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Gulliver

La Iglesia tiene muchos enemigos. Casi todos ellos son también enemigos de la Verdad y no soportan que nadie denuncie la ceguera en la que viven. Rabian, posiblemente porque les reconcome que se les señale una verdad que es trascendente. Atacan y persiguen, porque prefieren a los dioses pequeños, relativos y manipulables.

A continuación una canción que siempre tiene para mí resonancias cristianas, aunque es seguro que su autor no lo pretendía. Es de Joaquín Sabina.

Un día los enanos se rebelarán contra Gulliver
todos los hombres de corazón diminuto armados con palos y con hoces
asaltarán al único gigante con sus pequeños rencores
con su bilis, con su rabia de enanos afeitados y miopes.

Pobre de ti, Gulliver, pobre de ti
el día que todos los enanos unan sus herramientas y su odio
sus costumbres, sus vicios, sus carteras, sus horarios
no podrán, no podrán, no podrán perdonarte que seas alto.

Para ellos la generosidad no es más que un lujo que no pueden pagarse
viven alimentados por la envidia que los habita en forma de costumbre
míralos revolverse recelosos tras sus gafas de cocha
te acusarán, te acusarán, te acusarán

de ser el tuerto en el país de los ciegos
de ser quien habla en el país de los mudos
de ser el loco en el país de los cuerdos
de andar en el país de los cansados
de ser el sabio en el país de los necios
de ser el malo en el país de los buenos
de divertirte en el país de los serios
de estar libre en el país de los presos
de estar vivo en el país de los muertos
de ser gigante en el país de los enanos
de ser la voz que clama en el desierto
de ser la voz que clama en el desierto
de ser la voz que clama en el desierto.

Qilqay qhuiswa mi atikux

Los números en asheninka

O, lo que es lo mismo, es posible escribir en quechua. Lo que debería sorprendernos, claro. ¿No perpetró la Iglesia Católica, en su afán evangelizador, un auténtico “genocidio cultural” durante su dominio en Sudamérica?

Si habéis leído las entradas anteriores, ya podéis imaginaros que éste es un nuevo tópico a desmontar.

En su afán evangelizador (tan auténtico y sincero como lo refleja el fragmento del testamento de Isabel II, ya citado), los misioneros apostaron decididamente por estudiar y aprender las lenguas nativas, en lugar de exigir a los indígenas precolombinos el aprendizaje forzoso del castellano. En ese contacto, el interés era tal que dieron escritura, sintaxis, gramática… a unas lenguas que, normalmente, carecían de estructura interna.

¿Tanto? En 1596 en la Universidad de Lima, se creó una cátedra de quechua, idioma de los incas y muy extendido en los Andes. En esta época, ningún sacerdote es ordenado en Perú si no pasaba unas pruebas de dominio del quechua. Y lo mismo ocurrió con otras lenguas nativas. Yo he podido comprobar cómo una lengua “menor” (en comparación con el quechua) sobrevive y se extiende hoy gracias al ardor con el que los primeros misioneros la protegieron: el asheninka, propio del entorno del río Ucayali en el propio Perú (yo mismo saqué la foto que ilustra este post).

Gracias a este trabajo de estructuración las lenguas aborígenes han sobrevivido, porque a la escritura, la sintaxis y la gramática ha podido seguir la literatura y la oficialidad. No solamente en Sudamérica, sino también en Filipinas o África (el somalí, por ejemplo).

La Corona Española formó pronto el Consejo de Indias, una especie de ministerio propio para las colonias en Sudamérica. Este organismo intentó, a finales del siglo XVI, la imposición por razones administrativas del castellano (es innegable que el gobierno de una amplia región fragmentada en múltiples zonas con muchas lenguas distintas es un trabajo difícil). El emperador Felipe II contestó, debido a la presión de los religiosos:

“No parece conveniente forzarlos a abandonar su lengua natural: sólo habrá que disponer de unos maestros para los que quisieran aprender, voluntariamente, nuestro idioma”.

Así que, a finales del siglo XIX, en pleno proceso de descolonización, apenas tres millones de personas en todo el continente hablaban habitualmente castellano. ¿Cómo es posible que hoy en día las lenguas aborígenes sean tan minoritarias? La liberación de las colonias tuvo por líderes a ilustrados criollos, masones, hijos culturales de la Revolución Francesa. Es decir, de la excepción cultural y la uniformización del Estado. Desmontaron el sistema de protección de las lenguas que la Iglesia Católica había articulado, impusieron el castellano y relegaron a los indígenas que no lo conocían a la marginalidad por incomunicación.

Las últimas décadas han visto nacer en Latinoamérica los movimientos indigenistas, necesarios en tanto en cuanto la burguesía más europeizada ha cometido abusos y desprecios sobre las tribus que aún permanecen. En Perú, el gobierno republicano ignoró los asesinatos masivos de indios por Sendero Luminoso y solamente despertó (tanto los políticos como la sociedad civil) al recibir un gran atentado en el corazón de la gran capital de Lima. Lo curioso es que los movimientos indigenistas se autoproclaman herederos de esa revolución descolonizadora del XIX que, como hemos visto, ha sido la auténtica culpable del “genocidio cultural” del que culpan, interesadamente como coartada, a la Iglesia Católica.

La Iglesia y la colonización de América

El descubrimiento del continente americano (1492) por las potencias europeas trajo consigo, ciertamente, la conquista militar. Tanto Sudamérica como Norteamérica “sufrieron” la llegada de los colonizadores, aunque sus destinos fueron bien distintos. Y la Iglesia Católica es presentada hoy día con frecuencia como cruel agente necesario en el padecimiento de aquellos pueblos indígenas.

