Gente Con Sagrada. Una propuesta vocacional

Por una propuesta vocacional atractiva.

Ellos son la gente con. La gente consagrada. Una propuesta vocacional con sentido.

Porque al contrario de lo que piensa todo el mundo, una vida consagradano no es una vida sin.

Parece que lo que define una vida consagrada es que es una vida sin pareja, sin propiedades, sin hacer lo que quieres en cada momento. Los votos, que son una concreción de la libertad absoluta de elegir regalar nuestra vida a los demás, al mundo le parecen alambradas que encierran a los consagrados en un campo de concentración muy poco atractivo.

Pero la realidad es que la gente consagrada es gente con, y pocas veces se ofrece y se “vende” así.

Yo le diría a un joven en cualquier reflexión vocacional que la vida de un consagrado es una vida con.

Con caminos que nunca soñaste caminar.

Con personas que nunca soñaste conocer.

Con cariño que nunca soñaste recoger.

Con brazos que nunca soñaste abrazar.

Con manos a las que nunca soñaste ayudar.

Y con una vida que aunque tu nunca la soñaste, Dios la soñó para tí.

Y fue mejor que todas las posibles vidas que rondaban por tu cabeza.

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“Gente con” es el título de una acción vocacional de los misioneros claretianos en España. Es fantástica, se han currado vídeos espectaculares y folletos, pero como tantos currantes en la Iglesia, no han colgado todavía nada aprovechable en Internet. Cuando lo hagan, lo meto aquí.

Ya les he dicho que en el siglo XXI hay que compartir más, porque trabajamos muchísimo sólo para cuatro gatos, y hay un mundo en la red que puede aprovechar nuestros trabajos. Justo esa es la vocación de esta plataforma, d2n2, la de compartir, dar repercusión y servir de repositorio de cualquier cosa que pueda servir para evangelizar o ayudar al encuentro con Dios en la red.

Por eso invitamos a todas los lectores que tengan materiales aprovechables que los cuelguen en la red de alguna forma, para que el trabajo realizado pueda ser usado por otros. Si no saben hacer por ellos mismos, no pueden o simplemente no tienen tiempo, ofrecemos nuestra plataforma para hacerlo. Vídeos, documentos, reflexiones. Lo que quieran.

Nos lo pueden enviar a materiales@d2n2.org o subir a través de este formulario.

¿Por qué María?

Llega el mes de mayo, que por estos lugares es el mes de la Virgen María, y quería compartir una reflexión que me hizo el otro día mi hermano.

María. ¿Por qué María?

Le preguntó un adolescente en catequesis. ¿Por qué a esta mujer en concreto?  ¿Y por qué le hizo semejante faena?

Porque ser la Madre de Dios, puede ser todo lo fantástico que se quiera, pero doler dolió un rato. ¿Puede un Dios bueno hacerle eso a una madre?

Y en la elección de María se juntan dos alabanzas que cierran este círculo de dudas perfectamente y que nos hace adorar más aún si cabe al Padre y a la Virgen.

La primera alabanza es a Dios. Porque sabiendo todo lo que sabía, eligió a la única persona capaz de convertir tanto dolor en tanta vida. Porque ningun otro ser humano habría sido capaz de tanto y ningún otro habría sido capaz de vivir lo que vivió María firmándolo con un magníficat. Nadie acogería ese experiencia de Dios y una vez acabada pronunciaría un gracias. Dios nos ama tanto, que no elige a cualquiera, sencillamente porque lo hundiría.

Dios, como siempre, elige para la misión a aquel que sabe que va a poder con ella. Y para esta, sólo había una persona capaz.

Y la segunda es a María. Porque fue todo fe. Y la fe es una virtud, por lo tanto tiene dos lados, uno que nos la regalan, y otro que la trabajamos. Y María puso todo lo que tenía que poner en su lado para convertirse en la única capaz de acoger al hijo de Dios. Es sí de María no fue a acoger a Jesús, sino a acoger el Plan de Dios. Y no fue en un momento, sino que tuvo que haber sido un “sí” constante durante toda su vida para poder llegar en plena forma al momento crucial. Una campeona olímpica de la fe, tras años de duro entrenamiento.

