pareja

Cristianos buscando pareja

Reunión de Jóvenes de 18 años en la parroquia.

Día de la familia, un matrimonio se esfuerza en explicar que un noviazgo cristiano no es cualquier cosa. Que supone tener un proyecto en común, una vida de oración. Que supone tener a Dios y a lo que quiere Dios en medio de sus decisiones y crecer siguiendo la vocación al matrimonio. Tener una sexualidad ordenada. Tener un proyecto de futuro juntos…

Por supuesto la charla no se daba en estos términos. Era un debate animadísimo en el que los jóvenes se reían, participaban, se ponían colorados de timidez, y todo lo que suele ocurrir cuando se tocan estos temas en grupo. Pero estos eran los temas de fondo que trataban de transmitir.

Y casi al final se me ocurrió hacerles una pregunta:

¿Cuántos de vosotros creéis que esto que nos han contado se puede conseguir teniendo en cuenta cómo está el “mercado” de parejas?

Todos se angustiaron un poquito, porque ciertamente encontrar hoy en día a alguien que se tome la relación tan en serio como lo que ellos querían era misión imposible.

A la salida, hablando con un sacerdote amigo mío le comenté: Si España es tierra de misión, es como si estuviéramos pidiéndole a una indígena de una tribu oculta en una selva, que a la hora de elegir novio buscase uno con estos valores. Lo más seguro es que quedara soltera de por vida.

Por ello hoy un par de consejos para los cristianos y cristianas que no tienen pareja y que quieren encontrar en esta selva una como Dios manda.

1º) Más vale solo/sola que mal acompañado. Todo lo barato sale caro. Más vale vestir santos que desvestir borrachos y procura no liarte con quien trae ya el lío incorporado. La primera fidelidad en la pareja es a uno mismo.

2º) Hay que ligar. Y antes de eso hay que conocer gente. Mucha. Muchísima. Para elegir hay que conocer (conocer, no probar). Sube tu autoestima rodeándote de miles de personas distintas. Cristiano no es sinónimo de solitario, sino de un corazón (y sólo un corazón) abierto al mundo.

3º) Si me gustan las negras no me voy a Finlandia. Puede que allí conozca alguna, pero mis posibilidades son casi nulas. Si quiero conocer negras, me voy a África que es dónde hay más. Pues si quiero conocer católicos, voy a encuentros y sitios dónde conozca católicos. Intentar conocer a alguien cristiano y con valores una noche de borrachera… pues eso. Mira a ver en que ambientes te mueves, porque de ahí saldrá tu pareja.

Os propongo una charla motivacional para empresarios. 99% aplicable al tema. Échense unas risas.

Placer sexual y cristianismo.

Existe la creencia equivocada de que lo cristiano condena todo lo relacionado con el placer sexual. Objetos sexuales, juegos preliminares, caricias, etc… Todo lo “divertido” se piensa que está prohibido.

El pecado no está en la satisfacción y el placer. Está en cómo la tratamos. En el momento en que el placer y no el amor se sitúan como lo más importante es cuando aparece el pecado.

El Evangelio dice que no hay nada fuera del hombre que por entrar en él le pueda contaminar. Pero lo que sale del hombre es lo que contamina al hombre. En nuestro corazón está la clave.

La sociedad se ríe y nos tacha de reprimidos porque, al igual que con cualquier otra cosa, el camino del cristiano exige esforzarse en armonizar su sexualidad a la voluntad de Dios. La experiencia cristiana nos propone una sexualidad “de altura”. Mientras nuestra sociedad nos propone un modelo en el que lo que me gusta y apetece es la meta máxima a la que podemos aspirar en una relación sexual, el cristianismo nos ofrece un modelo en el que la relación sexual es la fiesta en la que el matrimonio celebra una vida de entrega total y renuncia a nuestros propios apetitos para que nuestra pareja tenga vida. Pone a la persona por encima del placer, y pone al placer como algo al servicio de la comunión profunda de la pareja.

Lo importante no es si me da gustito, sino lo que hay en nuestra relación. El gustito es la guinda del pastel. Es un placer que descansa sobre una vida de pareja plena en cualquier otro ámbito y no sólo en el sexual.

