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Receta contra el relativismo (o un apunte kierkegaardiano)

“Ama y haz lo que quieras”, dice San Agustín. Y San Pablo dice que “no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia” (Romanos 6, 14) o que estamos “libres de la ley (…),  bajo el régimen nuevo del espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra” (Romanos 7,  6). También la Iglesia enseña que la conciencia es un reducto sagrado del hombre en el que Dios le habla, y que quien actúa de acuerdo con su conciencia (rectamente formada) no peca nunca.

Quizás estas fórmulas (y tantas otras) hayan abonado en nosotros el vicio del relativismo, del que tan esclavo es nuestro mundo y del que con tanta fuerza se ha quejado el Santo Padre. En nuestros grupos, en nuestra pastoral, en las homilías de los sacerdotes, en las charlas informales… ¿no es frecuente que se intente relajar un poco el contenido para evitar parecer amonestadores o censuradores? ¿No evitamos la palabra “pecado” o “mal” para intentar concentrarnos en las partes más “positivas” o más fáciles de digerir de la fe?

En realidad, los santos y la Iglesia no proponen, ni mucho menos, un relativismo moral (aunque en la Iglesia seamos víctimas del mismo), sino una vida de hombre religioso, como lo llamaría el filósofo danés Soren Kierkegaard. Quizás su esquema de los estadios del camino de la vida pueda servirnos para distinguir en nosotros el relativismo de “la vida en el espíritu” de la que habla San Pablo.

El filósofo propone los siguientes estadios:

  • El hombre estético. Centrado en el instante, en el placer, en lo momentáneo, en lo excepcional. La huida del dolor, la fuga permanente, caracteriza al esteta. Podríamos decir que es un ser “autorreferencial”, que condiciona su comportamiento y su vida entera a las propias satisfacciones más inmediatas. Los niños pequeños son esencialmente “estéticos” en este sentido: no conciben más universo que sí mismos y todo lo que les rodea tienevalor en la medida en que cubran sus deseos personales.
  • El hombre ético. Vive centrado en el deber. Evita el mal y escoge el bien. Busca, entonces, lo universalizable, la verdad de las cosas. Una verdad que es exterior a él. Por lo tanto, podríamos decir que es alguien referenciado en un código (moral) ajeno a sí mismo. Lo bueno, lo verdadero. Representa un estado de vida maduro y solvente. Cuando ese código externo es, por ejemplo, la moral católica, existe una cierta vida cristiana. De hecho, es posible que muchos cristianos vivamos en este estadio, en el que ya no somos esclavos de cierto hedonismo, pero de alguna medida sí lo somos de la “ley” o de las obligaciones contraídas por la fe.
  • El hombre religioso. Es el estadio superior, en que la persona vive con el amor como principio rector y centro de la propia existencia. Amor que se concreta en la voluntad de Dios para la propia vida. Este hombre vive totalmente descentrado de sí mismo, porque hace orbitar su ser alrededor de Otra persona, que es Dios. Otra Voluntad. En la Biblia, Abraham representa perfectamente este estadio: contraviniendo toda lógica y los propios criterios, está dispuesto a sacrificar a su hijo porque sabe que Dios, que es Amor, tiene una Voluntad (unos deseos, un querer) propia a la que él desea someterse. 

Es fácil reconocerse en el estadio ético. Sin embargo, ¿y todas esas veces que “nos saltamos” o no ceñimos nuestra vida al aparentemente apretado traje de la moral cristiana (pensemos en el Decálogo o los mandamientos de la Iglesia, la moral sexual, la moral del dinero, las relaciones familiares…)? ¿Cómo podemos distinguir cuándo hemos adoptado una actitud “estética” y cuándo una actitud “religiosa”?

El esquema de Kierkegaard puede ayudarnos. Él dice que el salto del estadio ético al religioso produce “angustia”. Una angustia que es, de alguna manera, como la de un salto al vacío. Los códigos, “las leyes”, las normas… pueden gustarnos más o menos en determinado momento. Resultarnos más o menos cómodos. Parecernos más o menos exigentes y duros. Pero son seguros.

