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Los tipos de cristianos

Un hombre que acababa de encontrarse con Jesús Resucitado, iba a toda prisa por el Camino de la Vida, mirando por todas partes y buscando.

Se acercó a un anciano que estaba sentado al borde del camino y le preguntó: – Por favor, señor, ¿ha visto pasar por aquí a algún cristiano?

El anciano, encogiéndose de hombros le contestó: -Depende del tipo de cristiano que ande buscando.

-Perdone- dijo contrariado el hombre-, pero soy nuevo en esto y no conozco los tipos que hay. Sólo conozco a Jesús.

Y el anciano añadió: -Pues sí amigo; hay de muchos tipos y maneras. Los hay para todos los gustos. Hay cristianos por cumplimiento, cristianos por tradición, cristianos por costumbres, cristianos por superstición, cristianos por obligación, cristianos por conveniencia, cristianos auténticos…

– ¡Los auténticos! ¡Esos son los que yo busco! ¡Los de verdad! – exclamó el hombre emocionado.

-¡Vaya!-dijo el anciano con voz grave-. Esos son los más difíciles de ver. Hace ya mucho tiempo que pasó uno de esos por aquí, y precisamente me preguntó lo mismo que usted.

-¿Cómo podré reconocerle?

Y el anciano contestó tranquilamente: -No se preocupe amigo. No tendrá dificultad en reconocerle. Un cristiano de verdad no pasa desapercibido en este mundo de sabios y engreídos. Lo reconocerá por sus obras. Allí donde van, siempre dejan huella.

Cristo, una experiencia

Otro cuento breve del P. Anthony de Mello: El amante hablador

Un amante estuvo durante meses pretendiendo a su amada sin éxito, sufriendo el atroz padecimiento de verse rechazado. Al fin su amada cedió:

— «Acude a tal lugar a tal hora», le dijo.

Y allí, a la hora fijada, al fin se encontró el amante junto a su amada. Entonces metió la mano en su bolso y sacó un fajo de cartas de amor que había escrito durante los últimos meses. Eran cartas apasionadas en las que expresaba su dolor y su ardiente deseo de experimentar los deleites del amor y la unión con ella. Y se puso a leérselas a su amada. Pasaron las horas. Y él seguía leyendo.

cartasdeamorPor fin dijo la mujer:

— «¿Qué clase de estúpido eres? Todas esas cartas hablan de mí y del deseo que tienes de mí. Pues bien, ahora me tienes junto a ti y no haces más que leer tus estúpidas cartas».

«Ahora me tienes junto a ti», dijo Dios a su ferviente devoto, «y no haces más que darle vueltas a tu cabeza pensando en mí, hablar acerca de mí con tu lengua y leer lo que dicen de mí tus libros. ¿Cuándo te vas a callar y me vas a probar?».


QUERIDO CONTUPANTELOCÓMIX…

BIENAVENTURADOS LOS DE CORAZÓN LIMPIO, PORQUE ELLOS VERÁN A DIOS (Mt. 5, 8 )

from devocionaldiario.com

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Querido Contupantelocómix:

¡Qué refrescante ha sido recibir tu carta pidiéndome consejo! Bien recuerdas que, en mis años de juventud, yo trabajé para nuestro Padre del Abismo en el mismo departamento que te han asignado a ti. Aunque eran otros tiempos, claro. Me da la impresión de que tú lo vas a tener más fácil que yo.

Tu trabajo consiste, básicamente, en confundir sus mentes para que tus pacientes pequen sin darse cuenta de que lo hacen. Te han encomendado la hermosa tarea de perpetuar el Engaño, la Mentira y la Trampa. Aprende del mismísimo Padre de la Negrura, que engañó a Adán: “¿Y por qué no os deja comer de ningún árbol? Si coméis se abrirán vuestros ojos y seréis como Dios.” ¡Qué gran victoria fue aquella, la primera de muchas otras que vinieron más tarde!