Por eso, Dios es bueno, María estupenda y los cristianos ya hemos comprobado con ellos como la muerte con bien acaba en resurrección.

 

 

El matrimonio es público

Vivimos en una sociedad que ha relegado al matrimonio, y por extensión a las relaciones de pareja, al ámbito de lo privado. Es algo entre dos personas en lo que nadie puede entrar, ni opinar.

Y esto, que es algo reciente en la historia, no debería ser así para los cristianos. No pensemos en la prototípica suegra metiendo las narices en el puchero o en la ropa de los nietos. Veámoslo en clave de Iglesia. No estamos sólos siguiendo a Cristo. Somos un pueblo, el pueblo elegido.

Un cristiano no hace las cosas en soledad. El cristiano nace, crece, se desarrolla y muere rodeado de una comunidad eclesial que le ayuda a santificarse. Por muy atractivo que resulte la idea de emprender un camino en soledad y autosuficiencia, una vida con amor es una vida llena de otros. Otros que integras en tu vida y que haces parte de la misma. Sólo con otros se crece, se sufre, se echan raices, se aprende, se pide perdón y se perdona. Sólo otros son capaces de hacernos ver aquellas cosas que no queremos ver. Si Dios nos elige como pueblo, lo cristiano será vivir como pueblo.

Y el matrimonio necesita ese pueblo tanto como la intimidad. Debe aprender el arte de armonizar y equilibrar lo privado y lo público dejando que ambas esferas crezcan alimentadas de la otra.

Si el cristiano tiene por objetivo en esta vida alcanzar la santidad, eso es imposible en soledad, porque en la perfección cristiana el otro es el protagonista de nuestras vidas.

Cuando una pareja se casa, no lo hace en soledad. Lo hace ante testigos, en la asamblea. En una boda cristiana no asistimos como voyeurs a un acto privado entre dos personas. Somos un pueblo celebrando el amor.

Cuando hay maltrato, incomprensión, conflicto, dolor, lo público debe entrar a sanar lo que se está desviando. Una corrección fraterna, una llamada de teléfono consoladora o simplemente un hombro para llorar las penas sólo pueden llegar a través de las puertas que el matrimonio haya dejado abiertas al exterior.

Cuando llegan las enfermedades, las tragedias personales o los problemas laborales que corroen la convivencia matrimonial, el oxígeno sólo viene de fuera. De ese hermano que te ayuda llevando a los niños al colegio, de alguien que te dice que lo que hiciste ayer en la cena estuvo muy feo, del religioso que te pregunta qué está ocurriendo con tu opción de tener o no hijos. En nuestro camino a la santidad como matrimonio (ya desde novios), los hermanos tienen algo que decir.

Y lo mismo ocurre al contrario. Cualquier opción de amar al hermano, cuando se hace desde la comunión íntima del matrimonio no se multiplica por dos, sino por mil. Un matrimonio que hace, hace mil veces más que lo que harían marido y mujer por separado. Cuestiona, da ejemplo, instruye, crea hogar en todo lo que emprende.

Los cristianos debemos hacer propio el matrimonio de nuestros hermanos, intervenir prudentemente cuando sea necesario y dejarlo entrar en nuestra vida. No es lo normal, pero la vida ya es bastante pesada como para llevarla sólo uno a cuestas. O dos.

Curas en paro

Muchas veces nos quejamos de lo poco cristianas que son las empresas con sus empleados cuando cumplen años o por circunstancias como el matrimonio o los hijos, dejan de funcionar a pleno rendimiento.

Pero en la Iglesia deberíamos hacer autocrítica porque podemos ser iguales o peores con los nuestros.

Respecto a los laicos, en muchos lugares solo son capaces de trabajar con estudiantes o jubilados. Son incapaces de encontrar ocupaciones pastorales comprometidas a matrimonios o personas que deban compatibilizar un trabajo con la misión.