Al contrario que otras corrientes espirituales, el cristiano considera el cuerpo como algo bueno. En el cuerpo vive Dios y es templo del Espíritu. El placer (da igual si es viene de la relación sexual o de una buena comilona), es un elemento con el que hay que tener mucho cuidado porque al ser tan agradable, es fácilmente convertible en el centro de nuestros pensamientos y deseos. Incluso el acto sexual dentro del matrimonio puede ser egoísta.

La experiencia sexual para ser plenamente humana y estar de acuerdo con lo que Dios quiere no puede estar desbocada a lo que nos apetece, ni tampoco reprimida a un catálogo de normas en las que se diga lo que no y lo que sí.

Como decía San Agustín, ama y haz lo que quieras. Todo lo que sirva para que haya más amor en la pareja es bienvenido. Todo lo que nos vuelva egoístas y nos aleje de dominar nuestras pasiones para que la otra persona sea feliz, debemos evitarlo. Pero ¡cuidado!, porque autoengañarse en estas cosas es muy sencillo porque como se dice “tiran más dos… que dos carretas”.

Y nunca hay que olvidar una cosa: La Iglesia (aunque algunos parecen olvidarlo) propone, aconseja. No condena. Y siempre acoge. Te propone un modo de vida en el que serás plenamente feliz. Cuanto mejor lo lleves, más feliz serás (y lo comprobarás). Y da igual el punto en el que estés ahora. Dios tiene una propuesta de felicidad para las prostitutas, los adictos a la pornografía, los divorciados, las parejas de hecho, los sacerdotes y religiosas, los novios, los matrimonios y los viudos. Para todos.

La cosa es comenzar, y cualquier día es bueno para eso. ¿Te animas?

Perdedores, manipuladores, controladores y abusadores.

El 15% de las personas tienen desordenes de la personalidad y esto es un dato importante a la hora de elegir pareja o a la hora de decidir compartir el resto de una vida con alguien.

Son personas antisociales, histriónicas, límite o narcisistas que suelen destruir la relación (y a la persona con la que se relacionan). Frecuentemente maltratan psicológicamente a su pareja, pero también a maridos o esposas, parientes, amigos, compañeros de trabajo y a cualquiera que se les pone por delante.

El doctor Joseph M Carver, psicólogo, ha realizado un profundo estudio sobre este tipo de personalidades y en su página web ofrece varios artículos (también en español) para ampliar conocimientos sobre este tema.

Además, nos regala una serie de señales de alarma para poder identificar a tiempo a este tipo de hombres y mujeres:

¿Fue el “amor de tu vida”, tu “alma gemela” o nuevo mejor amigo/a en cuestión de semanas?

¿Fue encantador/a al principio, diciendo todas las cosas correctas, “reflejo” de tus esperanzas, deseos y sentimientos?

¿Es celoso/a y posesivo/a?

¿Tiene pocos amigos, relaciones a largo plazo o varias relaciones fallidas?

¿Habla mal de su ex o amigos? ¿Dice mentiras?

¿La relación pasa radicalmente de caliente a frío? ¿Es como “Jekyll y Hyde”?

¿Tiene un historial laboral inestable, de desempleo frecuente o cambios en el trabajo?

¿Te encuentras encubriéndole, haciendo que parezca mejor de lo que realmente es?

¿Tiene constantes problemas financieros? ¿No cumple con sus deudas?

¿Tiene metas poco realistas? ¿Una historia para justificar la vida de los demás?

¿Se siente cómodo pidiéndote dinero? ¿Alguna vez ha utilizado tus tarjetas de crédito sin tu conocimiento?

¿Te hacen sentir culpable por tus hobbies e intereses o por el tiempo pasado con tus amigos o familiares?

¿Te hacen sentir que no eres lo suficientemente bueno/a, que tienes suerte de tenerle o tenerla?

¿Alguna vez te han humillado en público?

¿Retira el amor, la amistad o la aprobación como castigo?

¿Presenta mal humor por algo aparentemente insignificante? ¿A menudo ni siquiera sabes lo que le enfadó?

¿Siempre te echa la culpa? ¿Lo que pasa es culpa tuya siempre?

¿Después de una gran crisis momentánea, actúa como si nada en absoluto ha pasado?

¿Alguna vez te sientes “asfixiado/a” por ellos?

¿Alguna vez amenaza, golpea o te empuja, perfora paredes, romper sus cosas o te insulta?

