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La Iglesia Católica, defensora de los indios… desde el principio

Fray Bartolomé de Las Casas fue un fraile dominico (Sevilla, 1484) contemporáneo a la colonización de América. Su padre viajó con Colón e hizo fortuna a costa de la opresión a los indios en las Antillas, práctica que su hijo continuó al heredar. La conversión cristiana (se sintió denunciado por la prédica de los religiosos) operó en él un profundo cambio y se dedicó a combatir las injusticias cometidas contra los indios con verdadero ardor. Su celo consiguió la protección de las tribus indígenas, hasta el punto de que los colonos tuvieron que buscarse otra mano de obra y empezaron a traer al Caribe negros africanos esclavizados por musulmanes y protestantes. Éstos no tenían la consideración y protección que sí tenían los indios americanos por parte de España, por lo que podían ser explotados. Más adelante, incluso ellos (que no eran, por su origen, súbditos de la Corona) estuvieron protegidos en territorio español (cosa que no sucedió en zona inglesa). De ahí la impronta africana en Cuba y otras islas del mar del Caribe, que no se da apenas en Sudamérica.

Fray Bartolomé de las Casas era tan solo un fraile y lo normal es que sus denuncias de los abusos de la autoridad fueran respondidas por el poder con silenciamiento y represión. No ocurrió así en la católica España, sino que el rebelde se convirtió pronto en gran amigo del emperador Carlos I, quien le nombró obispo y “protector general” de todos los indios y muchos de sus proyectos se discutieron y asimilaron como leyes del Estado en las Américas. Tanto es así que a consecuencia de sus protestas y la actuación de los religiosos católicos en favor de los indígenas, se constituyó en Salamanca una escuela de juristas, padres del derecho internacional moderno, sobre la base fundamental de la “igualdad natural de todos los pueblos”. Estamos en el siglo XVI.

Hoy en día se cuestionan muchas de las argumentaciones de Bartolomé de las Casas. Por ejemplo, él notó que la población indígena disminuyó notablemente con el contacto con los europeos. Llegó a la conclusión de que se estaba produciendo un exterminio. Lo cierto es que la muerte masiva de nativos americanos se debió en gran parte a la llegada, con los europeos, de nuevos virus y enfermedades desconocidos, para los que no estaban preparados. También se produjo el fenómeno opuesto: los conquistadores fueron víctimas de enfermedades que acabaron con muchísimas vidas. Lo interesante es que la monarquía española, plenamente identificada con la Iglesia Católica entonces y con la tarea evangelizadora, atendió y auspició las permanentes críticas y denuncias de unos religiosos pobres. Hasta el punto de comprometerse en la defensa de las tribus nativas.

Ya en el siglo XV y desde el minuto uno de la colonización, la Iglesia Católica fue la Iglesia de los pobres, de los desfavorecidos, de los últimos. Que no nos cambien la historia.

La Iglesia y la colonización de América

El descubrimiento del continente americano (1492) por las potencias europeas trajo consigo, ciertamente, la conquista militar. Tanto Sudamérica como Norteamérica “sufrieron” la llegada de los colonizadores, aunque sus destinos fueron bien distintos. Y la Iglesia Católica es presentada hoy día con frecuencia como cruel agente necesario en el padecimiento de aquellos pueblos indígenas.

En primer lugar, conviene decir que las potencias no católicas (Holanda, Gran Bretaña…) fueron mucho más brutales. En EE.UU. los turistas visitan hoy “reservas” de indios para poder ver a unos pocos miles de Pieles Rojas (en todo el país apenas un millón y medio de miembros de tribus indias con, al menos, la cuarta parte de sangre india), mientras que en las excolonias españolas y portuguesas la población es, prácticamente en su totalidad (90%), de origen indígena o producto de la mezcla de éstos con los europeos colonizadores.