En muchos casos se resuelve de una manera totalmente machista, en la que la mujer cuida los crios mientras el marido sigue con el ritmo y las actividades que antes hacían juntos.

Es cierto que mayormente son ellos los que se ven desbordados y se alejan un poco del ritmo que lleva el centro pastoral, pero no es menos cierto que otros muchos se van, porque ya no hay tareas para ellos o las que les ofrecen, son las que nadie quiere.

Respecto a estos laicos comprometidísimos que acaban desapareciendo cuando la vida se les complica ¿Qué fue primero el huevo o la gallina? ¿Se alejaron de la misión, o la misión los dejó en la cuneta porque no podían seguir el mismo ritmo?

Respecto a los religiosos se viven algunas crisis personales dolorosísimas cuando las capacidades se empiezan a ver mermadas. Donde antes podían pastorear o servir hasta la muerte viviendo su carisma, hoy, la legalidad del mundo y la adaptación de estos centros a las distintas normativas, les excluyen. Se ven prohibidos y alejados de los centros educativos, los hospitales, y otros lugares para recluirlos en las casas comunitarias a ver la tele, leer el periódico, rezar un ratito y hacer los ejercicios de turno para conservarse un poquito más.

A veces pienso que no somos sinceros del todo con los seminaristas y novicias cuando les “vendemos” cómo será su vocación, pero solo les contamos la versión de la misma durante los primeros treinta años. Con los treinta finales no sabemos muy bien qué hacer.

Todo esto desde un punto de vista organizativo es un auténtico despilfarro. Pasas años formando, invirtiendo recursos y dando experiencia a gente a la que luego despides o desocupas cuando más sabiduría y experiencia tienen. No amortizas la inversión. No recuperas nada de lo invertido cuando ya no pueden estar en la cresta de la ola. Pero el santoral está lleno de santos que vencieron las limitaciones de la enfermedad, la edad o la familia para emprender grandes obras y construir el reino.

Dos ideas al respecto:

Todo carisma, toda misión, tiene un fundamento último. Ese fundamento último no son los colegios, ni los hospitales, ni las misiones. Es el otro. Es el encuentro con el otro. Separarlo de las ovejas o del resto de los pastores, privar a nuestros religiosos, sacerdotes, monjas, catequistas, monitores o voluntarios del motivo por el que se enamoraron y se embarcaron en esta aventura, y relegarlos a la única labor de sacar fotocopias, a decorar altares o a rezar laudes, es similar a despedirlos o jubilaros (y provoca crisis similares).

Si estás en paro, emprende. Se creativo porque el Evangelio todo lo hace nuevo. Si nadie te da el trabajo que te llena, búscatelo por tu cuenta. Con los vecinos, con los compañeros de trabajo, con el grupo que se reune en la parroquia, con el personal de limpieza del hospital, con los niños que se quedan jugando en el colegio. No hay una única forma de construir el Reino y la Iglesia necesita de tus manos y tus ideas aunque no conozca el lugar dónde hacen falta. Búscate la vida. Porque Dios te llamó para que tuvieras vida, y la tuvieras en abundancia.

Pensar no es hacer

Uno de los problemas clásicos de los cristianos es de analizar las cosas demasiado.

No me refiero a profundizar demasiado en las cosas, sino en hacerlo a menudo. El ser humano siempre cree que pensar en un tema es trabajar en él. No es cierto. Pensar sirve para aclarar perspectivas, pero los problemas sólo los solucionan las acciones. Pensar mucho un problema sirve para intentar recapitular la mayor información posible de cara a no equivocarse, pero el problema sigue exactamente igual ahí, fuera de nuestra cabeza.

Lo mismo sirve para hablar del tema con alguien o decidir en grupo. Se ven perspectivas, pero el problema sigue igualmente.

Los anglosajones lo llaman parálisis por análisis. Analizas tanto que pierdes la ocasión de actuar. Realmente es cobardía disfrazada de preocupación.