Ten en cuenta que la impronta creadora del Enemigo está indeleblemente grabada en el alma suculenta de tus pacientes. Por lo tanto, difícilmente lograrás llevarles a tu terreno si están persuadidos de que nosotros somos “los malos”. Los humanos suelen inclinarse por lo bueno. Por esa razón conviene que zarandees su conciencia, que la nubles, la oscurezcas. Tiende sobre su mente y sobre su corazón una densa niebla de confusión, de tonos grises, de complacencia y de autoengaño. Reconozco que solo con escribirlo ya se me acelera el pulso de placer. En definitiva, sigue la Primera Norma Diabólica y preséntales como virtuoso aquello que destruya su Gracia mientras etiquetas de inconveniente, indeseable, peligroso y destructivo lo que les acerque a nuestro Enemigo. Recuerda lo que recitamos del fruto prohibido a Adán y Eva: “bueno para comer, agradable a la vista y útil para alcanzar sabiduría”.

Puedes empezar por persuadirles de que lo que nuestro Enemigo les pide es negativo, censurador, prohibitivo. Ayúdate de la corriente social del momento. Debes convencerles de que un cristiano se define por lo que se pierde: NO puede hacer esto, NO debe hacer aquello, debe APARTARSE de éso otro… Consigue que tus pacientes miren con envidia a los que llevan una vida sin orden, abandonados a sus propios esquemas, caprichos y deseos, muy alejados del Oponente. Haz que sientan que, por ser fieles, se están privando de una gran felicidad que a su alrededor disfruta todo el mundo.

Considera también la posibilidad de sabotear su sentido comunitario y eclesial. Favorece la sospecha de que su parroquia, sus catequistas, los curas, los obispos, Roma, el catecismo, los Mandamientos, la moral cristiana… son tan sólo piezas de una organización doctrinal, dogmática, lavacerebros y ocultista. Mejor, que les baste con “sentirse cristianos” y se enorgullezcan de ser “un verso suelto”. Cuanto más independientes se sientan de la Iglesia, más dependientes serán de ti. La corriente actual de pensamiento juega a tu favor, así que no fracases. Logra que abandonen a sus pastores para constituir en torno a Nuestro Padre del Abismo un nuevo rebaño de víctimas. Y… por cierto… tu gran enemigo es el sacramento de la Reconciliación (repugnante Perdón), capaz de reparar todo el daño que has propiciado. ¡Impide que tus pacientes se acerquen a él!

Por último, atiene a la palabra mágica que será para ti un recurso inestimable: INDOLENCIA. Consigue que tus pacientes sientan que sus faltas y pecados son absolutamente normales y razonables. Combate con todas tus fuerzas cualquier resquicio de sentimiento de culpa o autorreproche. Fíjate que también te va a ayudar mucho la filosofía imperante en esta era. Relativizar todo lo malo que hagan, quitarle importancia, que parezca algo menor. Poco a poco estarán rodeados de tanta basura que no escucharán al Enemigo llamándoles. Sírvete de esta frase, que inventé yo mismo y que he susurrado mil veces al oído de algún humano: “por una vez, no pasa nada”.

¡Atiende! El colmo del engaño sería hacerles creer que no existe el pecado o… mejor todavía… que no existe ni Infierno ni Diablo. Si lo consigues, y he de decirte que lo tienes mucho más fácil que los Tentadores de mi época, habrás confirmado una férrea cadena de esclavitud a tus almas y, con seguridad, serás propuesto para un próximo ascenso.