La comparación entre la conquista católica y la protestante es clara. Hoy, la cultura norteamericana no tiene apenas ningún signo de identificación con los antiguos pobladores de aquellas tierras y es homologable a la europea en casi todo. Sin embargo, Latinoamérica es hoy una identidad cultural antes que geográfica, única y con profundas raíces en su pasado precolombino.

Por otra parte, para muchas tribus precolombinas los conquistadores no fueron tales. Los indígenas, más bien, les vieron como “liberadores”, ya que antes de su llegada vivían subyugados a los imperios (éstos sí, realmente crueles) azteca e inca. La conquista fue posible no por la pólvora, sino porque a los poquísimos europeos que la lideraron se unieron multitudes enteras de indígenas.

¿Tiene el factor religioso alguna importancia en esto? El distinto resultado de una y otra conquista invita a pensar que sí. La cultura católica acogió sin problemas los matrimonios con indígenas y la mezcla de razas, porque no tuvo demasiados remilgos en asimilarles como personas, con la misma humanidad que los europeos. La cultura protestante, en cambio, por su atracción hacia el Antiguo Testamento sufrió la tentación de sentirse “pueblo elegido” (distinguiendo, por tanto, entre culturas y razas). Además, la teología de la predestinación (que no tiene sitio en el catolicismo) les conducía a entender que el subdesarrollo de los pueblos indígenas era, frente al desarrollo del hombre blanco, signo de predilección divina por unos frente a otros. En ese sentido, la mezcla de sangres era algo ofensivo y prohibido. Hasta el siglo XIX (al menos) se discutía en los ámbitos intelectuales anglosajones si “el negro” era o no un ser humano (con curiosas teorías anatómicas al respecto). Hasta hace no demasiado tiempo las culturas protestantes inglesa, holandesa (calvinista) y americana (ejemplares en muchísimas cosas) mantenían conductas abiertamente racistas y opresoras (apartheid en Sudáfrica, segregación racial en EEUU…).

Otro apunte: ¡el mejor indio es el indio muerto! La expresión, propia de los EEUU del siglo XVII, nace cuando los conquistadores protestantes, fundamentando en la Biblia sus derechos, se apropiaron de todas las nuevas tierras, independientemente de que estuvieran ya pobladas. Así, los indios se convirtieron en un estorbo que legítimamente podía ser remediado mediante el exterminio. Pero, además, la caza de los indios era un negocio: algunos estados compensaban la entrega de cabelleras indias con dinero.

En las provincias americanas colonizadas por el mundo católico arrancarle la cabellera a un indio era un acto no solamente escandaloso para los religiosos, sino expresamente prohibido por las leyes de la Corona española, que desde el primer momento asumió la función de velar por la vida de los indígenas (considerados súbditos de los reyes, al igual que el resto de los españoles).

La reina Isabel I de Castilla (la Católica)

Y terminando, hablemos de la esclavitud. Ciertamente hubo tiempo de esclavismo en la colonización americana por los españoles. La inició el propio Cristóbal Colón, coronado Virrey de las tierras que descubrió. Sucedió así en los primeros asentamientos y se deportaron muchos indios a la Península Ibérica. Pero Isabel la Católica, que en 1478 ya había ordenado la liberación de los esclavos procedentes de Canarias, procedió a la restitución de estos esclavos exiliados a sus tierras en las Antillas y envió a Francisco de Bobadilla a cumplir la misión liberadora. Colón fue destituido y devuelto a España como prisionero. Los indios fueron desde ese momento considerados por la Corona como hombres libres, sometidos al mismo rango de súbditos que el resto de los españoles y mereciendo debido respeto sus bienes y sus vidas. Cito a continuación un fragmento del testamento de la propia Isabel I:

(…) nuestra principal intención fue la de tratar de inducir a sus pueblos que abrazaran nuestra santa fe católica y enviar a aquellas tierras religiosos y otras personas doctas y temerosas de Dios para instruir a los habitantes en la fe y dotarlos de buenas costumbres (…); por ello suplico al Rey (…) y ordeno a mi hija la princesa y a su marido, el príncipe, que así lo hagan cumplir (…) y que no consientan que los nativos y los habitantes de dichas tierras conquistadas y por conquistar sufran daño alguno en sus personas o bienes, sino que hagan lo necesario para que sean tratados con justicia y humanidad y que si sufrieren algún daño, lo reparen.