Si mirando el horizonte decides tomar un camino, no debes volver a pensar de nuevo hasta que hayas caminado algo. Si no avanzas, las vistas serán siempre las mismas.

Toda decisión, ha de ir acompañada de una acción. La siguiente decisión debe de tomarse después de la acción, porque si no no estás avanzando. Es preferible avanzar y equivocarse a quedarse quieto. Por lo menos, habrás añadido una experiencia al análisis que antes no tenías.

¿Y cómo actuar?

No hace falta tener el dominio de toda la acción. Incluso no hay por qué tenerlo en absoluto. Toda desición se puede dividir a su vez en miles de acciones pequeñas. Quizás no se pueda hacer todo. Pero sempre hay algo que se puede ir adelantando.

Cuando te casas, no tienes claro que hacer el resto de la vida respecto a tu matrimonio, pero puedes irte de luna de miel y luego ir afrontando los problemas según vayan viniendo.

Los mejores libros de empresa aconsejan que te pongas un plazo y dediques un 80% del tiempo a pensar y un 20% a decidir. Y a su vez, que tomes la decisión cuando tengas el 80% de información. Porque pensar es importante, recoger información y analizarla también, pero si no se toma la decisión y se ejecuta sin miramientos, todo habrá sido en balde.

La castidad, la obediencia y la pobreza mundanas

A la hora de plantear una vocación consagrada, los tres grandes muros que suelen aparecer en el horizonte son el voto de castidad, de pobreza y de obediencia.

La realidad es que tales muros no existen. Seguir a Cristo requiere en cualquier opción, llevar una vida ordenada. Sin apegos especiales ni a la carne, ni a las riquezas, ni a uno mismo.

Es cierto que, para poder llevar con cierta coherencia una vida religiosa, es fundamental apoyarse en estos tres pilares. Pero no es menos cierto que hoy en día, fuera del ámbito religioso, hay miles de personas que han hecho conscientemente votos por conseguir metas mucho menos elevadas.

Por la esclavitud al dinero o el miedo a perderlo, personas incapaces de vivir la pobreza hacen votos de castidad sin tiempo para establecer una relación de pareja o para mantener una familia. Hace voto de obediencia estando disponibles las veinticuatro horas del día, a hacer cualquier cosa, con disponibilidad total para desplazarse a cualquier lugar en cualquier momento. Son personas que a cambio de una estabilidad laboral o económica, han renunciado a sus principios, a su hogar y a su pareja.

Por la esclavitud a la lujuria, hay muchas personas que han perdido totalmente su criterio y su dinero. Viven sin dominio de su economía y sin opinión ni criterio en la vida.

Por un exceso de soberbia, personas incapaces de agachar la cabeza y obedecer más allá de a si mismos, son incapaces de convivir con alguien del sexo opuesto o de tener un trabajo estable por los continuos conflictos laborales en los que se meten.

Al final, la cuestión es que siempre hacemos elecciones y renuncias. Y siempre será mejor hacerlo conscientemente, de manera ordenada y persiguiendo un fin elevado, que como consecuencia de una esclavitud o huida, sin rumbo fijo ni dominio sobre uno mismo.

A su manera

Llega un momento en toda vida cristiana con algo de fundamento, en que lo difícil no es hacer lo que Dios nos pide.

Hemos alcanzado un nivel adecuado de buenismo, y ya tenemos nuestros horarios y nuestra vida organizadas de tal manera que la Eucaristía, los sacramentos e incluso nuestras buenas obras ya están programadas. Los sacerdotes o religiosos y religiosas mucho más programado y más fácil.

Pero lo que parece un piloto automático hacia la salvación, no es más que el primer peldaño de una escalera inacabable hasta la muerte.

Llega el momento en que no es suficiente hacerlo. Sino hacerlo a su manera.

Hacer lo mismo, pero con otro cariño, con otra obediencia. En otro lugar. Con otra gente. En otro momento. Con otro talante.

Llega el momento en que para crecer como cristianos, no basta saber lo que hay que hacer. Hay que hacerlo a su manera.

