El contador de cuentos

Sección de cuentos con moraleja. Cuentos originales, versiones, romances, de autores cristianos, parábolas…

Sólo me quedan cuarenta años.

Agustín, recien cumplidos los cincuenta, se encontró una tarde con un amigo de juventud y se fueron a beber unas cervezas a un bar para celebrarlo.

¿Que fue de tu vida?, le preguntó el amigo.

Pues mira, me entró algo así como la crisis de los cuarenta. Me ví atrapado en un matrimonio en el que el amor ya se había ido. Con unos hijos que apenas pensaban en mí salvo para pedirme dinero. Un trabajo monótono y aburrido en el que veía cómo prosperaban todos a mi alrededor y yo me iba quedando atrás. También me ví que me hacía viejo, que engordaba, que perdía pelo, que había olvidado la pasión. Y también me vi que no me había permitido un capricho en toda una vida en la que nunca había dejado de trabajar. Y pensé que sólo me quedan cuarenta años. Sólo cuarenta, más o menos. Y me llené de angustia.

– ¿Y que hicistes?

Lo dejé todo. Me divorcié, me compré una moto. Cambié de ciudad a otra con un trabajo menos estable, pero mucho más interesante. Salgo a menudo de fiesta, y he vuelto a salir “de caza” a las discotecas. Me apunté a un gimnasio y renové todo mi vestuario. Me siento bastante más joven, aunque tengo que reconocer que a veces el cuerpo no me da para todo lo que yo querría. ¿y tu?. ¿Qué ha sido de tu vida?

El amigo le contestó:

Pues yo a los cuarenta tenía una vida más o menos como la tuya. Y al final decidí intentar descubrir la felicidad en esa vida tan del montón, en mi familia, en mi trabajo y en mi vejez. Realmente es una vida muy poco vertiginosa y desagradecida. A veces bastante dolorosa. Pero… ¿Sabes qué?. Pensé que sólo me quedaban cuarenta años. Cuarenta años más y ya está. Y se me quitó la angustia. Creí que merecía la pena aguantar.

 

No se trata de tener, sino disfrutar

El jóven Agustín pasaba todos los días al salir de trabajar por aquella tienda de helados. Todos los días se comía un inmenso helado de pistacho porque era el sabor que más le gustaba.

Pero los viernes, al salir del trabajo, iba con el un compañero de oficina. Este compañero sólo pedía su helado de chocolate los viernes.

Agustín le preguntó: ¿Cómo es que te reservas para los viernes con lo deliciosos que son los helados de esta heladería? ¿Acaso no tienes dinero para permitirte un helado a diarío?

No. No tengo grandes gastos ni lujos y ciertamente me podría permitir varios helados al mes.

¿Es que no te gusta demasiado el helado?. Le insistió.

No. La verdad es que me gusta tanto el chocolate, que durante la semana pienso en este momento y se me hace la boca agua.

– Entonces no te entiendo. Se rindió finalmente.

Pacientemente, el compañero le contestó al jóven Agustín.

Me reservo el momento del helado al viernes, porque hace tiempo que descubrí que la vida no es del que come más helados, sino del que más los disfruta.

Nuestros esquemas mentales…

Nasrudín llegó a ser primer ministro del rey. En cierta ocasión, mientras deambulaba por el palacio, vio por primera vez en su vida un halcón real.

Hasta entonces, Nasrudín jamás había visto semejante clase de paloma. De modo que tomó unas tijeras y cortó con ellas las garras, las alas y el pico del halcón.

“Ahora pareces un pájaro como es debido. Tu cuidador te ha tendido muy descuidado”.

Un hombre, a quien creían muerto, fue llevado por sus amigos al cementerio. Cuando estaban a punto de enterrarlo, el hombre revivió y comenzó a golpear la tapa del féretro.

Al abrirlo, el hombre se incorporó: ”¿Qué estáis haciendo”?, dijo a los sorprendidos asistentes. “¡Estoy vivo! No he muerto”.

Sus palabras fueron recibidas con asombrado silencio. Al fin, uno de los presentes dijo: ”Amigo, tanto los médicos como los sacerdotes han certificado que habías muerto. ¿Cómo van a equivocarse los expertos?“

Así que volvieron a atornillar la tapa del féretro y lo enterraron debidamente.

¿Generoso, bueno o sabio?

Decía un maestro a sus discípulos:

— Un hombre bueno es aquél que trata a los otros como a él le gustaría ser tratado. Un hombre generoso es aquél que trata a otros mejor de lo que él espera ser tratado. Un hombre sabio es aquél que sabe cómo él y otros deberían ser tratados, de qué modo y hasta qué punto.

Alguien le preguntó:

— ¿Qué es mejor: ser bueno, generoso o sabio?

— Si eres sabio, no tienes que estar obsesionado con ser bueno o generoso. Estás obligado a hacer lo que es necesario.

Las estrellas de mar

Seguimos añadiendo pequeños relatos que nos hacebn reflexionar. El que publicamos hoy sirve como inspiración para cualquiera que desempeñe una labor en favor de los demás.

Había una vez un escritor que vivía a orillas del mar, donde pasaba temporadas escribiendo y buscando inspiración para su libro.
Una mañana, mientras paseaba a orillas del océano, vio a lo lejos una figura que se movía de manera extraña como si estuviera bailando. Al acercarse vio que era un muchacho que se dedicaba a coger estrellas de mar de la orilla y lanzarlas otra vez al mar.

