer que no dejaba de gemir:

«¡Qué sed tengo, Dios mío, qué sed tengo…!»

Una y otra vez se oía aquella lastimera voz, hasta que, finalmente, el Maestro descendió sigilosamente por la escalerilla, salió del departamento, recorrió todo el pasillo del vagón hasta llegar a los servicios, llenó de agua dos grandes vasos de papel, regresó con ellos y se los dio a la atormentada mujer:

«¡Aquí tiene, señora: agua!»

«Muchas gracias, señor. Dios le bendiga…»

El Maestro volvió a su litera, se acomodó en ella. . . y a punto estaba de conciliar el sueño cuando, de pronto, oyó de nuevo la lastimera voz:

«¡Qué sed tenía, Dios mío, qué sed tenía…!».

Un relato para el absurdo (II)

Extraído del libro “Un minuto para el absurdo” de Anthony de Mello.

Cuando el Maestro se encontró con un grupo de profesores, habló largo y tendido con ellos, porque también él había sido profesor. «Lo malo de los profesores», dijo, «es que suelen olvidar que el fin de la educación no es el aprendizaje, sino la vida».

Y contó lo que le había sucedido cuando, un día, se encontró con un muchacho que estaba pescando en el río:

«Hermoso día para pescar, ¿eh?», le dijo al muchacho.

«Sí», respondió éste.

«¿Y por qué no estás en la escuela?», le preguntó al cabo de unos instantes.

«Como usted acaba de decir, señor, hace un hermoso día para pescar».

Y se refirió también al informe escolar que había recibido de su hija pequeña: «Su hija progresa bastante en la escuela, pero sería deseable que su alegría de vivir no le impidiera progresar aún más».

Un relato para el absurdo

Extraído del libro “Un minuto para el absurdo” de Anthony de Mello.

El Maestro impartía su enseñanza: «El genio de un compositor se halla en las notas de su música; pero analizar las notas no sirve para revelar su genio. La grandeza del poeta se encierra en sus palabras; pero el estudio de éstas no revela su inspiración. Dios se revela en la creación; pero, por mucho que escudriñes la creación, no encontrarás a Dios, del mismo modo que no descubrirás el alma por mucho que examines el cuerpo».

Llegado el momento del diálogo, alguien preguntó:
«Entonces, ¿cómo podemos encontrar a Dios?»

«Mirando la creación, no analizándola».

«¿Y cómo hay que mirarla?»

«Si un labrador intenta buscar la belleza en una puesta de sol, lo único que descubrirá será el sol, las nubes, el cielo y el horizonte de la tierra. . . mientras no comprenda que la belleza no es una ‘cosa’, sino una forma especial de mirar, buscarás a Dios en vano mientras no comprendas que a Dios no se le puede ver como una ‘cosa’, sino que requiere una forma especial de mirar. . . semejante a la del niño, cuya visión no está deformada por doctrinas y creencias prefabricadas».

Entender no es lo mismo que sentir

Le preguntaron cierta vez a Uwais el sufí:

-¿Qué es lo que la Gracia te ha dado?

Y les respondió:

-Cuando me despierto por las mañanas, me siento como un hombre que no está seguro de vivir hasta la noche.

Y le volvieron a preguntar:

-Pero esto, ¿no lo saben todos los hombres?

-Sí, lo saben; pero no todos lo sienten.

¿Quién pone los límites?

Una caravana que iba por el desierto se detuvo cuando empezaba a caer la noche.

Un muchacho, encargado de atar a los camellos, se dirigió al guía y le dijo:

-Señor, tenemos un problema. Hay que atar a veinte camellos y sólo tengo diecinueve cuerdas. ¿Qué hago?

-Bueno -dijo el guía-, en realidad los camellos no son muy lúcidos. Ve donde está el camello sin cuerda y haz como que lo atas. El se va a creer que lo estás atando y se va a quedar quieto.

El muchacho así lo hizo. A la mañana siguiente, cuando la caravana se puso en marcha, todos los camellos avanzaron en fila. Todos menos uno.

