santidad

El matrimonio es público

Vivimos en una sociedad que ha relegado al matrimonio, y por extensión a las relaciones de pareja, al ámbito de lo privado. Es algo entre dos personas en lo que nadie puede entrar, ni opinar.

Y esto, que es algo reciente en la historia, no debería ser así para los cristianos. No pensemos en la prototípica suegra metiendo las narices en el puchero o en la ropa de los nietos. Veámoslo en clave de Iglesia. No estamos sólos siguiendo a Cristo. Somos un pueblo, el pueblo elegido.

Un cristiano no hace las cosas en soledad. El cristiano nace, crece, se desarrolla y muere rodeado de una comunidad eclesial que le ayuda a santificarse. Por muy atractivo que resulte la idea de emprender un camino en soledad y autosuficiencia, una vida con amor es una vida llena de otros. Otros que integras en tu vida y que haces parte de la misma. Sólo con otros se crece, se sufre, se echan raices, se aprende, se pide perdón y se perdona. Sólo otros son capaces de hacernos ver aquellas cosas que no queremos ver. Si Dios nos elige como pueblo, lo cristiano será vivir como pueblo.

Y el matrimonio necesita ese pueblo tanto como la intimidad. Debe aprender el arte de armonizar y equilibrar lo privado y lo público dejando que ambas esferas crezcan alimentadas de la otra.

Si el cristiano tiene por objetivo en esta vida alcanzar la santidad, eso es imposible en soledad, porque en la perfección cristiana el otro es el protagonista de nuestras vidas.

Cuando una pareja se casa, no lo hace en soledad. Lo hace ante testigos, en la asamblea. En una boda cristiana no asistimos como voyeurs a un acto privado entre dos personas. Somos un pueblo celebrando el amor.

Cuando hay maltrato, incomprensión, conflicto, dolor, lo público debe entrar a sanar lo que se está desviando. Una corrección fraterna, una llamada de teléfono consoladora o simplemente un hombro para llorar las penas sólo pueden llegar a través de las puertas que el matrimonio haya dejado abiertas al exterior.

Cuando llegan las enfermedades, las tragedias personales o los problemas laborales que corroen la convivencia matrimonial, el oxígeno sólo viene de fuera. De ese hermano que te ayuda llevando a los niños al colegio, de alguien que te dice que lo que hiciste ayer en la cena estuvo muy feo, del religioso que te pregunta qué está ocurriendo con tu opción de tener o no hijos. En nuestro camino a la santidad como matrimonio (ya desde novios), los hermanos tienen algo que decir.

Y lo mismo ocurre al contrario. Cualquier opción de amar al hermano, cuando se hace desde la comunión íntima del matrimonio no se multiplica por dos, sino por mil. Un matrimonio que hace, hace mil veces más que lo que harían marido y mujer por separado. Cuestiona, da ejemplo, instruye, crea hogar en todo lo que emprende.

Los cristianos debemos hacer propio el matrimonio de nuestros hermanos, intervenir prudentemente cuando sea necesario y dejarlo entrar en nuestra vida. No es lo normal, pero la vida ya es bastante pesada como para llevarla sólo uno a cuestas. O dos.

Evita la situación, no la tentación.

Desde siempre nos hablan de lo bueno que es evitar la tentación.

Pero esto es muy duro. Exige unas grandes dosis de fuerza.

A veces, cuando nos vemos en la situación y hay que elegir es difícil luchar contra nuestro débil cuerpo, contra nuestra débil mente o contra nuestros tempestuosos sentimientos.

Pero no es tan difícil tomar rumbo antes de que suceda la situación dónde nos vamos a ver tentados.

Evitar la tentación es de héroes, evitar la situación de sabios.

Prefiero el paraiso

Cuentan que a San Felipe Neri le ofrecieron ser cardenal, a lo que respondió sin dilación “Prefiero el paraíso”.

No se si lo consiguió gracias a esta renuncia, el caso es que fue proclamado santo en el año 1622.

El éxito para un cristiano tiene una medida bastante diferente de la del mundo. No es tangible. La santidad no es un cargo o un puesto que se pueda añadir a una tarjeta de visita. No es un currículum, ni siquiera haber realizado alguna obra grandiosa.

En el mundo de la empresa, y en el mundo en general, el de mayor éxito es el que está más arriba. Con absoluta independencia o incluso en sentido inverso a su santidad.

Aprendiendo de Felipe Neri, simplemente consideremos ante la posibilidad de un ascenso o de un nuevo empleo cómo va a afectar a nuestra vida cristiana (familia, oración, ética, caridad, etc)

Porque quizás ganemos un puesto, pero perdamos el paraíso.

Hay una magnífica película que puedes ver aquí o aquí sobre la vida de este santo. 100% recomendable.

La santidad es inversamente proporcional al entorno

Y ya está. No hay mucho más que hablar sobre el tema.

Disfruta de la lucha en las persecuciones, en los momentos difíciles, cuando todo está perdido, cuando no queda esperanza, cuando cualquier resto de humanidad ha desaparecido.

No pongas excusas basadas en que no te dejan, en que son tiempos duros, en que te encuentras sólo, en que la maldad campa a sus anchas.

