La parábola de la hoguera

El Maestro quiso explicarle a sus pupilos cómo es la relación con Dios, y les dijo:

Chimenea<<Un hombre se perdió una vez en una montaña nevada. Se vio solo en medio de la nieve y cegado por una terrible ventisca. Comprendió que moriría de frío pronto si no encontraba un refugio donde calentarse, así que caminó apresuradamente en busca de su salvación.

Y tuvo mucha suerte, porque cuando creyó que todo estaba perdido divisó a lo lejos una cabaña de madera que se le antojó providencial. Echó a andar hacia ella rezando por que estuviera abierta. Cuando la alcanzó, pudo entrar sin dificultades y lo que vio hizo que su corazón diera un vuelco de alegría.

En la estancia había una chimenea encendida, produciendo un reconfortante crepitar al quemarse la leña. Sin dudarlo, se acercó todo lo que pudo a aquel fuego para calentarse y, desde allí, siguió mirando la estancia. Había también un banco de piedra al otro lado de la habitación y una manta. Se levantó para tumbarse en el banco a descansar y se tapó por completo, pero estaba tan lejos del fuego que enseguida volvió a enfriarse. Así que regresó junto a la hoguera. Cogió calor y no tardó en echar de menos otra vez aquel banco de piedra tan cómodo.

Así que estuvo un tiempo descansando en el banco, tapado con la manta, hasta que sentía frío, y entonces volvía a la hoguera para recuperar el calor. Y luego al banco y de nuevo a la chimenea, y otra vez al banco. Hasta que un día se dejó morir de frío acurrucado en su manta, lejos de la chimenea, cansado de tanto moverse.>>

Y el Maestro les explicó a sus alumnos que con la fe pasa algo parecido. Cuando uno se aproxima a Dios siente cómo una vida nueva se hace posible dentro de él, pero las comodidades del mundo le siguen tentando. Y entonces se esfuerza por hacer compatible el calor de Dios con el frío del mundo. Incluso se inventa algo con lo que taparse para evitar que el calor se escape. Pero las mantas no dan calor, solamente retrasan el avance del frío.

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