-Señor, hay un camello que no sigue a la caravana.

-¿Es el que no ataste ayer porque no tenías soga?

-Sí ¿cómo lo sabe?

-No importa. Ve y haz como que lo desatas, si no va a creer que siguen atado. Y si lo sigue creyendo no caminará.

La ¿sabiduría? puede provocar inacción

De entre todos los pueblos que el Mullah Nasrudín visitó en sus viajes, había uno que era especialmente famoso porque a sus habitantes se les daban muy bien los números. Nasrudín encontró alojamiento en la casa de un granjero. A la mañana siguiente, se dio cuenta de que el pueblo no tenía pozo. Cada mañana, alguien de cada familia del pueblo cargaba uno o dos burros con garrafas vacías y se iban a un riachuelo que estaba a una hora de camino, llenaban las garrafas y las traían de vuelta al pueblo, lo que les llevaba otra hora más.

“¿No sería mejor si tuvierais agua en el pueblo?”, preguntó el Mullah al granjero de la casa en la que se alojaba.

“¡Por supuesto que sería mucho mejor!”, dijo el granjero. “El agua me cuesta cada día dos horas de trabajo para un burro y un chico que lleva el burro. Eso hace al año mil cuatrocientas sesenta horas, si cuentas tanto las horas del burro como las del chico. Pero si el burro y el chico estuvieran trabajando en el campo todo ese tiempo, yo podría, por ejemplo, plantar todo un campo de calabazas y cosechar cuatrocientas cincuenta y siete calabazas más cada año, que al precio actual alcanzarían para comprar vaca y media”.

“Veo que lo tienes todo bien calculado”, dijo Nasrudín admirado. “¿Por qué, entonces, no construyes un canal para traer el agua al río?”

“¡Eso no es bien simple!”, dijo el granjero. “En el camino hay una colina que deberíamos atravesar. Si pusiera a mi burro y a mi chico a construir un canal en vez de enviarlos por el agua, les llevaría quinientos años si trabajasen dos horas al día. Sólo me quedan otros treinta años más de vida, meses más, meses menos, u otros 6 y 3/4 si dejo el tabaco. Así que me es más barato enviarles por el agua.”

“Sí, pero, ¿es que serías tú el único responsable de construir un canal? Sois muchas familias en el pueblo.”

“Claro que sí”, dijo el granjero. “Hay cien familias en el pueblo. Si cada familia enviase cada día dos horas un burro y un chico, el canal estaría hecho en cinco años. Y si trabajasen diez horas al día, estaría acabado un año”.

“Entonces, ¿por qué no se lo comentas a tus vecinos y les sugieres que todos juntos construyáis el canal?”

“Pues… – prendiendo otro cigarro – … Mira, si yo tengo que hablar de cosas importantes con un vecino, tengo que invitarle a mi casa, ofrecerle té y azúcar, hablar con él del tiempo y de la nueva cosecha, luego de su familia, sus hijos, sus hijas, sus nietos. Después le tengo que dar de comer y después otro té con galletas y él tiene que preguntarme entonces sobre mi granja y sobre mi familia para finalmente llegar con tranquilidad al tema y tratarlo con cautela. Eso lleva un día entero. Como somos cien familias en el pueblo, tendría que hablar con noventa y nueve cabezas de familia. Estarás de acuerdo conmigo que yo no puedo estar noventa y nueve días seguidos discutiendo con los vecinos. Mi granja se vendría abajo. Lo máximo que podría hacer sería invitar a un vecino a mi casa por semana. Como un año tiene sólo cincuenta y dos semanas, eso significa que me llevaría casi dos años hablar con mis vecinos.

Conociendo a mis vecinos como les conozco, te aseguro que todos estarían de acuerdo con hacer llegar el agua al pueblo, porque todos ellos son buenos con los números. Y como les conozco, te aseguro, cada uno prometería participar si los otros participasen también. Entonces, después de dos años, tendría que volver a empezar otra vez desde el principio, invitándoles de nuevo a mi casa y diciéndoles que todos están dispuestos a participar”.