En cambio, poner la referencia en Dios es ponerla en otro Alguien, cuya Voluntad (exageramos un poco: sus caprichos) no siguen una fórmula matemática o unos principios fácilmente comprensibles para nosotros. Dios es Dios y piensa a lo grande. Lo que Él quiere en cada momento es para nosotros inesperado, cambiante, difícil de entender y de asumir, incluso “una locura”. ¿Acaso la vida de Jesús no es el mejor ejemplo de todo ello?

La “angustia” puede ser la alarma que nos indique hacia dónde estamos “dejando de ser éticos”. Para seguir la máxima de “ama y haz lo que quieras” agustiniana hay que dar el salto al vacío, de lo ético a lo religioso, y padecer esa angustia de lo desconocido e impredecible que es descansar en la Gracia de Dios “en vez de” en la ley.

No obstante, un apunte: Dios se ha revelado a sí mismo como ha querido. Y ha escogido la Palabra, los mandamientos, la Iglesia… y, sobretodo, al propio Jesucristo. Por eso podemos estar bastante seguros de que siguiendo la Palabra, los mandamientos, las enseñanzas de la Iglesia y el ejemplo de Jesús estaremos dentro de la Voluntad de Dios. Y una clave: si no estás seguro de qué hacer, de qué decisión tomar, opta por la obediencia.

La ¿sabiduría? puede provocar inacción

De entre todos los pueblos que el Mullah Nasrudín visitó en sus viajes, había uno que era especialmente famoso porque a sus habitantes se les daban muy bien los números. Nasrudín encontró alojamiento en la casa de un granjero. A la mañana siguiente, se dio cuenta de que el pueblo no tenía pozo. Cada mañana, alguien de cada familia del pueblo cargaba uno o dos burros con garrafas vacías y se iban a un riachuelo que estaba a una hora de camino, llenaban las garrafas y las traían de vuelta al pueblo, lo que les llevaba otra hora más.

“¿No sería mejor si tuvierais agua en el pueblo?”, preguntó el Mullah al granjero de la casa en la que se alojaba.

“¡Por supuesto que sería mucho mejor!”, dijo el granjero. “El agua me cuesta cada día dos horas de trabajo para un burro y un chico que lleva el burro. Eso hace al año mil cuatrocientas sesenta horas, si cuentas tanto las horas del burro como las del chico. Pero si el burro y el chico estuvieran trabajando en el campo todo ese tiempo, yo podría, por ejemplo, plantar todo un campo de calabazas y cosechar cuatrocientas cincuenta y siete calabazas más cada año, que al precio actual alcanzarían para comprar vaca y media”.

“Veo que lo tienes todo bien calculado”, dijo Nasrudín admirado. “¿Por qué, entonces, no construyes un canal para traer el agua al río?”

“¡Eso no es bien simple!”, dijo el granjero. “En el camino hay una colina que deberíamos atravesar. Si pusiera a mi burro y a mi chico a construir un canal en vez de enviarlos por el agua, les llevaría quinientos años si trabajasen dos horas al día. Sólo me quedan otros treinta años más de vida, meses más, meses menos, u otros 6 y 3/4 si dejo el tabaco. Así que me es más barato enviarles por el agua.”

“Sí, pero, ¿es que serías tú el único responsable de construir un canal? Sois muchas familias en el pueblo.”

“Claro que sí”, dijo el granjero. “Hay cien familias en el pueblo. Si cada familia enviase cada día dos horas un burro y un chico, el canal estaría hecho en cinco años. Y si trabajasen diez horas al día, estaría acabado un año”.

“Entonces, ¿por qué no se lo comentas a tus vecinos y les sugieres que todos juntos construyáis el canal?”

“Pues… – prendiendo otro cigarro – … Mira, si yo tengo que hablar de cosas importantes con un vecino, tengo que invitarle a mi casa, ofrecerle té y azúcar, hablar con él del tiempo y de la nueva cosecha, luego de su familia, sus hijos, sus hijas, sus nietos. Después le tengo que dar de comer y después otro té con galletas y él tiene que preguntarme entonces sobre mi granja y sobre mi familia para finalmente llegar con tranquilidad al tema y tratarlo con cautela. Eso lleva un día entero. Como somos cien familias en el pueblo, tendría que hablar con noventa y nueve cabezas de familia. Estarás de acuerdo conmigo que yo no puedo estar noventa y nueve días seguidos discutiendo con los vecinos. Mi granja se vendría abajo. Lo máximo que podría hacer sería invitar a un vecino a mi casa por semana. Como un año tiene sólo cincuenta y dos semanas, eso significa que me llevaría casi dos años hablar con mis vecinos.