La santidad sólo se da cuando el entorno no acompaña. Cuando la cosa está fácil, no hay santidad, hay inercia.

No hay organizaciones éticas

Son las personas que las forman.

Gran post el de Set Godin hablando de la ética en los negocios. Me ha hecho pensar mucho en nuestras organizaciones, comunidades, iglesias, e incluso nuestras ONGs cristianas. Paso a transcribir alguno de los puntos que ilumina en su post.

La teoría es sencilla: Si eres bueno, la gente que interactúa contigo, te verá como bueno, y cada vez tendrás más clientes o seguidores. A largo plazo, ser bueno es rentable. Esto está marcado en el subconsciente cristiano, y sencillamente no es cierto. Si fuera así… ¿Por qué tenemos tan mala prensa?. Quizás en la otra vida compense, pero en esta ser bueno te lleva a la cruz. Es lo que hay. Alcanzarás la santidad pero no esperes grandes triunfos a los ojos del mundo.

A medida que el mundo se va volviendo más y más complejo, cada vez necesitamos más y más resultados a corto plazo. Al largo plazo puede que no lleguemos con esta incertidumbre. Sin quererlo nos vemos metidos en una carrera en la que te puedes quedar fuera a la mínima, y cualquier cosa vale para sacar ventaja.

A lo largo del día tomamos miles de decisiones malvadas. Inconscientemente el corto plazo nos vence. Necesitamos resultados. Para comprar más barato, acudimos a lugares dónde los trabajadores están explotados. Si somos ricos pagamos más por un trato exclusivo fomentando la proliferación de servicios de lujo y la consiguiente desaparición de servicios para pobres que no resultan rentables.

En la Iglesia no nos quedamos atrás. Las ONGs cristianas que conozco no son precisamente las que mejor pagan o las que mejor concilian el trabajo y la familia de sus empleados. Conozco religiosos y religiosas mucho más incomprensivos e intolerantes con el personal contratado que los jefes del mundo “laico”. Algunos cristianos evaden sus impuestos como pueden. No nos libramos de “pelotas”, “trepas” y de jefes a los que se les sube el cargo a la cabeza.

Hay que reconocer que cuando por fuera critican a la Iglesia “organización” algo de razón llevan. Para lo bueno y lo malo, tenemos todas las miserias de una organización humana.

Sólo las personas son seres morales. Sólo las personas tienen ética. Las organizaciones no son más que un reflejo de aquellos que dirigen, y de aquellos que permiten a los que dirigen tomar las decisiones que toman. Porque la ética no deja de ser sacrificar el beneficio a corto plazo (para nosotros o nuestras organizaciones) por el beneficio para el resto de la humanidad. Ojo con lo que dicen de tu organización, porque las críticas que hagan a la misma en realidad son para sus miembros.

Y flaco favor le hacemos a nuestras organizaciones si nos limitamos a defenderlas sin corregirlas. Nuestra organización, parroquia, ONG, Iglesia, es precisamente eso: Nuestra. Por ello no podemos abandonar nuestra responsabilidad en lo que sucede y limitarnos a culpar de todo a un ente corporativo. Las organizaciones son santas cuando están llenas de santos, y tu tienes toda la responsabilidad sobre tu santidad.

Actuando al corto plazo, obedeciendo sin pensamiento crítico, nos volvemos como aquel que aprieta el botón del mal y cuando le cuestionan contesta…”yo simplemente trabajo aquí, no es mi responsabilidad”.

No me preocupa mi dragón verde

by miheco

by miheco

Porque no tengo ninguno.

A veces tenemos la tentación de juzgar a los políticos, jefes, y a los ricos por las decisiones que toman con su dinero, con su poder o con sus influencias.
A veces pensamos que nosotros lo haríamos mil veces mejor que ellos. Lo creemos firmemente.

Porque nosotros somos superbuenos con nuestros subordinados.
Porque somos superaltruistas con nuestras decisiones.
Porque somos supersolidarios con nuestro dinero.

Gran estrategia del diablo para que te confíes y digas:
No me preocupa el poder… se que lo manejo con altruismo y responsabilidad.
No me preocupa el dinero… se que lo utilizo en ayudar al prójimo.

Pero la verdad es que no tenemos ni tanto poder, ni tanta influencia, ni tanto dinero.

Te despreocupas del dragón verde que realmente no tienes, y cuando llega te pilla despistado.

¿Cómo pensabas que sería tu etapa en la universidad antes de entrar? ¿Cómo pensabas que serías como trabajador antes de trabajar? ¿Cómo pensabas que serías con tu familia antes de formar una? ¿Cómo pensabas que serías con tus compromisos antes de contraerlos? ¿En que pensabas que emplearías tu dinero antes de tenerlo?

Espiritualmente, sólo por ser hombres somos muy muy débiles. Si desde un punto de vista moral no te preocupa el uso que estás haciendo del poder, de la influencia o del dinero… sencillamente es porque todavía no lo tienes (el dinero, el poder o el punto de vista moral).

Categorías
Historial
Etiquetas
Usa este blog