“Vale”, dijo el Hodja, “pero entonces en cuatro años estaríais preparados para comenzar el trabajo. ¡Y al año siguiente, el canal estaría construido!”

“Hay otro problema”, dijo el granjero. “Estarás de acuerdo conmigo que una vez que el canal esté construido, cualquiera podrá servirse del agua, tanto si ha o no contribuido con su parte de trabajo correspondiente.”

“Lo entiendo”, dijo Nasrudín. “Incluso si quisierais, no podríais vigilar todo el canal.”

“Pues no”, dijo el granjero. “Cualquier avispado que se hubiera librado de trabajar, se beneficiaría de la misma manera que los demás y sin costo alguno”.

“Tengo que admitir que tienes razón”, dijo Nasrudín.

“Así que como a cada uno de nosotros se nos dan bien los números, intentaremos escabullirnos. Un día el burro no tendrá fuerzas, otro día el chico de alguien tendrá tos, otro la mujer de alguien estará enferma, y el niño y el burro tendrán que ir a buscar al médico…

Como a nosotros se nos dan bien los números, intentaremos escurrir el bulto. Y como cada uno de nosotros sabe que los demás no harán lo que deben, ninguno mandará a su burro o a su chico a trabajar. Así que la construcción del canal ni siquiera se empezará…”

“Tengo que reconocer que tus razones suenan muy convincentes”, dijo Nasrudín que se quedó pensativo por un momento, pero de repente exclamó: “Conozco un pueblo al otro lado de la montaña que tenía el mismo problema que vosotros tenéis. Pero ellos tienen un canal desde hace ya veinte años.”

“Efectivamente”, dijo el granjero, “pero a ellos no se les dan bien los números… “

Y un par más….

Seguimos aprovechando las vacaciones para lanzar al aire alguna reflexión más.
Éstas (también de Anthony de Mello) nos valen para reflexionar acerca de la Navidad. Aún estamos a tiempo de dejar sitio en nuestra posada para el Niño recién nacido…

El místico regresó del desierto. «Cuéntanos», le dijeron con avidez, «¿cómo es Dios?».
Pero ¿cómo podría él expresar con palabras lo que había experimentado en lo más profundo de su corazón? ¿Acaso se puede expresar la Verdad con palabras?

Al fin les confió una fórmula -inexacta, eso sí, e insuficiente-, en la esperanza de que alguno de ellos pudiera, a través de ella, sentir la tentación de experimentar por sí mismo lo que él había experimentado. Ellos aprendieron la fórmula y la convirtieron en un texto sagrado. Y se la impusieron a todos como si se tratara de un dogma. Incluso se tomaran el esfuerzo de difundirla en países extranjeros. Y algunos llegaron a dar su vida por ella.

Y el místico quedó triste. Tal vez habría sido mejor que no hubiera dicho nada.

El rico industrial del Norte se horrorizó cuando vio a un pescador del Sur tranquilamente recostado contra su barca y fumando una pipa.

“¿Por qué no has salido a pescar?”, le preguntó el industrial.

“Porque ya he pescado bastante por hoy”, respondió el pescador.

“¿Y por qué no pescas más de lo que necesitas?”, insistió el industrial.

“¿Y qué iba a hacer con ello?”, preguntó a su vez el pescador.

“Ganarías más dinero”, fue la respuesta. “De ese modo podrías poner un motor a tu barca. Entonces podrías ir a aguas más profundas y pescar más peces. Entonces ganarías lo suficiente para comprarte unas redes de nylon, con las que obtendrías más peces y más dinero. Pronto ganarías para tener dos barcas… y hasta una verdadera flota. Entonces serías rico, como yo”.

“¿Y qué haría entonces?”, preguntó de nuevo el pescador.

“Podrías sentarte y disfrutar de la vida”, respondió el industrial.

“¿Y qué crees que estoy haciendo en este preciso momento?”, respondió el satisfecho pescador.

Tres breves reflexiones

Para que estas fiestas no terminen sin un poquito de reflexión, aquí van tres breves cuentos de Anthony de Mello:

– “¿Ya rezas tus oraciones cada noche?”

