soledad

No eres raro, eres cristiano.

A Cristo no había quién le entendiera. Un día curaba, otro día huía de los que le pedían curaciones. Un día echaba mercaderes, otro día se dejaba crucificar como un manso cordero. Un día hablaba de los tiranos, otro día evitaba entrar en temas políticos…
El mejor síntoma de que sigues a un Dios vivo, es que tienes movimientos contradictorios a los ojos de los demás.
Eres vago, borracho, pero al día siguiente trabajador, espiritual.
Al final, seguir a un Dios vivo supone no tener un “piloto automático” en tus ideas. El es que el dirige, tu sólo te limitas a seguir con su plan (que existe, aunque desde aquí abajo no se pueda ver con claridad). A veces importa la justicia, otras la caridad, otras el amor… Y ninguna de ellas es facil de comprender a los ojos del mundo.
Y precisamente esa flexibilidad para cambiar de sentido en cada momento atendiendo a la voluntad de Dios, te hará ser víctima de todo tipo de represalias.
Porque los comunistas no te considerarán de los suyos, porque los capitalistas tampoco. Porque los ecologistas mantienen algunas posiciones contrarias a tu fe, pero te manifiestas por cuidar la naturaleza de manera radical. Porque crees firmemente en la mujer (y en todo ser humano), pero no eres feminista. Porque aborreces la pobreza, pero amas a los ricos. Porque admites que la situación es insostenible, pero no tienes ira en tus palabras.
Por estas y por otras muchas cosas, vas por la vida dando miedo. Nadie estará a tu lado, porque no saben hacia dónde irán encaminados tus próximos pasos. No eres nada parecido a la tipología de ideas y comportamientos que el ser mundano haya conocido antes.
Al no ser fiel a los intereses de cuantos te rodean, siempre serás raro. Los extraordinarios en vida ganaron el calificativo siendo muy útiles al colectivo imperante.
Pero entre todo este desconcierto, mirar hacia arriba y ver a tu padre orgulloso sonriendo… simplemente no tiene precio.

La figura de un padre

Cuando somos niños pequeños, papá es un dios.

Cuando somos niños más grandecitos, papá es un compañero de juegos fantástico.

Cuando somos preadolescentes, papá es alguien que habla de fondo diciendo lo que tengo qeu hacer mientras voy a cien por hora.

Cuando somos adolescentes, papá es alguien con quien me da vergüenza relacionarme ante mis amigos.

Cuando somos jóvenes, papá es alguien que no sabe de nada, pero que me resulta enormemente útil para poder seguir mi ritmo de vida y conseguir lo que quiero.

Cuando somos adultos, papá es enternecedor en la distancia.

Cuando somos muy adultos, papá resulta admirable.

Cuando somos muy muy adultos, no tenemos nada que podamos darle a nuestro padre por todo lo que hizo, nos sobrecoge que alguien haya dado su vida de esta manera por nosotros.

Quizás esto no se cumple de igual manera en todas las personas, pero si en muchas. Da igual. El caso es que a medida que crecemos y aprendemos, nuestro padre cambia. No cambia él, sino la idea que tenemos de él y la relación de  él con nosotros.

Con Dios ocurre algo similar. Espiritualmente vamos quemando etapas, y si te quedas en la anterior estás perdido.

Según crecemos pasamos de un gordito bonachón estilo papa noel, a un peludo con barbas muy cariñoso y bueno, a un amigo fiel, a un revolucionario del amor,  a alguien que tiene mucha más miga  de la que parece, a alguien con quien sufrir…

Y el caso es que llega un momento en el que, si nos dejamos llevar por el ritmo que nos marca y por la imagen de él mismo  que nos presenta (a fin de cuentas todos estos cambios los mueve el mismo Dios), acabamos desembocando en una imagen mucho más madura, cada vez más infinita e inabarcable.