Tu cariñoso tío,

ESCRUTOPO

LA VERDAD DE CAPERUCITA ROJA

Durmiendo con tu enemigo

Durmiendo con tu enemigo

Hace tiempo vi cómo muchos a mi alrededor sucumbían a las malas compañías, los malos hábitos, las primeras licencias y renuncias, la relajación a la hora de cuidarse por dentro… Enseguida, se fue creando una distancia y… bueno, simplemente dejamos de hablar el mismo idioma, el de Dios, que hasta entonces habíamos compartido. Yo me preguntaba en qué medida era responsabilidad mía haber dejado que un hermano, a base de pequeños pasos, se perdiera. Esa reflexión siempre está bien, pero conviene a veces recordar que, como titulares de nuestra libertad, cada uno es responsable del uso que le da. Esto me lo explicaban poniéndome como ejemplo el cuento de Caperucita Roja e insistiendo en la idea de que Caperucita… no podía ser tan tonta como para no darse cuenta de que el Lobo quería comérsela (¡qué dientes tan grandes tienes!). Así que ahí va una nueva versión (ya existen la popular, la de Charles Perrault, la de los Hnos. Grimm…) con una Caperucita Roja no tan inocente.

Se asoma a la ventana,

Caperucita, con la mirada ausente,

y llena de desgana,

marchita, insatisfecha, adolescente,

resuelve imprudente e inmadura

huir de casa en pos de la aventura.


Pensaba la chiquilla

que allá en el bosque podría liberarse,

y que al fin, sin familia,

su alma lograría desatarse.

Pues lo bueno parecíale introverso

así que abandonose a lo perverso.


Contenta en su vileza,

Caperucita se guía de tal forma

que a la Naturaleza

tratóla transgrediendo toda norma.

Y, hambriento, la alcanza en un instante

un canis lupus bípedo y parlante.


“Qué sabroso bocado,

y suculenta jovencita indefensa”,

creyó el Lobo, confiado,

al tiempo que Caperucita piensa:

“El bicho está dispuesto a devorarme,

y esa idea no deja de tentarme…”.


<< ¡Qué orejas puntiagudas!

¡Qué ojazos tan grandes y tan grises!

Y déjame que aluda

a tus tan varoniles cicatrices.

Di, Lobo, ya que soy tan iletrada,

¿qué uso das a tus garras y quijadas?>>


Dejada a su inconsciencia,

dispuesta al colmo de lo irreverente,

disimula inocencia,

y ansiosa escucha al Lobo y le consiente,

y se arrepiente demasiado tarde:

ya que él, feroz, ataca sin alarde.


“Pobre Caperucita,

que siempre se condujo rectamente.

Era tan buenecita,

tan víctima quien siempre fue prudente”.

Así equivocan letras los diarios,

ignoran que fue todo lo contrario.


Somos fragilidad,

el hombre está herido en su virtud.

Pero es también verdad

que discernimos el mal y la salud.

Si abres el corazón a tentaciones,

habrás pecado ya en tus intenciones.

¿Añoras tu fe de niño?

¿Te acuerdas la fe que tenía yo hace años? ¡Eso sí que era fe! Recuerdo que me pasaba todo el día pensando en Dios… rezaba alguna cosa cuando iba solo de clase a mi casa… sentía a Dios un montón… estaba dispuesto a todo… Fíjate, antes no era tan egoísta ni tan envidioso ni tan… Sin embargo, ahora las cosas de la fe se me hacen más cuesta arriba y no siento a Dios con tanta facilidad y… ¡cómo añoro la fe que yo tenía cuando era más joven!

Si alguna vez has pensado algo parecido al párrafo anterior o conoces a gente invadida por éste sentimiento, ahí va una “parábola” que me contaron cuando yo mismo estaba en esa situación:

“A veces pensamos en la fe como en un camino. Es una metáfora útil para entender algunas cosas, pero no basta para entender algunas otras. Piensa mejor en la fe como en un pasillo. De un lado estás tú, dispuesto a recorrer el pasillo hasta el final para ir acercándote cada vez más a su final, que es el propio Dios. El principio del pasillo es normal (anchura y altura adecuadas para una persona), pero en el final del pasillo debe “caber” Dios, por lo que a medida que avances, las paredes se irán alejando y el techo irá estando cada vez más arriba, puesto que hace falta más espacio.