Conociendo a mis vecinos como les conozco, te aseguro que todos estarían de acuerdo con hacer llegar el agua al pueblo, porque todos ellos son buenos con los números. Y como les conozco, te aseguro, cada uno prometería participar si los otros participasen también. Entonces, después de dos años, tendría que volver a empezar otra vez desde el principio, invitándoles de nuevo a mi casa y diciéndoles que todos están dispuestos a participar”.

“Vale”, dijo el Hodja, “pero entonces en cuatro años estaríais preparados para comenzar el trabajo. ¡Y al año siguiente, el canal estaría construido!”

“Hay otro problema”, dijo el granjero. “Estarás de acuerdo conmigo que una vez que el canal esté construido, cualquiera podrá servirse del agua, tanto si ha o no contribuido con su parte de trabajo correspondiente.”

“Lo entiendo”, dijo Nasrudín. “Incluso si quisierais, no podríais vigilar todo el canal.”

“Pues no”, dijo el granjero. “Cualquier avispado que se hubiera librado de trabajar, se beneficiaría de la misma manera que los demás y sin costo alguno”.

“Tengo que admitir que tienes razón”, dijo Nasrudín.

“Así que como a cada uno de nosotros se nos dan bien los números, intentaremos escabullirnos. Un día el burro no tendrá fuerzas, otro día el chico de alguien tendrá tos, otro la mujer de alguien estará enferma, y el niño y el burro tendrán que ir a buscar al médico…

Como a nosotros se nos dan bien los números, intentaremos escurrir el bulto. Y como cada uno de nosotros sabe que los demás no harán lo que deben, ninguno mandará a su burro o a su chico a trabajar. Así que la construcción del canal ni siquiera se empezará…”

“Tengo que reconocer que tus razones suenan muy convincentes”, dijo Nasrudín que se quedó pensativo por un momento, pero de repente exclamó: “Conozco un pueblo al otro lado de la montaña que tenía el mismo problema que vosotros tenéis. Pero ellos tienen un canal desde hace ya veinte años.”

“Efectivamente”, dijo el granjero, “pero a ellos no se les dan bien los números… “

Gulliver

La Iglesia tiene muchos enemigos. Casi todos ellos son también enemigos de la Verdad y no soportan que nadie denuncie la ceguera en la que viven. Rabian, posiblemente porque les reconcome que se les señale una verdad que es trascendente. Atacan y persiguen, porque prefieren a los dioses pequeños, relativos y manipulables.

A continuación una canción que siempre tiene para mí resonancias cristianas, aunque es seguro que su autor no lo pretendía. Es de Joaquín Sabina.

Un día los enanos se rebelarán contra Gulliver
todos los hombres de corazón diminuto armados con palos y con hoces
asaltarán al único gigante con sus pequeños rencores
con su bilis, con su rabia de enanos afeitados y miopes.

Pobre de ti, Gulliver, pobre de ti
el día que todos los enanos unan sus herramientas y su odio
sus costumbres, sus vicios, sus carteras, sus horarios
no podrán, no podrán, no podrán perdonarte que seas alto.

Para ellos la generosidad no es más que un lujo que no pueden pagarse
viven alimentados por la envidia que los habita en forma de costumbre
míralos revolverse recelosos tras sus gafas de cocha
te acusarán, te acusarán, te acusarán

de ser el tuerto en el país de los ciegos
de ser quien habla en el país de los mudos
de ser el loco en el país de los cuerdos
de andar en el país de los cansados
de ser el sabio en el país de los necios
de ser el malo en el país de los buenos
de divertirte en el país de los serios
de estar libre en el país de los presos
de estar vivo en el país de los muertos
de ser gigante en el país de los enanos
de ser la voz que clama en el desierto
de ser la voz que clama en el desierto
de ser la voz que clama en el desierto.