Un Dios muy por encima de nuestras pequeñas cosas de todos los días, pero presente en todas. Un Dios que no nos garantiza el bienestar material, ni la tranquilidad psicológica, ni la integridad física, pero que hace las cosas para bien de los que le aman. Un Dios señor del mundo y del universo, para el que la muerte es una simple anécdota y la lucha entre el bien y el mal, el primer acto de la función.

Conviene no perderse porque son muchos los que se quedan por el camino al ver aparecer un padre “nuevo” en sus vidas y no reconocerlo. Muchos los que se sienten abandonados, o lejanos y simplemente no ven que han crecido, y por lo tanto, la relación con papá hay que volver a trabajársela de nuevo.

Imagen by Cortés en www.periodistadigital.com

Imagen de Cortés en www.religiondigital.com

prefiero vestir santos que desvestir borrachos

by creo que soy yo

by creo que soy yo

Todos conocemos a alguien así. De hecho, todos somos un poco así. Son solteros / solteras. Solterones o solteronas según la edad. Tienen la premura de que el tiempo pasa, de que la vida avanza, y miran alrededor y ellos /ellas la tienen que afrontar solos.

Es injusto, porque son manifiestamente más interesantes, más inteligentes, más guapos o más simpáticos que el resto de sus amigos, pero no han conseguido novio /novia.

Y ven la vida pasar y anhelan un compañero o compañera que les haga la vida menos igual a lo que siempre se les ha mostrado como un fracaso.

Pero Dios les mira y está enormemente orgulloso de ellos. Son valientes. Muy valientes. Han decidido que la vida es para tomarla en serio, y que su risa, su llanto, su voz, su cuerpo sólo lo deben compartir con alguien que sepa apreciar la gran obra que ha hecho Dios con ellos.

Han decidido (o se han visto obligados a decidir) que a estas alturas de la película, con todo lo que ha llovido, no van a coger lo primero que pase. Buscan algo de calidad.

Y saben que estadísticamente hay más de lo que buscan en cualquier ventanilla de correos que en una discoteca. Que los cerebros con los que desean mantener largas conversaciones no están lanzándose ávidos de sexo al primer trozo de carne que pase por delante.

Sólo Dios sabe el tremendo infierno que puede llegar a ser estar con alguien que no te aprecia como ser humano. Alguien que sólo quiere una parte de tí, y que le repugna el todo. Y por eso Dios los mira, y se siente orgulloso de ellos.

Ser bueno o ser malo.

by linhchilicious

by linhchilicious

En los programas de atención al cliente, se enseña que la satisfacción con el trato recibido va directamente en relación con las expectativas que tiene el cliente cuando acude al establecimiento.

Si el cliente espera que lo traten mal y lo tratan regular, saldrá mucho más satisfecho y admirado que si esperaba un trato superior y lo tratan regular. Aún con el mismo trato, la percepción del cliente es diferente dado que las espectativas con las que acudía son diferentes.

Apliquemos esta teoría a ser buenas o malas personas.

Si de manera regular eres una buena persona. lo más probable es que, con el tiempo, todo el mundo que te rodea se acabe acostumbrando a tu manera correcta y buena de comportarte. Del mismo modo, si en tu entorno existe algún capullo/a, siempre que sea lo suficientemente soportable como para que el resto no lo acabe rechazando del grupo, con el tiempo, despertará expectativas de capullo.

Pues ahí viene la paradoja. Si tu fallas un día, un solo día, todo el mundo se verá sorprendido y pensará que últimamente te estás portando fatal. En cambio, si el capullo/a tiene un día bueno, todo el mundo se verá sorprendido gratamente y empezarán a albergar esperanzas en que acabe abandonando su capullismo.

Así que la recompensa por ser una persona excelente, comprensiva, caritativa, empática, dialogante y mucho más, después de unos años, probáblemente sea que te sientes poco valorado y que los capullos siempre se acaban llevando la gloria.