¿Siempre está disgustado/a con alguien?

¿Te presiona para dejar de fumar o cambiar de trabajo / amigos / relaciones / casas?

¿Tiene problemas con las figuras de autoridad?

¿Rechaza a cualquier persona por cualquier motivo?

¿Ha tenido órdenes de alejamiento?

¿Notas que tu autoestima se está erosionando?

¿A veces te sientes como un loco/ loca?

¿La relación está afectando otros aspectos de tu vida?

¿Tienes una sensación de que las cosas no están del todo bien?

¿A veces desearías que todo desapareciera?

Por supuesto son sólo señales de alarma y muchas de ellas pueden ser problemas puntuales, pero más vale prevenir que curar.

¿Cualquier persona vale? Consejo para elegir pareja.

No. Cualquier persona no vale. Y la elección es sólo tuya.

Da igual el físico o cualquier sentimiento que haya de por medio. Una relación de pareja tiene muchísimas más posibilidades de llegar a buen puerto si tu pareja presenta esta serie de características:

Equilibrio psicológico: Racciona con moderación, domina sus impulsos, no actúa de forma exagerada, es capaz de sentir compasión, vergüenza, no pierde el control, saben pedir ayuda, ofrecerla, etc.

Honestidad: Cumple con sus deberes, asume sus errores, no esconde el pasado, expresa su opinión aunque la gente piense lo contrario, no se engaña a sí mismo y tampoco a los demás.

Madurez: Mejor no lo intentes con quien no asume responsabilidades, deja “cuentas”pendientes, no tiene criterio propio, se deja llevar, es superficial, inflexible, caprichosa, pasa de la euforia a la desilusión con rapidez, no se preocupa por el futuro, abandona todo lo que suponga un esfuerzo, necesita que estén constantemente pendientes de ella,

Afectiva: Una persona que sabe dar y recibir afecto, no te sientes al lado de ella como si fueras inferior, no te exige renunciar a tu personalidad, no te pide admiración constante hacia sus logros. Es normal cuando nos enamoramos sentir que la otra persona es el ser más maravilloso sobre la tierra, pero también es importante que nos haga sentir así.

Luego no digas que no te lo advirtieron.

Fuente:

El amor platónico está sobrevalorado

Cuando se trabaja con adolescentes (y no tan adolescentes), una de las principales angustias en las que se orienta, es en el enamoramiento. En una sociedad adolescente como en la que nos movemos, el sufrimiento que conlleva desconocer y no poder controlar el mismo se ha convertido en epidemia.

Alguien de quién aprendí mucho, me dijo una vez que una de las mejores formas de perder el tiempo era dar consejos a enamorados. No se si consejos, pero hay miles de formas en las que podemos orientar a quien está pasando por un “flechazo”, y hacerle caer en la cuenta que el enamoramiento no es una suerte de enfermedad que te toca y se sufre. Que no tiene remedio y que no hay nada que se pueda hacer para llevarlo con dignidad.

Uno de los libros que suelo recomendar sobre este tema es “El amor no es ciego” de Alejandra Vallejo Nájera. Ya lleva la friolera de más de cincuenta mil unidades vendidas, y tiene su lógica, porque es bastante bueno.

En el libro, aparte de enseñarnos sobre coqueteos, miedo al rechazo y otros temas, nos orientan sobre el enamoramiento desmitificando algunas percepciones erróneas del mismo, entre ellas la perfección del amor platónico.

El amor perfecto NO es el amor platónico. Ese amor en el que la otra persona sabe querernos exactamente como necesitamos y necesita que le quieran tal y como sabemos querer nosotros.

El amor platónico es absurdo desde todo punto de vista lógico, ya que comenzar una relación supone adaptar las actitudes, necesidades, proyectos y rasgos de carácter a los de la otra persona. La vida en común siempre, siempre, siempre trae situaciones amargas, confrontaciones y discusiones a través de las cuales aprendemos nuevas vías de comunicación y superación de problemas.

Fuente:

lo tuyo, lo mio, lo nuestro

Cuando dos personas deciden formar una pareja, es como cuando hacemos un puchero. Todo se mezcla.

¿Qué es tuyo? ¿Qué es mío? ¿Qué es nuestro?

