LA RAZONABILIDAD DE LA FE

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Portada de la revista TIME. "Dios contra la ciencia. Ardiente debate entre Richard Dawkins, biólogo ateo, y Francis Collins, genetista cristiano"

Es habitual acusar a los creyentes de ser “ingenuos” o “supersticiosos” que reniegan del conocimiento, de la ciencia o de la técnica. También es frecuente que las personas separen la fe y la ciencia como si fueran orillas opuestas e irreconciliables. Pero los cristianos creemos en un Dios-persona, no en un Dios-arquitecto-del-universo (o un Dios-primer-principio o un Dios-naturaleza), por lo tanto, no nos deben preocupar ni hacer dudar los ataques que la fe recibe desde algunos ámbitos supuestamente científicos (en realidad, cientificistas). Para los católicos, la razón y la ciencia son formas legítimas y buenas para acercarse a Dios (aunque limitadas). Así que nosotros no podemos participar en ese enfrentamiento (que otros, interesados, plantean). Podemos decir, con orgullo, que la ciencia es nuestro aliado.

Para que los creyentes no metamos mucho la pata, ahí va una consideración de San Agustín (siglo V d.C. para que veas que esto no es nuevo).

Generalmente, incluso los no cristianos saben algo sobre la tierra, los cielos y los otros elementos de este mundo; sobre el movimiento y las órbitas de las estrellas, e incluso su tamaño y sus posiciones relativas; sobre los predecibles eclipses del sol y la luna, los ciclos de los años y las estaciones; sobre las clases de animales, plantas, piedras y demás, y a este conocimiento se aferran, al tenerlo por certeza por la razón y la experiencia.

Ahora, es una cosa vergonzosa y peligrosa que un infiel escuche a un cristiano, presumiblemente explicando el significado de la Sagrada Escritura, decir tonterías sobre estos temas; y debemos adoptar todos los medios para evitar tal vergüenza, en el que la gente demuestra la vasta ignorancia del cristiano y se ríen de él hasta el ridículo.

La vergüenza no es tanto que algún individuo ignorante se vea engañado, como el que la gente fuera de la fe piense que nuestros sagrados escritores sostenían tales opiniones, y para la gran pérdida de aquellos por cuya salvación luchamos, los escritores de nuestra Escritura son criticados y rechazados como ignorantes. Si ellos encuentran a un cristiano equivocado en un campo que ellos mismos conocien bien y lo escuchan mantener sus disparatadas opiniones sobre nuestros libros, ¿cómo podrán ellos creer en aquellos libros y materias concernientes a la resurrección de los muertos, la esperanza de la vida eterna, el reino de los cielos, si ellos piensan que sus páginas están llenas de falsedades sobre hechos que ellos mismos han aprendido por la experiencia y a la luz de la razón?

Y una frase de Galileo (fervoroso cristiano hasta el fin de sus días, por cierto): “No me siento obligado a creer que el mismo Dios que nos ha investido con sentido, razón e intelecto pretenda ahora que renunciemos a su uso“.

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