El hombre le preguntó al joven que estaba haciendo. Éste le contestó:
– “Recojo las estrellas de mar que han quedado varadas y las devuelvo al mar; la marea ha bajado demasiado y muchas morirán”.

Dijo entonces el escritor:
– “Pero esto que haces no tiene sentido. Primero, es su destino: morirán y serán alimento para otros animales. Y además hay miles de estrellas en esta playa, nunca tendrás tiempo de salvarlas a todas”.

El joven miró fijamente al escritor, cogió una estrella de mar de la arena, la lanzó con fuerza por encima de las olas y exclamó:
– “Para ésta… sí tiene sentido”.

El escritor se marchó un tanto desconcertado, no podía explicarse una conducta así. Esa tarde no tuvo inspiración para escribir y por la noche no durmió bien, soñaba con el joven y las estrellas de mar por encima de las olas.

A la mañana siguiente corrió a la playa, buscó al joven y le ayudó a salvar estrellas…

Un relato para el absurdo (III)

Extraído del libro “Un minuto para el absurdo” de Anthony de Mello.

«La principal razón por la que las personas no son felices es porque se complacen insanamente en sus sufrimientos», dijo el Maestro.
Y contó cómo, viajando él cierta noche en la litera superior de un vagón de ferrocarril, le era imposible conciliar el sueño, porque en la litera inferior había una mujer que no dejaba de gemir:

«¡Qué sed tengo, Dios mío, qué sed tengo…!»

Una y otra vez se oía aquella lastimera voz, hasta que, finalmente, el Maestro descendió sigilosamente por la escalerilla, salió del departamento, recorrió todo el pasillo del vagón hasta llegar a los servicios, llenó de agua dos grandes vasos de papel, regresó con ellos y se los dio a la atormentada mujer:

«¡Aquí tiene, señora: agua!»

«Muchas gracias, señor. Dios le bendiga…»

El Maestro volvió a su litera, se acomodó en ella. . . y a punto estaba de conciliar el sueño cuando, de pronto, oyó de nuevo la lastimera voz:

«¡Qué sed tenía, Dios mío, qué sed tenía…!».

Un relato para el absurdo (II)

Extraído del libro “Un minuto para el absurdo” de Anthony de Mello.

Cuando el Maestro se encontró con un grupo de profesores, habló largo y tendido con ellos, porque también él había sido profesor. «Lo malo de los profesores», dijo, «es que suelen olvidar que el fin de la educación no es el aprendizaje, sino la vida».

Y contó lo que le había sucedido cuando, un día, se encontró con un muchacho que estaba pescando en el río:

«Hermoso día para pescar, ¿eh?», le dijo al muchacho.

«Sí», respondió éste.

«¿Y por qué no estás en la escuela?», le preguntó al cabo de unos instantes.

«Como usted acaba de decir, señor, hace un hermoso día para pescar».

Y se refirió también al informe escolar que había recibido de su hija pequeña: «Su hija progresa bastante en la escuela, pero sería deseable que su alegría de vivir no le impidiera progresar aún más».

Un relato para el absurdo

Extraído del libro “Un minuto para el absurdo” de Anthony de Mello.

El Maestro impartía su enseñanza: «El genio de un compositor se halla en las notas de su música; pero analizar las notas no sirve para revelar su genio. La grandeza del poeta se encierra en sus palabras; pero el estudio de éstas no revela su inspiración. Dios se revela en la creación; pero, por mucho que escudriñes la creación, no encontrarás a Dios, del mismo modo que no descubrirás el alma por mucho que examines el cuerpo».

Llegado el momento del diálogo, alguien preguntó:
«Entonces, ¿cómo podemos encontrar a Dios?»

«Mirando la creación, no analizándola».

«¿Y cómo hay que mirarla?»

«Si un labrador intenta buscar la belleza en una puesta de sol, lo único que descubrirá será el sol, las nubes, el cielo y el horizonte de la tierra. . . mientras no comprenda que la belleza no es una ‘cosa’, sino una forma especial de mirar, buscarás a Dios en vano mientras no comprendas que a Dios no se le puede ver como una ‘cosa’, sino que requiere una forma especial de mirar. . . semejante a la del niño, cuya visión no está deformada por doctrinas y creencias prefabricadas».

Entender no es lo mismo que sentir

Le preguntaron cierta vez a Uwais el sufí:

-¿Qué es lo que la Gracia te ha dado?

Y les respondió:

-Cuando me despierto por las mañanas, me siento como un hombre que no está seguro de vivir hasta la noche.

Y le volvieron a preguntar:

-Pero esto, ¿no lo saben todos los hombres?

-Sí, lo saben; pero no todos lo sienten.

¿Quién pone los límites?

Una caravana que iba por el desierto se detuvo cuando empezaba a caer la noche.

Un muchacho, encargado de atar a los camellos, se dirigió al guía y le dijo:

-Señor, tenemos un problema. Hay que atar a veinte camellos y sólo tengo diecinueve cuerdas. ¿Qué hago?

-Bueno -dijo el guía-, en realidad los camellos no son muy lúcidos. Ve donde está el camello sin cuerda y haz como que lo atas. El se va a creer que lo estás atando y se va a quedar quieto.

El muchacho así lo hizo. A la mañana siguiente, cuando la caravana se puso en marcha, todos los camellos avanzaron en fila. Todos menos uno.

-Señor, hay un camello que no sigue a la caravana.

-¿Es el que no ataste ayer porque no tenías soga?

-Sí ¿cómo lo sabe?

-No importa. Ve y haz como que lo desatas, si no va a creer que siguen atado. Y si lo sigue creyendo no caminará.

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