En primer lugar, conviene decir que las potencias no católicas (Holanda, Gran Bretaña…) fueron mucho más brutales. En EE.UU. los turistas visitan hoy “reservas” de indios para poder ver a unos pocos miles de Pieles Rojas (en todo el país apenas un millón y medio de miembros de tribus indias con, al menos, la cuarta parte de sangre india), mientras que en las excolonias españolas y portuguesas la población es, prácticamente en su totalidad (90%), de origen indígena o producto de la mezcla de éstos con los europeos colonizadores.

La comparación entre la conquista católica y la protestante es clara. Hoy, la cultura norteamericana no tiene apenas ningún signo de identificación con los antiguos pobladores de aquellas tierras y es homologable a la europea en casi todo. Sin embargo, Latinoamérica es hoy una identidad cultural antes que geográfica, única y con profundas raíces en su pasado precolombino.

Por otra parte, para muchas tribus precolombinas los conquistadores no fueron tales. Los indígenas, más bien, les vieron como “liberadores”, ya que antes de su llegada vivían subyugados a los imperios (éstos sí, realmente crueles) azteca e inca. La conquista fue posible no por la pólvora, sino porque a los poquísimos europeos que la lideraron se unieron multitudes enteras de indígenas.

¿Tiene el factor religioso alguna importancia en esto? El distinto resultado de una y otra conquista invita a pensar que sí. La cultura católica acogió sin problemas los matrimonios con indígenas y la mezcla de razas, porque no tuvo demasiados remilgos en asimilarles como personas, con la misma humanidad que los europeos. La cultura protestante, en cambio, por su atracción hacia el Antiguo Testamento sufrió la tentación de sentirse “pueblo elegido” (distinguiendo, por tanto, entre culturas y razas). Además, la teología de la predestinación (que no tiene sitio en el catolicismo) les conducía a entender que el subdesarrollo de los pueblos indígenas era, frente al desarrollo del hombre blanco, signo de predilección divina por unos frente a otros. En ese sentido, la mezcla de sangres era algo ofensivo y prohibido. Hasta el siglo XIX (al menos) se discutía en los ámbitos intelectuales anglosajones si “el negro” era o no un ser humano (con curiosas teorías anatómicas al respecto). Hasta hace no demasiado tiempo las culturas protestantes inglesa, holandesa (calvinista) y americana (ejemplares en muchísimas cosas) mantenían conductas abiertamente racistas y opresoras (apartheid en Sudáfrica, segregación racial en EEUU…).

Otro apunte: ¡el mejor indio es el indio muerto! La expresión, propia de los EEUU del siglo XVII, nace cuando los conquistadores protestantes, fundamentando en la Biblia sus derechos, se apropiaron de todas las nuevas tierras, independientemente de que estuvieran ya pobladas. Así, los indios se convirtieron en un estorbo que legítimamente podía ser remediado mediante el exterminio. Pero, además, la caza de los indios era un negocio: algunos estados compensaban la entrega de cabelleras indias con dinero.

En las provincias americanas colonizadas por el mundo católico arrancarle la cabellera a un indio era un acto no solamente escandaloso para los religiosos, sino expresamente prohibido por las leyes de la Corona española, que desde el primer momento asumió la función de velar por la vida de los indígenas (considerados súbditos de los reyes, al igual que el resto de los españoles).

La reina Isabel I de Castilla (la Católica)

Y terminando, hablemos de la esclavitud. Ciertamente hubo tiempo de esclavismo en la colonización americana por los españoles. La inició el propio Cristóbal Colón, coronado Virrey de las tierras que descubrió. Sucedió así en los primeros asentamientos y se deportaron muchos indios a la Península Ibérica. Pero Isabel la Católica, que en 1478 ya había ordenado la liberación de los esclavos procedentes de Canarias, procedió a la restitución de estos esclavos exiliados a sus tierras en las Antillas y envió a Francisco de Bobadilla a cumplir la misión liberadora. Colón fue destituido y devuelto a España como prisionero. Los indios fueron desde ese momento considerados por la Corona como hombres libres, sometidos al mismo rango de súbditos que el resto de los españoles y mereciendo debido respeto sus bienes y sus vidas. Cito a continuación un fragmento del testamento de la propia Isabel I:

(…) nuestra principal intención fue la de tratar de inducir a sus pueblos que abrazaran nuestra santa fe católica y enviar a aquellas tierras religiosos y otras personas doctas y temerosas de Dios para instruir a los habitantes en la fe y dotarlos de buenas costumbres (…); por ello suplico al Rey (…) y ordeno a mi hija la princesa y a su marido, el príncipe, que así lo hagan cumplir (…) y que no consientan que los nativos y los habitantes de dichas tierras conquistadas y por conquistar sufran daño alguno en sus personas o bienes, sino que hagan lo necesario para que sean tratados con justicia y humanidad y que si sufrieren algún daño, lo reparen.

Para la propia reina, la propia fe y el deber de evangelizar aquellas tierras suponían un contrato con los indígenas por el que la Corona quedaba obligada a reconocerles, velar por su vida, por sus bienes, defenderles… Aunque hubo abusos, crímenes, exterminio… la singularidad católica humanizó el colonialismo y se convirtió en razón de protección y cuidado de los indios. Atención a los mitos y los cuentos chinos.

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