LA VERDAD Y EL DIABLO

Sobre el peligro de creer que nuestra experiencia de Dios ya está completa:

Un día caminaba el diablo junto a un amigo suyo cuando se detuvieron a ver cómo un hombre, delante de ellos, se agachaba y recogía algo del suelo. Entonces, lleno de alegría, lo aferró con fuerza y lo llevó consigo.

– ¿Qué es lo que ha encontrado ese hombre? – le preguntó su amigo al diablo.

– Un trozo de la Verdad.

– Vaya – volvió a decir éste -. Eso debe de ser un muy mal asunto para ti, ¿no?

Pero el diablo le sonrió maliciosamente y le dijo:

– En absoluto. No le servirá de nada. Porque le haré creer que ya ha encontrado la Verdad completa.

Me tomo la palabra… Pecado

PECADO (del latín, peccatum)

1.- Según la RAE: transgresión voluntaria de los preceptos religiosos.

Se trata de la primera acepción.

2.- Según Aristóteles: error trágico. En griego, hamartia, “fallo en la meta, no acertar”. Se trata de un error, un fallo, debido a una actitud no consciente.

¡Me ha alegrado mucho leer la primera acepción de la palabra “pecado” en el diccionario electrónico de la RAE! Se trata de una definición que, aunque breve, contiene dos claves importantes:

– Se trata de una transgresión voluntaria. El concepto griego del pecado es, simplemente, “error”. Producido por la falta de conocimiento, no por la falta de amor o por un acto de libertad. El pecado griego es fácil de justificar y disculpar. El pecado cristiano, en cambio, importa. Es una decisión consciente que se puede condenar. Y porque importa el pecado, importa el Perdón.

– Contra los preceptos religiosos. El pecado, tal y como lo entendemos los cristianos, es un contenido religioso y que, por tanto, nos remite a la relación con Dios. No se trata, como en el mundo griego, de un atentado contra “lo sano” o “lo correcto”, entendidos según la forma de vida de la época. Sino de un ataque a “lo sano” o “lo correcto” según los criterios de Dios.

El pecado es un concepto cristiano fundamental. No es “paganizable”, porque el mundo pagano no llega a vislumbrar el pecado tal y como nos lo muestra la revelación que proviene de Dios. No existe el “pecado laico”.

3.- Según el catecismo: es una falta contra el amor verdadero con Dios y con el prójimo. Por lo tanto, una falta también contra la razón, la verdad y la recta conciencia.

4.- Para el perfecto ateo: el pecado no existe.

Es posible que tengamos la tentación, a veces, de rebajar la importancia que el pecado tiene en nuestra fe. Porque nos parece culpabilizador, porque es un concepto negativo, porque no es “atractivo” a la hora de presentarle a otros nuestro cristianismo, porque suena antiguo, porque… Sin embargo, es algo capital. Porque si no hubo pecado, ¿para qué sirvió la Cruz? ¿Y en qué queda la misericordia de Dios? ¿Y de qué fuimos salvados por Jesús?

¡Cuidado con quienes quieren hacernos creer que el pecado no existe o no importa! Satán es el Príncipe de la Mentira. Porque, ¿cuál es el primer pecado que aparece en la Escritura?

5.- El primer pecado que se lee en la Biblia: Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Dios había hecho. Y dijo a la mujer: <así que Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del huerto>.

La primera aparición del diablo en la Escritura es para cometer el primer pecado: la mentira. Y es muy propio de él procurar que no creamos en el pecado o que no le demos importancia.

6.- San Agustín: el pecado es amor de sí hasta el desprecio de Dios.

Lo que nos remite de nuevo al pasaje del Génesis (cap. 3). La mentira de la serpiente engendró el pecado en el hombre, que quiso ser igual a Dios y al margen de Él.

7. Lo que le toca al cristiano: la conversión exige el reconocimiento del pecado. Así llega el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención.

DONDE ABUNDÓ EL PECADO, SOBREABUNDÓ LA GRACIA (Rom. 5, 20) es decir…

Sólo una tecla

No hay ningún dxfxcto en xstx post, xxcxxpto una txcla que no funciona bixn. Xl rxsto de las txclas funciona pxrfxctamxntx, pxro xsta txcla xs la única dxfxctuosa y provoca un sxrio problxma. ¿No tx parxcx?