Así, a medida que avanzas, el pasillo a tu alrededor parece más y más grande y, consiguientemente, tú pareces cada vez más y más pequeñito. Cuanto más pequeño te sientas, más pasos has dado para alcanzar el final del pasillo y más cerca estás de Dios.”

El pasillo se ensancha.

¡Sentirse pequeño es signo de sabiduría! Reconocer el propio pecado y la propia miseria es un don de Dios. Santa Teresa decía: “humildad es andar en la verdad”.

Mejor que por esas percepciones algo subjetivas (y, no lo neguemos, muchas veces tenemos tendencia al pesimismo), guíate por otras cosas: ¿le dedico más tiempo (cuenta, cuenta horas) a las cosas de Dios, a la oración? ¿y mi vida sacramental? ¿y mi prójimo?

Dios no es bueno

Hace algunos años, un sabio teólogo reconocido en occidente decidió demostrar a sus alumnos por qué el presupuesto de que “Dios es bueno” es falso y engañoso. Llamó a uno de sus alumnos recién llegados a la academia y le propuso que resumiera en tres conceptos muy concretos las cosas de la vida que las personas identifican como “buenas”. Él, después de meditarlo levemente, escribió lo siguiente:

SEGURIDAD PARA EL FUTURO

SALUD

RECIBIR AMOR

Cuando se hubo ido aquél, llamó a otro de sus alumnos, igual de joven, y le pidió que pusiera, según su conocimiento, tres etiquetas acerca de Dios. Él tuvo que dedicarle muchas horas a meditar. ¿Cómo resumir a Dios en tres conceptos? No obstante, sorprendió a su maestro cuando, a los pocos días, regresó con las siguientes palabras:

POBREZA

CONFIANZA

ENTREGAR AMOR

El maestro recogió ambos trabajos por separado y reunió a los dos estudiantes, que no sabían qué encargo había recibido el otro. Les pidió que intentaran resolver la siguiente pregunta: “¿DIOS ES BUENO?”, a la vista del resto del alumnado de la escuela. Inmediatamente, el primero de ellos trajo a su memoria las cosas que eran “buenas” y, a partir de ellas, intentó explicar que Dios, si fuera bueno, operaría en los seres humanos para que éstos tuvieran seguridad, salud y amor, como mínimo. El segundo de los alumnos, en cambio, no daba crédito. Para él, era imposible que el “Dios-pobre” procurara estabilidad para el futuro. También era imposible que el “Dios-confianza hasta el final” entendiera la falta de salud como algo trágico. Y, por supuesto, era imposible que el “Dios-que se entrega” quisiera que sus criaturas fueran devoradoras de amores.

Llegado este punto, intervino el sabio teólogo.

– Es posible que nos confunda haber oído tantas veces que Dios es bueno. Sin embargo, no es cierto. Dios NO es bueno, porque las personas aprendemos antes a darle sentido a la palabra “bueno” y después intentamos que Dios encaje en ese esquema que ya nos hemos hecho sobre lo que es bueno y lo que es malo. En cambio, habría que decir más bien lo siguiente: “lo bueno es Dios”. Y, como complemento, “Dios me ama”. La Inteligencia de Dios sabe lo que es bueno. La Voluntad de Dios quiere lo que es bueno para sus Hijos. Él opera en nuestra vida para atraernos hacia sí.

Entonces extrajo las palabras que el segundo de sus alumnos había puesto como etiquetas a Dios y escribió encima la leyenda siguiente: “ESTO ES LO BUENO”. Después, le preguntó cómo había alcanzado una respuesta con tanta sabiduría. Éste se encogió de hombros y respondió:

– Bueno, me ayudó, desde la pared de mi cuarto, contemplar un crucifijo.

by J.L. Cortés (Un Dios llamado Abba)

by J.L. Cortés (Un Dios llamado Abba)

QUERIDO HEDÓFILO…

En los años cuarenta del siglo XX, el escritor británico C.S. Lewis escribe sus “Cartas del diablo a su sobrino” (The Screwtape letters, en su título original en inglés), una novela que consiste en las epístolas que el viejo demonio Escrutopo envía a su sobrino Orugario, aconsejándole acerca de cómo tentar a un humano. El libro es altamente recomendable. En “MisionArte con Palabras” cogemos la idea y proponemos algunas nuevas cartas.