Muchas parejas piensan que si lo comparten todo están apostando más en serio por la relación. Otras, escarmentadas de anteriores fracasos, recelan y apenas comparten nada por si acaso la cosa falle de nuevo.

Lo mejor es ir por partes.

Hay que dividir lo que es de cada uno para poder atacar los problemas.

Hay una esfera personal, que es de cada uno de los que forman la pareja, y que no puede ser decidida ni compartida, a lo sumo comunicada. Es la esfera de los sentimientos, de las sensaciones, de los miedos, de las angustias y deseos. Cada miembro de la pareja tiene los suyos. No es culpable por tenerlos y nadie puede entrar a tocarlos si no es el mismo. Por mucho que una pareja se empeñe en tratar de trabajar juntos la falta de deseo de uno de ellos, o intenten arreglar algún miedo o desconfianza, la clave siempre radica en el dueño o la dueña de la esfera. Sólo se puede (y se debe) ayudar, auxiliar, escuchar. Pero el camino, se camina solo.

Y hay una esfera compartida, en la que se mete todo aquello que se construye de manera conjunta. Desde la hipoteca hasta los hijos, desde la casa hasta la diversión en común. En esta esfera ocurre todo lo contrario. Aquello en lo que no participen los dos, no será vivido plenamente, y acabará corrompido. Las cesiones o las entregas absolutas de estos ámbitos acaban siendo siempre fuentes de infelicidad.

Es bueno aclararlo porque en una relación de pareja, cuando está Jesús de por medio, a veces hay que dar la vida hasta morir por tu pareja, otras veces hay que plantarse y no tragar, y siempre requiere un discernimiento previo. Poner un piloto automático (ceder siempre, pelear siempre) en la forma de resolver problemas es camino seguro hacia el fracaso.

Llegada la hora de quemar las naves

by photojenni

by photojenni

En el año 335 AC, al llegar a las costas de Fenicia, Alejandro Magno debió enfrentar una batalla en la que los soldados enemigos eran el triple que su gran ejército.

Cuando Alejandro Magno hubo desembarcado a todos sus hombres en la costa enemiga, dio la orden de que fueran quemadas todas sus naves. Mientras los barcos se consumían en llamas y se hundían en el mar, reunió a sus hombres y les dijo: “Observen como se queman los barcos. Debemos salir victoriosos en esta batalla ya que solo hay un camino y es por mar. Sólo podemos regresar en los barcos de nuestros enemigos”.

Finalmente, el ejército de Alejandro Magno venció en aquella batalla regresando a su tierra a bordo de los barcos conquistados.

En las relaciones de pareja, llega un momento en el que hay que quemar las naves.

Llega un momento en el que se debe renunciar de por vida a la pregunta de si esto me conviene, o por el contrario me marcho de aquí. Es cuando pasamos de un “¿me conviene esta relación?” a “tenemos un problema que arreglar”.

Y una vez dado ese paso no hay marcha atrás. O se triunfa, o se fracasa.

Tener siempre abiertas las puertas de salida, hace que cuando vengan duras estas se vuelvan insoportablemente tentadoras. El matrimonio y cualquier relación de pareja, se ven enfrentadas hoy en día a dificultades tan abismales en las que es impensable la victoria si hay marcha atrás o posibilidad de huida.

Y esto, lejos de lo que podría parecer a simple vista no es limitarse. Es sacrificar voluntariamente la vida por un proyecto de amor. Un proyecto que trasciende de lo que me apetece o lo que temo para colaborar en el plan de Dios, y para aprender a amar con madurez. Es avanzar. Quien no se compromete no avanza. Quien no apuesta duro no gana.

No es riesgo, es valor. Lo contrario nos lleva a relaciones de guardería, dónde la pelea por mis juguetes (mi tiempo, mis cosas, mi trabajo, mi desarrollo personal) es el objetivo a corto, medio y largo plazo. Es luchar contra lo que venga en equipo, y no tener como rival al compañero.

Conozco gente que nunca pasó de esta fase. En sus manos tuvieron muchas relaciones, pero acababan vacías, porque llegado el momento no se daba este salto al vacío. Se buscaba compañía a bajo coste.

Quemar las naves implica un vacío dónde no vale plantearse si acertaste o no al elegir tu pareja, porque la pregunta ya no procede. Simplemente se abandona ese territorio cómodo y necesario para la pareja en el que nos vamos conociendo para pasar al terreno dónde nos dejaremos la vida por construir un hogar. Y aquí las únicas preguntas que proceden son las que buscan soluciones, no huidas.