Dx igual manxra podrías dxcir, por xjxmplo, qux sólo xrxs una txcla y qux no sx notaría mucho si no colaborasxs con xl rxsto. Pxro xsta manxra dx pxnsar xs xrrónxa; los dxmás tx nxcxsitan, ¡cuxntan contigo!

La próxima vxz qux sx tx ocurra pxnsar qux no xrxs importantx, acuxrdatx dx xstx ordxnador. Xn xfxcto, im2gínatx qux dos txcl2s funcio2n m2l… ¿Y qux p2s2rí2 si fuxr2n trxs o incluso cu2;ro simul;2nx2mxn;x?

El hierro es fuerte, pero…

El hierro es fuerte, pero el fuego lo funde.
El fuego es fuerte, pero el agua lo apaga.
El agua es fuerte,
pero las nubes lo hacen posible.
Las nubes son fuertes,
pero el viento las arrastra.
El viento es fuerte, pero el hombre es más.
El hombre es fuerte, pero el temor lo tumba.
El temor es fuerte,
pero el sueño lo hace olvidar.
El sueño es fuerte, pero la muerte lo supera.
La muerte es fortísima,
pero la bondad le sobrevive.

del Talmud.

Dios no es bueno

Hace algunos años, un sabio teólogo reconocido en occidente decidió demostrar a sus alumnos por qué el presupuesto de que “Dios es bueno” es falso y engañoso. Llamó a uno de sus alumnos recién llegados a la academia y le propuso que resumiera en tres conceptos muy concretos las cosas de la vida que las personas identifican como “buenas”. Él, después de meditarlo levemente, escribió lo siguiente:

SEGURIDAD PARA EL FUTURO

SALUD

RECIBIR AMOR

Cuando se hubo ido aquél, llamó a otro de sus alumnos, igual de joven, y le pidió que pusiera, según su conocimiento, tres etiquetas acerca de Dios. Él tuvo que dedicarle muchas horas a meditar. ¿Cómo resumir a Dios en tres conceptos? No obstante, sorprendió a su maestro cuando, a los pocos días, regresó con las siguientes palabras:

POBREZA

CONFIANZA

ENTREGAR AMOR

El maestro recogió ambos trabajos por separado y reunió a los dos estudiantes, que no sabían qué encargo había recibido el otro. Les pidió que intentaran resolver la siguiente pregunta: “¿DIOS ES BUENO?”, a la vista del resto del alumnado de la escuela. Inmediatamente, el primero de ellos trajo a su memoria las cosas que eran “buenas” y, a partir de ellas, intentó explicar que Dios, si fuera bueno, operaría en los seres humanos para que éstos tuvieran seguridad, salud y amor, como mínimo. El segundo de los alumnos, en cambio, no daba crédito. Para él, era imposible que el “Dios-pobre” procurara estabilidad para el futuro. También era imposible que el “Dios-confianza hasta el final” entendiera la falta de salud como algo trágico. Y, por supuesto, era imposible que el “Dios-que se entrega” quisiera que sus criaturas fueran devoradoras de amores.

Llegado este punto, intervino el sabio teólogo.

– Es posible que nos confunda haber oído tantas veces que Dios es bueno. Sin embargo, no es cierto. Dios NO es bueno, porque las personas aprendemos antes a darle sentido a la palabra “bueno” y después intentamos que Dios encaje en ese esquema que ya nos hemos hecho sobre lo que es bueno y lo que es malo. En cambio, habría que decir más bien lo siguiente: “lo bueno es Dios”. Y, como complemento, “Dios me ama”. La Inteligencia de Dios sabe lo que es bueno. La Voluntad de Dios quiere lo que es bueno para sus Hijos. Él opera en nuestra vida para atraernos hacia sí.

Entonces extrajo las palabras que el segundo de sus alumnos había puesto como etiquetas a Dios y escribió encima la leyenda siguiente: “ESTO ES LO BUENO”. Después, le preguntó cómo había alcanzado una respuesta con tanta sabiduría. Éste se encogió de hombros y respondió:

– Bueno, me ayudó, desde la pared de mi cuarto, contemplar un crucifijo.

by J.L. Cortés (Un Dios llamado Abba)

by J.L. Cortés (Un Dios llamado Abba)

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