Para la propia reina, la propia fe y el deber de evangelizar aquellas tierras suponían un contrato con los indígenas por el que la Corona quedaba obligada a reconocerles, velar por su vida, por sus bienes, defenderles… Aunque hubo abusos, crímenes, exterminio… la singularidad católica humanizó el colonialismo y se convirtió en razón de protección y cuidado de los indios. Atención a los mitos y los cuentos chinos.

Una meditación de Pascua

Una meditación acerca de este tiempo de Pascua (lee Lucas 24, 13-35)

¿Y si Cristo no hubiera resucitado?

San Pablo responde a esta cuestión en su primera carta a los Corintios: “si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe y nuestra predicación no tiene sentido”, y añade que “si nuestra esperanza en Cristo acaba en esta vida, somos los hombres más desgraciados”. La Resurrección de Jesús no es, por tanto, una intuición o un deseo. No es, tampoco, una forma de expresar que su recuerdo permanece. La Resurrección de Jesús es un acontecimiento histórico de fe. Jesús ha resucitado y vive y permanece con nosotros en cuerpo y alma en la Eucaristía.

Es muy importante combatir la tentación de ver en la Resurrección una teoría, un mito, una utopía, una fábula… porque es un acontecimiento único e irrepetible: Jesús de Nazaret, hijo de María, que en el crepúsculo del viernes fue bajado muerto de la cruz y sepultado, sale vencedor de la tumba cuando, al amanecer del primer día tras el sábado, sus discípulos hallaron el sepulcro vacío y le vieron a él en multitud de ocasiones.

La Resurrección confirma que Dios sí estaba en la Cruz. Que incluso en el momento de muerte, Dios es Señor de la vida. Que nada se le escapa. Que es bueno y todopoderoso. Y que la vida en abundancia se tiene estando dentro de su voluntad. ¿Qué queda si no hay Resurrección? Solamente este mundo, sujeto al dolor y la muerte, sin soluciones. Si apostar por Dios es solamente apostar por la muerte, ¿qué sentido puede tener hacerlo? Pero la Resurrección nos promete que la carta de Dios es la de la vida abundante, la vida eterna, la vida que no termina.

La vida eterna que tenemos prometida los cristianos empieza hoy mismo y supone la muerte en nosotros del pecado, de todo lo que ensucia nuestra dignidad de hijos, nuestra semejanza con el Creador. La Resurrección la tenemos prometida si antes pasamos por la muerte de la Cruz, que es la negación de uno mismo producida bajo el signo del mandamiento del amor. La Resurrección no es un todo acaba bien, sino un “acaba bien lo que va bien”. La Resurrección solamente es posible si la Cruz es abrazada

Cuando nos sentimos en muerte por estar alejados de Dios, la Resurrección viene por la conversión: que es la confesión de los pecados y el cambio de vida (la muerte del hombre pecador y el nacimiento del hombre nuevo). Cuando estamos atascados en experiencias de dolor y de muerte la Resurrección no consiste en que se solucionen “a nuestra manera”, sino en que Dios aparezca en esa Cruz. Sabiendo que, mientras se está en la Cruz, no siempre es posible reconocer a Dios (Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?). La Resurrección es, ante todo, el encuentro con el Padre providente.

Por lo tanto:

la Resurrección de Jesús es un acontecimiento histórico central de la fe.

si compartimos la muerte de Cristo, compartimos también su Resurrección.

Jesús está realmente vivo y Resucitado, hoy.

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