Archive for November 2009

LA MIRADA DE LOS NIÑOS

Sobre la guerra. Por Lucas Gonzalo.

En todos los idiomas

los niños ríen.

En todos los idiomas

los niños lloran.

En todos los idiomas

los niños sufren.

En todos los idiomas

los niños gozan.

Sus ojos inocentes

nos iluminan,

con la luz transparente

de su mirada.

¿Con qué derecho ahora

les destruimos,

con bombas y cañones

su tierna infancia?

¿Con qué derecho ahora

nos erigimos

en crueles segadores

de su fragancia?

En todos los idiomas

los niños callan.

Sus ojos asustados

nos apuñalan.

¿Qué expresan esos niños

en su mirada?

¿Qué guardan en su mente

para mañana?

Los que la guerra hicisteis

con vil patraña

y de liberadores

hacéis campaña,

¿no sentís los puñales

de su mirada,

clavados hondamente

en vuestra entraña?

QUERIDO CONTUPANTELOCÓMIX…

BIENAVENTURADOS LOS DE CORAZÓN LIMPIO, PORQUE ELLOS VERÁN A DIOS (Mt. 5, 8 )

from devocionaldiario.com

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Querido Contupantelocómix:

¡Qué refrescante ha sido recibir tu carta pidiéndome consejo! Bien recuerdas que, en mis años de juventud, yo trabajé para nuestro Padre del Abismo en el mismo departamento que te han asignado a ti. Aunque eran otros tiempos, claro. Me da la impresión de que tú lo vas a tener más fácil que yo.

Tu trabajo consiste, básicamente, en confundir sus mentes para que tus pacientes pequen sin darse cuenta de que lo hacen. Te han encomendado la hermosa tarea de perpetuar el Engaño, la Mentira y la Trampa. Aprende del mismísimo Padre de la Negrura, que engañó a Adán: “¿Y por qué no os deja comer de ningún árbol? Si coméis se abrirán vuestros ojos y seréis como Dios.” ¡Qué gran victoria fue aquella, la primera de muchas otras que vinieron más tarde!

Ten en cuenta que la impronta creadora del Enemigo está indeleblemente grabada en el alma suculenta de tus pacientes. Por lo tanto, difícilmente lograrás llevarles a tu terreno si están persuadidos de que nosotros somos “los malos”. Los humanos suelen inclinarse por lo bueno. Por esa razón conviene que zarandees su conciencia, que la nubles, la oscurezcas. Tiende sobre su mente y sobre su corazón una densa niebla de confusión, de tonos grises, de complacencia y de autoengaño. Reconozco que solo con escribirlo ya se me acelera el pulso de placer. En definitiva, sigue la Primera Norma Diabólica y preséntales como virtuoso aquello que destruya su Gracia mientras etiquetas de inconveniente, indeseable, peligroso y destructivo lo que les acerque a nuestro Enemigo. Recuerda lo que recitamos del fruto prohibido a Adán y Eva: “bueno para comer, agradable a la vista y útil para alcanzar sabiduría”.

Puedes empezar por persuadirles de que lo que nuestro Enemigo les pide es negativo, censurador, prohibitivo. Ayúdate de la corriente social del momento. Debes convencerles de que un cristiano se define por lo que se pierde: NO puede hacer esto, NO debe hacer aquello, debe APARTARSE de éso otro… Consigue que tus pacientes miren con envidia a los que llevan una vida sin orden, abandonados a sus propios esquemas, caprichos y deseos, muy alejados del Oponente. Haz que sientan que, por ser fieles, se están privando de una gran felicidad que a su alrededor disfruta todo el mundo.

Considera también la posibilidad de sabotear su sentido comunitario y eclesial. Favorece la sospecha de que su parroquia, sus catequistas, los curas, los obispos, Roma, el catecismo, los Mandamientos, la moral cristiana… son tan sólo piezas de una organización doctrinal, dogmática, lavacerebros y ocultista. Mejor, que les baste con “sentirse cristianos” y se enorgullezcan de ser “un verso suelto”. Cuanto más independientes se sientan de la Iglesia, más dependientes serán de ti. La corriente actual de pensamiento juega a tu favor, así que no fracases. Logra que abandonen a sus pastores para constituir en torno a Nuestro Padre del Abismo un nuevo rebaño de víctimas. Y… por cierto… tu gran enemigo es el sacramento de la Reconciliación (repugnante Perdón), capaz de reparar todo el daño que has propiciado. ¡Impide que tus pacientes se acerquen a él!

Por último, atiene a la palabra mágica que será para ti un recurso inestimable: INDOLENCIA. Consigue que tus pacientes sientan que sus faltas y pecados son absolutamente normales y razonables. Combate con todas tus fuerzas cualquier resquicio de sentimiento de culpa o autorreproche. Fíjate que también te va a ayudar mucho la filosofía imperante en esta era. Relativizar todo lo malo que hagan, quitarle importancia, que parezca algo menor. Poco a poco estarán rodeados de tanta basura que no escucharán al Enemigo llamándoles. Sírvete de esta frase, que inventé yo mismo y que he susurrado mil veces al oído de algún humano: “por una vez, no pasa nada”.