– “¡Por supuesto!”- respondió su nieto.

– “Y por las mañanas?”

– “No. Durante el día no tengo miedo”.

Un discípulo llegó a lomos de su camello ante la tienda de su maestro sufí. Desmontó, entró en la tienda, hizo una profunda reverencia y dijo “tengo tan gran confianza en Dios que he dejado suelto a mi camello ahí afuera, porque estoy convencido de que Dios protege los intereses de los que le aman”.

“Pues sal fuera y ata tu camello estúpido!” le dijo el maestro. “Dios no puede ocuparse de hacer en tu lugar lo que eres perfectamente capaz de hacer por ti mismo.”

Estaba el filósofo Diógenes cenando lentejas cuando le vio el filósofo Aristipo, que vivía confortablemente a base de adular al rey.

Y le dijo Aristipo: “Si aprendieras a ser sumiso al rey, no tendrías que comer esa basura de lentejas”.

A lo que replicó Diógenes: “Si hubieras tú aprendido a comer lentejas, no tendrías que adular al rey”.

Santoral Refranero

Con frecuencia un refrán nace como condensación de un cuentecillo tradicional, y expresa las creencias populares con más fidelidad que otras formas literarias. En otras ocasiones, por el contrario, posee un origen culto que deriva de los sermones que durante la Edad Media se pronunciaban en lengua vernácula.

Por eso hoy vamos a hacer un poco de paremiología y vamos a recordar el sentido de algunos refranes que hacen referencias a santos. Aunque podríamos hacer una tesis doctoral acerca de todos los refranes agrícolas que hablan de actividades y fechas, vamos a rescatar algunos cuyo sentido depende más bien de la historia personal del santo, más que del día en que se celebre.

 

  • Acordarse de Santa Bárbara cuando truena

Este refrán hace referencia a que sólo nos acogemos a determinadas personas, actos, normas… cuando tenemos problemas, mientras que los ignoramos cuando no nos pasa nada.

Según la tradición cristiana, Santa Bárbara habría nacido en Nicomedia, cerca del mar de Mármara, hija de Dióscoro, quien la encerró en una torre.

Durante una ausencia de su padre, Bárbara se convirtió al cristianismo, y mandó construir tres ventanas en su torre, simbolizando la Santísima Trinidad. Su padre se enteró del significado del simbolismo de estas ventanas y se enfadó, queriendo matarla. Por eso, Bárbara huyó y se refugió en una peña milagrosamente abierta para ella. Atrapada pese al milagro, se enfrenta a su destino. Su padre la envió al juez, quien dictó la pena capital por decapitación. Él mismo fue quien la decapitó en la cima de una montaña, tras lo cual un rayo lo alcanzó, dándole muerte también.

 

  • Después de ojo sacado no vale Santa Lucía

Este refrán recomienda ser previsor y actuar a tiempo, antes de que sucedan los contratiempos.

Nacida en Siracusa, de acuerdo con la tradición Lucía era de padres nobles y ricos, y fue educada en la fe cristiana. Perdió a su padre durante la niñez, consagró su vida a Dios e hizo un voto de virginidad. Su madre, que estaba enferma, la comprometió a casarse con un joven pagano y ella, para librarse de ese compromiso, la persuadió para que fuese a rezar a la tumba de Águeda de Catania a fin de curar su enfermedad. Como su madre sanó, accedió a romper el compromiso y permitirle consagrar su vida a Dios. Pero su pretendiente la acusó al procónsul debido a que era cristiana.

Se le sometió a un juicio, durante el cual se intentó que abandonara la fe cristiana, pero Lucía no accedió, por lo que fue decapitada.

Es la patrona de la vista (y este refrán cobra sentido) debido a una leyenda en la Edad Media que decía que, cuando Lucía estaba en el tribunal, ordenaron a los guardias que le sacaran los ojos, pero ella siguió viendo.