Los ingredientes del amor

by Horia Varlan

Son tres en la pareja. Es como un juego de química. Sólo hay una fórmula que funciona.

Y esto es una teoría psicológica, no me lo invento.

Intimidad.

Los momentos que pasáis juntos, que habláis, e incluso los que compartís haciendo algo que os gusta a los dos.

Pasión.

El deseo, la sensibilidad, el sexo. Esos momentos de placer y de búsqueda del otro para disfrutar sensiblemente de su compañía.

Compromiso.

Nos hacemos novios, nos casamos, tenemos hijos, un hipoteca. Establecemos algo más serio juntos.

Estos ingredientes se han de mezclar por dosis iguales. No tiene sentido tener una hipoteca y un hijo con alguien con quien estoy empezando a mantener conversaciones.

Casos hay miles:

Se puede empezar por la intimidad, llegar la pasión, y luego el compromiso.

Son muchas las parejas que comienzan por la pasión, se trabajan la intimidad, y llegan al compromiso.

Cuando maduramos, muchas parejas caen en la tentación de apoyar su relación en el compromiso, y descuidan la intimidad y la pasión.

Cuando sólo hay pasión, no se llega a nada.

Cuando sólo hay intimidad, tampoco.

Cuando sólo hay compromiso, es un envoltorio vacío.

¿Y Dios no es un ingrediente?

Dios nos mira sonriendo para que disfrutemos con el juego de química que nos ha prestado.

Cuando la cocacola se junta al vino, sale calimocho.

by Risager

by Risager

Tienes Coca Cola. Tienes vino. Los juntas, y sale calimocho.

El vino no sabe tanto a vino, ha cambiado.

La Coca Cola, no sabe tanto a Coca Cola. También ha cambiado al mezclarse.

Eso mismo pasa en una relación. Las personas nos influenciamos para bien o para mal cada vez que interactuamos. Y no hay mayor interactuación que una relación amorosa.

Es lo que pasa al comenzar un noviazgo. Los ermitaños comienzan a salir de fiesta y los juerguistas se encierran a jugar al parchís con sus suegros. Los amigos para siempre desaparecen, y los amigos de tu novio cada vez te caen mejor.

La buena relación, es la que hace que cambies para bien, que te esfuerces en crecer, en mejorar, en aprender cosas nuevas, en abrirte a nuevas mentalidades, experiencias, etc. La mala hace todo lo contrario.

Un truco para saber cómo va tu relación, y si te conviene, es preguntar a todos los que te quieren si han notado que hayas mejorado o empeorado como persona. Escucha sus razones, y te ahorrarás muchos problemas en el futuro.

Conoce a tu pareja.

by Chesi

by Chesi

Mírala fijamente en los momentos de tensión.

Cuando conduce el coche y se encuentra con alguien que se ha saltado una señal, o cuando se encuentra en medio de un atasco.

Cuando se le rompe su bien más preciado, o cuando no le funciona el ordenador.

Cuando tiene que afrontar unos exámenes o se enfrenta a una entrevista de trabajo.

Cuando tiene una discusión con su familia o cuando se enfrenta a un ambiente hostil.

Porque en los momentos de tranquilidad se puede fingir muy bien. Todos lo hacemos para agradar a quienes nos rodean, pero es en los momentos de tensión, en los que la vida nos pone a prueba, en los que no podemos permitirnos el lujo de complacer a nadie y nos sale la respuesta espontánea que llevamos dentro.

No se trata de analizar si esa respuesta espontánea es agradable o no (por lógica, en momentos de tensión se nos pone un carácter desagradable). Lo importante es conocer cómo lleva tu pareja esos momentos, el tiempo que tarda en pasársele el disgusto, cómo afronta la vida tras el éxito o el fracaso, cómo influye en la objetividad de sus decisiones, cómo es capaz de perdonar, etc.

Al final, se trata de conocer bien a tu pareja porque es imposible amar a quien no se conoce. Y cuanto antes abras los ojos  ante el ser humano que tienes al lado y abandones esa idea romántica y mitológica del superser que has encontrado, antes podrás ponerte a construir una relación como Dios manda…(o a salir corriendo).

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