BIENAVENTURADOS LOS QUE LLORAN, PORQUE ELLOS SERÁN CONSOLADOS (Mt. 5,4)

Querido Hedófilo:

Me escribes preocupado por tu próximo cometido con esos jóvenes que, a pesar de todo, perseveran en la religión. ¡No hay causa justificada para esa alarma! Es cierto que, como dices, el Enemigo les está poniendo todas las facilidades. ¡Tanto mejor! Recuerda que cuanto más protegidos se sientan, más sencillo será tu trabajo.

No voy a recordarte (sería una insensatez hacerlo, dado que pasaste con nota el examen de Teoría de la Tentación) que debes impedir que se acerquen con autenticidad a la más humillante de las derrotas que hemos sufrido nunca: la Cruz. Sé que la sola mención de su nombre te seca la garganta, pero te sorprendería saber la poca comprensión que los pacientes humanos experimentan hacia Ella. ¡No han entendido nada!

Ahora bien, para cumplir el objetivo específico de tu misión te daré algunas recomendaciones, fruto de mi propia experiencia.

  1. Procura que sientan pánico y frustración ante el mínimo dolor. Que huyan de él. Ya sabes que el Enemigo les ha enseñado que la… Cruz (disculpa, pero me cuesta incluso escribirlo) es el centro de su “obra salvadora”. ¡No permitas que lo crean! Recuérdales sus momentos de mayor placer (especialmente si procede de algún acto egoísta) e intenta que deseen ciegamente recuperarlos a toda costa, alimentando su “recuerdo” de felicidad. Tienes que servirte de la técnica, muy antigua ya pero que aun está de moda, de que asocien el dolor con la infelicidad. Te sorprenderá comprobar que es mucho más fácil de lo que parece a pesar de que, evidentemente, tal razonamiento no superaría un examen superficial. Nublar el juicio de un humano es pan comido para un tentador sagaz.
  2. Debes impedir a toda costa que tengan momentos de reflexión. En esos momentos es más probable que se den cuenta del vacío que dejan en ellos esas formas de “felicidad” que practican. En su lugar, alimenta sus ansias por consumir felicidad barata. Ya sabes a qué me refiero. Insiste en la idea de que las cosas del mundo les bastan. Colegas, fiestas, descontrol, televisión, videojuegos… Incluso, puedes llevar a cabo una obra maestra si insertas en ellos costumbres como las sonrisas ensayadas o la dinámica del “buen rollito” entre ellos. Permíteles pequeñas obras de repugnante Caridad… las suficientes para que crean que ya hacen las cosas bien. No empieces a preocuparte hasta que uno de tus pacientes renuncie verdaderamente a sí mismo por otra persona.
  3. Convence a tus jóvenes de que… “en el término medio está la virtud”. Esta frase nos ha dado ya muchísimas victorias en el pasado y sigue haciéndolo aún hoy. Hazles creer que la radicalidad del… Ev… Evan… ugh, me horroriza escribir esto… E-van-ge-lio… es cosa de otros tiempos, de otras épocas. Que piensen que los tiempos de auténticos santos y mártires son pretérito pluscuamperfecto. Por supuesto, nada que tenga que ver con sus vidas. Cruz florida

Finalmente, estimado Hedófilo, cuídate mucho de que no vivan el dolor con intensidad. He descubierto que, de lo contrario, combatirás donde el Enemigo es un verdadero experto. Insisto: acuérdate de que la… Cruz… fue un funesto “caballo de Troya” para el Padre del Abismo.

Tu cariñoso tío,

ESCRUTOPO

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