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Hitler y la Iglesia Católica

El 5 de marzo de 1933 el Partido Nazi, NSDAP, gana las elecciones en Alemania y confirma a su líder, Adolf Hitler, como canciller del imperio alemán. La República de Weimar da paso al Tercer Reich, una dictadura responsable de la Segunda Guerra Mundial y del Holocausto judío. Con razón la política y la sociedad occidental permanecen, aún hoy, como aturdidas por los ecos de aquella tragedia. En el imaginario colectivo, Hitler y el nazismo son la encarnación de todos los males, el súmmum de lo más terrible y despreciable de que es capaz el ser humano.

Y hay quienes, en su afán por combatir a la Iglesia, intentan asimilar al catolicismo con aquel régimen genocida, pretendidamente cristiano pero, más bien, profundamente ateo y ateizante.

Desde Lutero hasta Hitler, pasando por la kulturkampf de Bismarck en los años setenta del siglo XIX, la Iglesia Católica ha sido insistentemente señalada como un reducto antialemán. La fidelidad de los católicos a Roma ha supuesto un estigma social para ellos en Alemania. El año que Hitler llega al poder, el país germano es protestante y los católicos apenas representan una tercera parte de lo que habían sido siglos atrás.

En las trágicas elecciones de 1933, el NSDAP alcanza el 44% de los votos y la entronización de Hitler tiene lugar en la celebración religiosa del templo luterano de Postdam. Los clérigos protestantes saludan con euforia los resultados y se ponen a los pies del vencedor, erigido líder de lo que, en la práctica, era una nueva iglesia estatal (luterana), los Deutschen Christen, hechos a imagen y semejanza del partido. En cambio, los católicos observan los sucesos con preocupación. La población católica de Alemania no ha votado a Hitler, cuyo ascenso ha sido detenido en los lander con mayoría pro-romana. Ellos han votado al partido Zentrum (que más adelante se integraría en la actual CDU de Merkel), cuyos diputados tienen que personarse en el templo de Postdam por una puerta lateral como gesto de humillación.

Entonces, si Hitler no tuvo el apoyo de los católicos alemanes. ¿Por qué se imputa a la Iglesia la connivencia con el régimen? Tal vez por la firma del Concordato con la Santa Sede (julio 1933) y la actitud del Vaticano hacia el régimen nazi desde entonces hasta el fin de la II Guerra Mundial.

El nuevo gobierno alemán firma el Concordato apenas unos meses después de su toma del poder y de iniciar preocupantes cambios en la estructura institucional del régimen, que terminaría consolidándolo como una “dictadura constitucional”. Lo cierto es que, entonces, la auténtica naturaleza de los planes de NSDAP no había sido revelada. Ni el Papa Pío XI, ni el cardenal Pacelli (nuncio apostólico en Alemania, negociador de los acuerdos y futuro Pío XII) ni nadie podía prever lo que se avecinaba. De hecho, la Delegación Nacional de Judíos Alemanes en 1937 (meses antes de ser disuelta por el régimen) invitaba a los judíos de Alemania a “no dejarse llevar por injustificados sentimientos de pánico”. Si los judíos, primer objetivo de las iras nazis, no detectaron el peligro en 1937, ¿cómo iba a hacerlo la Iglesia Católica cuatro años antes?

Aún así, el mismo año 1937 fue el de la publicación de la encíclica Mit brennender Sorge (Con ardiente preocupación), de la que es posible destacar algunos detalles. Aunque la firmó Pío XI en calidad de Papa, fue redactada por el cardenal Pacelli (próximo Pío XII) a instancia de los obispos alemanes tras detectar los abusos y persecuciones del régimen hitleriano hacia los católicos y la naturaleza perversa del mismo (como su obsesión racial, condenada radicalmente por Roma). Se trata de una encíclica específica para retratar al poder político en Alemania, escrita originalmente en alemán. Ambas cosas suponen una singularidad notable. La carta fue leída en todas las parroquias católicas del país y combatida por la propaganda nazi de Goebbels (Ahora, los curas tendrán que aprender a conocer nuestra dureza, nuestro rigor y nuestra inflexibilidad) hasta el punto de intentar retirarla de la circulación.