 

  • Por San Blas las cigüeñas verás y si no las vieres, año de nieves

Hace referencia a la llegada de las cigüeñas a España a principios de febrero (excepto en años muy fríos). San Blas se celebra el 3 de febrero.

Aunque en este caso sí se hace referencia a fechas y al campo, está incluído en esta lista debido a las características del culto a San Blas.

Según la tradición, Blas de Sebaste era conocido por su don de curación milagrosa, que aplicaba tanto a personas como a animales. Salvó la vida de un niño que se ahogaba al trabársele en la garganta una espina de pescado. Este sería el origen de la costumbre de bendecir las gargantas el día de su fiesta el 3 de febrero. Es costumbre popular invocarle particularmente para remediar afecciones de la garganta.

 

  • Una y no más, Santo Tomás

Locución que expresa la última vez que algo ocurre, ninguna vez más.

Aunque el origen de esta frase es incierto, es muy probable que venga relacionada con el encuentro de Tomás con Jesús tras la Resurrección. Es muy probable que se intente reflejar la actitud de Jesús, al decirle que no sea incrédulo (en el refrán se hace más de manera más contundente), y que crea en el Resucitado pese a no haber visto a Jesús, simplemente viendo cómo ha transformado a sus hermanos.

Veamos el texto de Jn 20, 24-28:

“Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. El les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré.

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Entonces Tomás respondió y le dijo: !!Señor mío, y Dios mío!”

 

  • A quien Dios se la de, San Pedro se la bendiga

Este refrán puede aplicarse en dos casos diferentes: el primero es el de desentendimiento ante una circunstancia ajena. Pero el segundo es más curioso.

Si seguimos el sentido literal estamos diciendo que, si Dios te da algo, nadie puede oponerse aunque sea el mismo San Pedro.
Una referencia muy destacada acerca del uso de este refrán es el Quijote, en el que aparece en varias ocasiones, la primera vez acerca de la boda entre un lacayo y la hija de una noble: “una vez resuelto el pleito de casamiento de Tósilos con la hija de doña Rodríguez: Cásense –dice el hidalgo– en hora buena, y pues Dios nuestro señor se la dio, San Pedro se la Bendiga”.
Otra vez don Quijote utiliza este refrán aceptando el reto de otro caballero:
“Tomad, pues la parte del campo que quisieredes: que yo haré lo mismo, y a quien Dios se la diere, san pedro se la bendiga”.

Gulliver

La Iglesia tiene muchos enemigos. Casi todos ellos son también enemigos de la Verdad y no soportan que nadie denuncie la ceguera en la que viven. Rabian, posiblemente porque les reconcome que se les señale una verdad que es trascendente. Atacan y persiguen, porque prefieren a los dioses pequeños, relativos y manipulables.

A continuación una canción que siempre tiene para mí resonancias cristianas, aunque es seguro que su autor no lo pretendía. Es de Joaquín Sabina.

Un día los enanos se rebelarán contra Gulliver
todos los hombres de corazón diminuto armados con palos y con hoces
asaltarán al único gigante con sus pequeños rencores
con su bilis, con su rabia de enanos afeitados y miopes.

Pobre de ti, Gulliver, pobre de ti
el día que todos los enanos unan sus herramientas y su odio
sus costumbres, sus vicios, sus carteras, sus horarios
no podrán, no podrán, no podrán perdonarte que seas alto.

Para ellos la generosidad no es más que un lujo que no pueden pagarse
viven alimentados por la envidia que los habita en forma de costumbre
míralos revolverse recelosos tras sus gafas de cocha
te acusarán, te acusarán, te acusarán

de ser el tuerto en el país de los ciegos
de ser quien habla en el país de los mudos
de ser el loco en el país de los cuerdos
de andar en el país de los cansados
de ser el sabio en el país de los necios
de ser el malo en el país de los buenos
de divertirte en el país de los serios
de estar libre en el país de los presos
de estar vivo en el país de los muertos
de ser gigante en el país de los enanos
de ser la voz que clama en el desierto
de ser la voz que clama en el desierto
de ser la voz que clama en el desierto.

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