Una primera lección que podemos sacar de esto, es que hay que cuidar especialmente a los buenos silenciosos. Esa gente que nos hemos acostumbrado a que nos quieran y apenas les prestamos atención, cuando cualquiera de sus gestos cotidianos si los realizara alguno de los miles de capullos que nos encontramos a diario nos supondría una agradable sorpresa.

¿Compensa ser bueno? Sí. Evitarás ser un capullo, y te ahorrarás tener que vivir el resto de tu vida con esa desagradable compañía.

No estoy solo. No estoy sola.

by Mycael

by Mycael

Este artículo, es otro como tantos que encontrarás en Internet. Si haces caso a Antoñito89 cuando escribe en un blog que le han estafado en no se qué tienda, o haces caso a PrncstaLoka cuando escribe en un foro que la mejor dieta es comer verdura 32 veces al día ¿Por qué no ibas a creer lo que te cuento, que además de ser verdad, yo lo he experimentado?

No estás solo. No estás sola. Sabes bien a lo que me refiero. Ese momento en que pierdes el móvil, se estropea el ordenador, no dan nada entretenido en la tele, o simplemente tienes que esperar por alguien en un banco. Nada que hacer, simplemente esperar.

Y justo en ese momento aparece él. Un desconocido llamado silencio. Lo conociste algún tiempo, pero últimamente apenas le prestas atención, porque apenas tiene espacio en tu vida.

Y se sienta contigo y te cuenta un montón de cosas que no quieres oír: Que estás gastando muchas fuerzas en cosas vacías, que cada vez menos amigos darían la vida por ti, que cada vez darías tu la vida por menos gente, que la vida se complica y los castillos de la juventud se derrumban como naipes, que estás agarrándote a muchos clavos ardiendo para no caer.

Y en ese momento te parece que estás solo. Te parece que estás sola.

Pero hay alguien que en una conversación puede hacerte sentir la seguridad y la paz de un bebé en la tripa de su madre. Que puede hacerte sentir el abrazo más profundo que hayas recibido nunca. Que puede escucharte durante horas, y escucharte, y escucharte…¡Incluso aunque no le dejes hablar a El!. Que te puede dar los mejore consejos que vas a oír nunca jamás, porque no tiene intereses escondidos. Que te puede hacer conocer el amor con más profundidad que la de todos los amantes que conocerás en tu vida.

¿Que tal si quedas un rato con El? 24 horas al día, 365 días al año disponible. Habla con Dios.

Además, si no existiera, como te han dicho…¡no pierdes nada!

Sigue, aunque estés solo.

by david trattnig

by david trattnig

Me pregunto por qué escribo un blog con temática cristiana.

Y pienso en la siguiente historia:

Un profeta iba por distintas ciudades y pueblos gritando a los cuatro vientos el mensaje de su Dios. Nadie le escuchaba. Y así permanecía día tras día sin éxito alguno.

En uno de los pueblos, un muchacho se le acercó y le preguntó: ¿Por qué pierdes el tiempo hablando de cosas que a nadie le interesan?.

El profeta le contestó:

Cuando empecé a anunciar el mensaje, lo hice porque un grupo de profetas pasó por mi pueblo y causó una gran impresión en mí. A partír de ahí, me incorporé al grupo e hice de la predicación mi misión en esta vida. La felicidad de los días vividos compartiendo esta tarea en grupo marcó para siempre mis pasos.

Con el tiempo fueron abandonando uno a uno todos aquellos que alguna vez me habían iluminado, y al final quedé sólo. En ese momento, mi angustia por que no desaparecieran todos los profetas de la faz de la tierra me dió fuerzas para seguir con la tarea.

Ha pasado mucho tiempo, y ahora simplemente predico para no olvidar quien soy… Y creo que mi Dios está más contento que nunca.

Sigue haciendo aquello para lo que fuiste llamado aunque estés sólo. No te desvanezcas en la multitud.

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