 

 

Sacad a Jesús a las calles

Sacad a Jesús a las calles. A las plazas. A los centros comerciales.

Que se haga presente allá dónde el hombre respira

Que pueda dar vida a las vidas.

Que conocerte no es un pasatiempo privado

Quiero seguirte para estar en el mundo sin ser del mundo.

Con los aldoquines en mis rodillas y la mirada fija en ti.

Llora, pero solo una hora

Toda pérdida conlleva su luto.

Perder un trabajo, una aspiración, un sueño, una persona  querida. Todo trae sufrimiento.

Pero ese sufrimiento no puede ni debe ser eterno. Te puedes lesionar, pero un día hay que levantarse e ir a rehabilitación.

¿Has perdido un sueño? llora una hora. ¿Un trabajo? Llora un mes. ¿Un ser querido? Llora un año.

Pero acábalo con un ¿Y ahora qué voy a hacer?

Porque en tu mano está cambiar las cosas. Descubrir nuevos mundos, nuevas personas, nuevas aspiraciones.

Y ten en cuenta que las ganas vienen después. Lo que apetece es no moverse, autocomplaciéndonos en lo desgraciados que somos. Pero eso nos va empequeñeciendo y dejándonos solos. Lo que nos hace grande es levantarnos tras la caída. ¿Y ahora que voy a hacer?

Siempre la pregunta, que marca el nuevo rumbo. ¿Y ahora que toca hacer?. Porque no apetece, pero toca.

Siempre podemos quejarnos de las cartas que nos han tocado o plantearnos qué vamos a hacer. Lo primero nos convierte en inútiles. Nadie contará con nosotros, nadie disfrutará de nuestra compañía, y ni siquiera nosotros gozaremos de nuestro tiempo. Lo segundo nos transforma en soñadores. En líderes. En profetas. En seguidores de Cristo que cultivan la virtud de la esperanza sabiendo que nada es el final y que cualquier cosa puede servirnos de trampolín.

Porque Dios te ha dado una vida y un sentido.

Cuando sobrevivir te mata

Vivimos tiempos convulsos. Quizás lo fueron siempre.

A menudo parece que debes renunciar a una parte de ti para poder seguir caminando.

A veces es positivo, porque te ves obligado a superarte a ti mismo, a sacrificarte más, a llegar más lejos.

Pero muchas veces la lucha es contra lo mejor de ti mismo. A veces parece que los buenos no sobrevivirán. Que es necesario caer en la maldad, en el daño o en la mentira, porque si no se acabará tu historia.

Y ante esto cabe plantearse dos cosas.

La primera es ¿Qué ocurrió en el pasado? Siempre han existido estos dilemas. Desde muy pequeños en el colegio. Vividos incluso con mayor intensidad que ahora. Siempre los buenos no iban a llegar muy lejos. ¿Qué ocurrió con los buenos de antaño? ¿Qué ocurrió contigo cuando fuistes bueno?. Posiblemente luego resultó que el mundo no era tal y como pensábamos y que los buenos, tanto si sobrevivieron o no, quizás fueron los ganadores de la prueba.

La otra cosa, es ¿para qué? ¿Para qué sobrevivir si no puedes ser tú mismo? ¿Para qué vivir en un mundo en el que estás obligado a ser la peor versión de ti mismo? Aunque te acabes acostumbrando, sobrevivir así no tiene mucho valor.De que te sirve avanzar si te vas perdiendo a trocitos por el camino

Ten fe. Dios te hizo para que llegaras lejos. Quizás no a los ojos de los hombres, quizás no brillando, pero si que te dió alas para volar lejos y alcanzar alturas impensables para el resto de los mortales.

Para qué sobrevivir si luego pierdes la vida. ¿De qué te sirve ganar el mundo si te pierdes a tí mismo?

Si se trata de brillar, que sea para alumbrar. Si se trata de seguir, mira el sol, vuelve a salir, y acaso ¿alguna vez no ha sido así?

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