Archive for February 2012

Nuestros esquemas mentales…

Nasrudín llegó a ser primer ministro del rey. En cierta ocasión, mientras deambulaba por el palacio, vio por primera vez en su vida un halcón real.

Hasta entonces, Nasrudín jamás había visto semejante clase de paloma. De modo que tomó unas tijeras y cortó con ellas las garras, las alas y el pico del halcón.

“Ahora pareces un pájaro como es debido. Tu cuidador te ha tendido muy descuidado”.

Un hombre, a quien creían muerto, fue llevado por sus amigos al cementerio. Cuando estaban a punto de enterrarlo, el hombre revivió y comenzó a golpear la tapa del féretro.

Al abrirlo, el hombre se incorporó: ”¿Qué estáis haciendo”?, dijo a los sorprendidos asistentes. “¡Estoy vivo! No he muerto”.

Sus palabras fueron recibidas con asombrado silencio. Al fin, uno de los presentes dijo: ”Amigo, tanto los médicos como los sacerdotes han certificado que habías muerto. ¿Cómo van a equivocarse los expertos?“

Así que volvieron a atornillar la tapa del féretro y lo enterraron debidamente.

¿Generoso, bueno o sabio?

Decía un maestro a sus discípulos:

— Un hombre bueno es aquél que trata a los otros como a él le gustaría ser tratado. Un hombre generoso es aquél que trata a otros mejor de lo que él espera ser tratado. Un hombre sabio es aquél que sabe cómo él y otros deberían ser tratados, de qué modo y hasta qué punto.

Alguien le preguntó:

— ¿Qué es mejor: ser bueno, generoso o sabio?

— Si eres sabio, no tienes que estar obsesionado con ser bueno o generoso. Estás obligado a hacer lo que es necesario.

Las estrellas de mar

Seguimos añadiendo pequeños relatos que nos hacebn reflexionar. El que publicamos hoy sirve como inspiración para cualquiera que desempeñe una labor en favor de los demás.

Había una vez un escritor que vivía a orillas del mar, donde pasaba temporadas escribiendo y buscando inspiración para su libro.
Una mañana, mientras paseaba a orillas del océano, vio a lo lejos una figura que se movía de manera extraña como si estuviera bailando. Al acercarse vio que era un muchacho que se dedicaba a coger estrellas de mar de la orilla y lanzarlas otra vez al mar.

El hombre le preguntó al joven que estaba haciendo. Éste le contestó:
– “Recojo las estrellas de mar que han quedado varadas y las devuelvo al mar; la marea ha bajado demasiado y muchas morirán”.

Dijo entonces el escritor:
– “Pero esto que haces no tiene sentido. Primero, es su destino: morirán y serán alimento para otros animales. Y además hay miles de estrellas en esta playa, nunca tendrás tiempo de salvarlas a todas”.

El joven miró fijamente al escritor, cogió una estrella de mar de la arena, la lanzó con fuerza por encima de las olas y exclamó:
– “Para ésta… sí tiene sentido”.

El escritor se marchó un tanto desconcertado, no podía explicarse una conducta así. Esa tarde no tuvo inspiración para escribir y por la noche no durmió bien, soñaba con el joven y las estrellas de mar por encima de las olas.

A la mañana siguiente corrió a la playa, buscó al joven y le ayudó a salvar estrellas…

Un relato para el absurdo (III)

Extraído del libro “Un minuto para el absurdo” de Anthony de Mello.

«La principal razón por la que las personas no son felices es porque se complacen insanamente en sus sufrimientos», dijo el Maestro.
Y contó cómo, viajando él cierta noche en la litera superior de un vagón de ferrocarril, le era imposible conciliar el sueño, porque en la litera inferior había una mujer que no dejaba de gemir:

«¡Qué sed tengo, Dios mío, qué sed tengo…!»

Una y otra vez se oía aquella lastimera voz, hasta que, finalmente, el Maestro descendió sigilosamente por la escalerilla, salió del departamento, recorrió todo el pasillo del vagón hasta llegar a los servicios, llenó de agua dos grandes vasos de papel, regresó con ellos y se los dio a la atormentada mujer:

«¡Aquí tiene, señora: agua!»

«Muchas gracias, señor. Dios le bendiga…»

El Maestro volvió a su litera, se acomodó en ella. . . y a punto estaba de conciliar el sueño cuando, de pronto, oyó de nuevo la lastimera voz:

«¡Qué sed tenía, Dios mío, qué sed tenía…!».

Un relato para el absurdo (II)

Extraído del libro “Un minuto para el absurdo” de Anthony de Mello.

Cuando el Maestro se encontró con un grupo de profesores, habló largo y tendido con ellos, porque también él había sido profesor. «Lo malo de los profesores», dijo, «es que suelen olvidar que el fin de la educación no es el aprendizaje, sino la vida».

Y contó lo que le había sucedido cuando, un día, se encontró con un muchacho que estaba pescando en el río:

«Hermoso día para pescar, ¿eh?», le dijo al muchacho.

«Sí», respondió éste.

«¿Y por qué no estás en la escuela?», le preguntó al cabo de unos instantes.

«Como usted acaba de decir, señor, hace un hermoso día para pescar».

Y se refirió también al informe escolar que había recibido de su hija pequeña: «Su hija progresa bastante en la escuela, pero sería deseable que su alegría de vivir no le impidiera progresar aún más».

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