En cualquier caso, el Concordato solo era eso, un tratado internacional con un país. No una alianza con un gobierno. Tanto es así que el acuerdo firmado entonces, en 1933, sigue esencialmente vigente en Alemania.

En cuanto a la complicidad o silencio del Vaticano durante la Guerra, conviene hacer algunas aclaraciones. Es cierto que el régimen nazi no fue específicamente condenado por el Vaticano durante el papado de Pío XII. Recordemos que este Papa había sido nuncio en Alemania y promotor de la Mit brennender Sorge, lo que debería bastar para no hacerle sospechoso. No obstante, el Papa sí intentó hacer llegar su mensaje al mundo a través de los mensajes radiofónicos. No olvidemos que Pacelli no era un sacerdote común, sino un diplomático, y dirigió el asunto con bastante mano para evitar desastres. El régimen nazi acabó con la vida de algunos miles de católicos solo por el hecho de serlo. Aún así, las parroquias y los centros de la Iglesia (en Alemania, pero no olvidemos que durante la Guerra Hitler extendió su poder hasta Francia por el oeste y toda Polonia por el este hasta invadir Rusia) eran lugares relativamente seguros desde los que se pudieron salvar centenares de miles de vidas. La política vaticana pretendió, precisamente, salvaguardar a los católicos de los países bajo el yugo nazi y permitir la asistencia a las víctimas.

Tanto es así que tras la Guerra fueron muchos los reconocimientos que el Papa Pío XII recibió del mundo judío. Es conocido el caso del gran rabino de Roma, Israel Zolli, que se convirtió al catolicismo en 1945 bautizándose como Eugenio Pío Zolli precisamente por Pío XII (Eugenio Pacelli). Desde el Times hasta las uniones internacionales de judíos, todos reconocieron el gran esfuerzo del Vaticano por combatir el genocidio nazi, que incluso llegó a ofrecer bienes propios como rescate de prisioneros en 1943. Algunos calculan que a Pío XII se le pueden atribuir directamente 700.000 vidas salvadas de judíos perseguidos (lo que le convierte en el más importante de todos los amigos que los judíos tuvieron ante la Solución Final).

La ¿sabiduría? puede provocar inacción

De entre todos los pueblos que el Mullah Nasrudín visitó en sus viajes, había uno que era especialmente famoso porque a sus habitantes se les daban muy bien los números. Nasrudín encontró alojamiento en la casa de un granjero. A la mañana siguiente, se dio cuenta de que el pueblo no tenía pozo. Cada mañana, alguien de cada familia del pueblo cargaba uno o dos burros con garrafas vacías y se iban a un riachuelo que estaba a una hora de camino, llenaban las garrafas y las traían de vuelta al pueblo, lo que les llevaba otra hora más.

“¿No sería mejor si tuvierais agua en el pueblo?”, preguntó el Mullah al granjero de la casa en la que se alojaba.

“¡Por supuesto que sería mucho mejor!”, dijo el granjero. “El agua me cuesta cada día dos horas de trabajo para un burro y un chico que lleva el burro. Eso hace al año mil cuatrocientas sesenta horas, si cuentas tanto las horas del burro como las del chico. Pero si el burro y el chico estuvieran trabajando en el campo todo ese tiempo, yo podría, por ejemplo, plantar todo un campo de calabazas y cosechar cuatrocientas cincuenta y siete calabazas más cada año, que al precio actual alcanzarían para comprar vaca y media”.

“Veo que lo tienes todo bien calculado”, dijo Nasrudín admirado. “¿Por qué, entonces, no construyes un canal para traer el agua al río?”