¡Atiende! El colmo del engaño sería hacerles creer que no existe el pecado o… mejor todavía… que no existe ni Infierno ni Diablo. Si lo consigues, y he de decirte que lo tienes mucho más fácil que los Tentadores de mi época, habrás confirmado una férrea cadena de esclavitud a tus almas y, con seguridad, serás propuesto para un próximo ascenso.

Tu cariñoso tío,

ESCRUTOPO

LA VERDAD DE CAPERUCITA ROJA

Durmiendo con tu enemigo

Durmiendo con tu enemigo

Hace tiempo vi cómo muchos a mi alrededor sucumbían a las malas compañías, los malos hábitos, las primeras licencias y renuncias, la relajación a la hora de cuidarse por dentro… Enseguida, se fue creando una distancia y… bueno, simplemente dejamos de hablar el mismo idioma, el de Dios, que hasta entonces habíamos compartido. Yo me preguntaba en qué medida era responsabilidad mía haber dejado que un hermano, a base de pequeños pasos, se perdiera. Esa reflexión siempre está bien, pero conviene a veces recordar que, como titulares de nuestra libertad, cada uno es responsable del uso que le da. Esto me lo explicaban poniéndome como ejemplo el cuento de Caperucita Roja e insistiendo en la idea de que Caperucita… no podía ser tan tonta como para no darse cuenta de que el Lobo quería comérsela (¡qué dientes tan grandes tienes!). Así que ahí va una nueva versión (ya existen la popular, la de Charles Perrault, la de los Hnos. Grimm…) con una Caperucita Roja no tan inocente.

Se asoma a la ventana,

Caperucita, con la mirada ausente,

y llena de desgana,

marchita, insatisfecha, adolescente,

resuelve imprudente e inmadura

huir de casa en pos de la aventura.


Pensaba la chiquilla

que allá en el bosque podría liberarse,

y que al fin, sin familia,

su alma lograría desatarse.

Pues lo bueno parecíale introverso

así que abandonose a lo perverso.


Contenta en su vileza,

Caperucita se guía de tal forma

que a la Naturaleza

tratóla transgrediendo toda norma.

Y, hambriento, la alcanza en un instante

un canis lupus bípedo y parlante.


“Qué sabroso bocado,

y suculenta jovencita indefensa”,

creyó el Lobo, confiado,

al tiempo que Caperucita piensa:

“El bicho está dispuesto a devorarme,

y esa idea no deja de tentarme…”.


<< ¡Qué orejas puntiagudas!

¡Qué ojazos tan grandes y tan grises!

Y déjame que aluda

a tus tan varoniles cicatrices.

Di, Lobo, ya que soy tan iletrada,

¿qué uso das a tus garras y quijadas?>>


Dejada a su inconsciencia,

dispuesta al colmo de lo irreverente,

disimula inocencia,

y ansiosa escucha al Lobo y le consiente,

y se arrepiente demasiado tarde:

ya que él, feroz, ataca sin alarde.


“Pobre Caperucita,

que siempre se condujo rectamente.

Era tan buenecita,

tan víctima quien siempre fue prudente”.

Así equivocan letras los diarios,

ignoran que fue todo lo contrario.


Somos fragilidad,

el hombre está herido en su virtud.

Pero es también verdad

que discernimos el mal y la salud.

Si abres el corazón a tentaciones,

habrás pecado ya en tus intenciones.

¿Añoras tu fe de niño?

¿Te acuerdas la fe que tenía yo hace años? ¡Eso sí que era fe! Recuerdo que me pasaba todo el día pensando en Dios… rezaba alguna cosa cuando iba solo de clase a mi casa… sentía a Dios un montón… estaba dispuesto a todo… Fíjate, antes no era tan egoísta ni tan envidioso ni tan… Sin embargo, ahora las cosas de la fe se me hacen más cuesta arriba y no siento a Dios con tanta facilidad y… ¡cómo añoro la fe que yo tenía cuando era más joven!

Si alguna vez has pensado algo parecido al párrafo anterior o conoces a gente invadida por éste sentimiento, ahí va una “parábola” que me contaron cuando yo mismo estaba en esa situación:

“A veces pensamos en la fe como en un camino. Es una metáfora útil para entender algunas cosas, pero no basta para entender algunas otras. Piensa mejor en la fe como en un pasillo. De un lado estás tú, dispuesto a recorrer el pasillo hasta el final para ir acercándote cada vez más a su final, que es el propio Dios. El principio del pasillo es normal (anchura y altura adecuadas para una persona), pero en el final del pasillo debe “caber” Dios, por lo que a medida que avances, las paredes se irán alejando y el techo irá estando cada vez más arriba, puesto que hace falta más espacio.

Así, a medida que avanzas, el pasillo a tu alrededor parece más y más grande y, consiguientemente, tú pareces cada vez más y más pequeñito. Cuanto más pequeño te sientas, más pasos has dado para alcanzar el final del pasillo y más cerca estás de Dios.”

El pasillo se ensancha.

¡Sentirse pequeño es signo de sabiduría! Reconocer el propio pecado y la propia miseria es un don de Dios. Santa Teresa decía: “humildad es andar en la verdad”.

Mejor que por esas percepciones algo subjetivas (y, no lo neguemos, muchas veces tenemos tendencia al pesimismo), guíate por otras cosas: ¿le dedico más tiempo (cuenta, cuenta horas) a las cosas de Dios, a la oración? ¿y mi vida sacramental? ¿y mi prójimo?

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