“¡Eso no es bien simple!”, dijo el granjero. “En el camino hay una colina que deberíamos atravesar. Si pusiera a mi burro y a mi chico a construir un canal en vez de enviarlos por el agua, les llevaría quinientos años si trabajasen dos horas al día. Sólo me quedan otros treinta años más de vida, meses más, meses menos, u otros 6 y 3/4 si dejo el tabaco. Así que me es más barato enviarles por el agua.”

“Sí, pero, ¿es que serías tú el único responsable de construir un canal? Sois muchas familias en el pueblo.”

“Claro que sí”, dijo el granjero. “Hay cien familias en el pueblo. Si cada familia enviase cada día dos horas un burro y un chico, el canal estaría hecho en cinco años. Y si trabajasen diez horas al día, estaría acabado un año”.

“Entonces, ¿por qué no se lo comentas a tus vecinos y les sugieres que todos juntos construyáis el canal?”

“Pues… – prendiendo otro cigarro – … Mira, si yo tengo que hablar de cosas importantes con un vecino, tengo que invitarle a mi casa, ofrecerle té y azúcar, hablar con él del tiempo y de la nueva cosecha, luego de su familia, sus hijos, sus hijas, sus nietos. Después le tengo que dar de comer y después otro té con galletas y él tiene que preguntarme entonces sobre mi granja y sobre mi familia para finalmente llegar con tranquilidad al tema y tratarlo con cautela. Eso lleva un día entero. Como somos cien familias en el pueblo, tendría que hablar con noventa y nueve cabezas de familia. Estarás de acuerdo conmigo que yo no puedo estar noventa y nueve días seguidos discutiendo con los vecinos. Mi granja se vendría abajo. Lo máximo que podría hacer sería invitar a un vecino a mi casa por semana. Como un año tiene sólo cincuenta y dos semanas, eso significa que me llevaría casi dos años hablar con mis vecinos.

Conociendo a mis vecinos como les conozco, te aseguro que todos estarían de acuerdo con hacer llegar el agua al pueblo, porque todos ellos son buenos con los números. Y como les conozco, te aseguro, cada uno prometería participar si los otros participasen también. Entonces, después de dos años, tendría que volver a empezar otra vez desde el principio, invitándoles de nuevo a mi casa y diciéndoles que todos están dispuestos a participar”.

“Vale”, dijo el Hodja, “pero entonces en cuatro años estaríais preparados para comenzar el trabajo. ¡Y al año siguiente, el canal estaría construido!”

“Hay otro problema”, dijo el granjero. “Estarás de acuerdo conmigo que una vez que el canal esté construido, cualquiera podrá servirse del agua, tanto si ha o no contribuido con su parte de trabajo correspondiente.”

“Lo entiendo”, dijo Nasrudín. “Incluso si quisierais, no podríais vigilar todo el canal.”

“Pues no”, dijo el granjero. “Cualquier avispado que se hubiera librado de trabajar, se beneficiaría de la misma manera que los demás y sin costo alguno”.

“Tengo que admitir que tienes razón”, dijo Nasrudín.

“Así que como a cada uno de nosotros se nos dan bien los números, intentaremos escabullirnos. Un día el burro no tendrá fuerzas, otro día el chico de alguien tendrá tos, otro la mujer de alguien estará enferma, y el niño y el burro tendrán que ir a buscar al médico…

Como a nosotros se nos dan bien los números, intentaremos escurrir el bulto. Y como cada uno de nosotros sabe que los demás no harán lo que deben, ninguno mandará a su burro o a su chico a trabajar. Así que la construcción del canal ni siquiera se empezará…”

“Tengo que reconocer que tus razones suenan muy convincentes”, dijo Nasrudín que se quedó pensativo por un momento, pero de repente exclamó: “Conozco un pueblo al otro lado de la montaña que tenía el mismo problema que vosotros tenéis. Pero ellos tienen un canal desde hace ya veinte años.”

“Efectivamente”, dijo el granjero, “pero a ellos no se les dan bien los números… “

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