Padre

Una iglesia huérfana

¿Por qué se le llama a los curas padre? ¿O por qué se le llama a las monjas madre?

Hay una polémica teológica entre católicos y protestantes porque Jesús dijo que no se debía llamar padre a nadie en la tierra. Esta no tiene trascendencia alguna y está bastante contrastada dado que tanto Pedro, como Pablo, como Juan en sus cartas, se dirigen a sus lectores como hijos espirituales.  ¿Por qué son padres? Porque básicamente les han traído a la vida con el Bautismo y la predicación. A una nueva vida. Es verdad que quién lo hace es Jesús, pero bueno, es como un padre prestado, más tangible, más del día a día.

Pero no van a ir por ahí los derroteros de este post. Me quiero centrar en otro tema, en la Iglesia huérfana moderna.

¿Qué significa la palabra cura?

La palabra cura proviene del latín curatio y su significado es cuidado, solicitud. Parece que por el año 1330 se empezó a aplicar esta denominación al párroco por tener a su cargo la cura de almas (el cuidado espiritual de las personas).

El siguiente punto del análisis es que vivimos tiempos llenos de huérfanos virtuales. Aquí los seglares es dónde nos hemos perdido. Padres y madres con carreras profesionales importantísimas, con amigos importantísimos, con descansos importantísimos, con segundas y terceras nupcias importantísimas, con escapadas importantísimas, y con tecnología que le permite atender a todos esos importantísimos temas durante veinticuatro horas al día, trescientos sesentaicinco días al año ininterrumpidamente. Y los niños huérfanos virtuales. Sin un progenitor que le dedique tiempo en cantidad y calidad suficiente. Tiempo inútil, perdido, ineficaz, del analógico, pero lleno de compañía amorosa que es el tiempo que edifica a los hijos.

Indudablemente, en el momento que una persona se ordena o se consagra, acoge la maternidad o paternidad del mundo. Se compromete a cuidar al mundo, al igual que un padre terrenal, para que no les falte lo básico en la vida Espiritual. Alimento, cobijo, estudios, amor, consejo, preparación, acompañamiento, ayuda, etc. son palabras que utilizadas metafóricamente pensando en su equivalente en el plano espiritual, resumen bien los regalos que nos hacen aquellas personas de vocación especial.

Pero los tiempos que vivimos son los de los huérfanos virtuales. Y muchos de los religiosos, contagiados de este posmodernismo individualista, tienen carreras profesionales importantísimas, reuniones importantísimas, cargos importantísimos, responsabilidades importantísimas, economías importantísimas, administración de parroquia, colegio, hospital, convento, lo que sea importantísima. Y se ven obligados a una gestión eficaz del tiempo en la que estar con el hijo espiritual sentado al sillón espiritual viendo la tele espiritual ya no tiene cabida. Todos con twitter, whatsapp, facebook o instagram pero ninguno haciendo acompañamiento espiritual online.

Y al igual que esos padres seglares o alejados (que se replegaron dónde pudieron buscando un rescoldo dónde calentar la ilusión, al notar que el mundo ahí afuera está más frío que nunca), algunos padres y madres espirituales de este mundo apenas pasan tiempo de calidad y cantidad con él.

No están en nuestras vidas, y para cuando queremos intervenir porque nuestro hijo o hija se nos pierde por caminos equivocados, nos mirarán extrañados preguntando ¿Dónde estabas hasta ahora, papá? ¿Ahora me dedicas tiempo, mamá? ¿Ahora vienes? ¿Pero si apenas nos conocemos? ¿Qué tienes tú que ver con mi vida?

Dios mujer.

Porque al principio los creó, a su imagen y semejanza, también Dios es mujer.

Y eso es liberador. Porque hay conversaciones, declaraciones de amor, que salen más naturales si van dirigidas a una Señora.

No se trata de quitar a la Virgen María, que ella ya tiene su propio puesto de oro en el campo de nuestros ruegos y rezos.

Se trata de la libertad de tratar a Dios como madre, como esposa.

Los padres de ahora no son los de antes. Las madres tampoco. Los maridos tampoco. Las esposas tampoco.

Las imágenes bíblicas utilizadas, pueden distorsionar nuestra relación con Dios si proyectamos la figura actual de varón.

¡Qué libertad tratar a Dios como padre y madre! ¡Qué maravillosa sensación para un célibe decir que está casado con Dios, que Dios es su mujer! (al igual que pueden hacer las religiosas). Qué forma más sencilla de comprender la teología del Dios que sufre a nuestro lado y que se desvive por nosotros.

Cada uno pude usar este recurso como quiera. A mí me sirve para poder cantar a viva voz canciones de amor que escucho en la radio y dedicárselas a él, como amor de mi vida con el que estoy viviendo la gran aventura.

Y que maravillosa sensación de cuidado terminar el día diciendo “Buenas noches, mamá”

 

La figura de un padre

Cuando somos niños pequeños, papá es un dios.

Cuando somos niños más grandecitos, papá es un compañero de juegos fantástico.

Cuando somos preadolescentes, papá es alguien que habla de fondo diciendo lo que tengo qeu hacer mientras voy a cien por hora.

Cuando somos adolescentes, papá es alguien con quien me da vergüenza relacionarme ante mis amigos.

Cuando somos jóvenes, papá es alguien que no sabe de nada, pero que me resulta enormemente útil para poder seguir mi ritmo de vida y conseguir lo que quiero.

Cuando somos adultos, papá es enternecedor en la distancia.

Cuando somos muy adultos, papá resulta admirable.

Cuando somos muy muy adultos, no tenemos nada que podamos darle a nuestro padre por todo lo que hizo, nos sobrecoge que alguien haya dado su vida de esta manera por nosotros.

Quizás esto no se cumple de igual manera en todas las personas, pero si en muchas. Da igual. El caso es que a medida que crecemos y aprendemos, nuestro padre cambia. No cambia él, sino la idea que tenemos de él y la relación de  él con nosotros.

Con Dios ocurre algo similar. Espiritualmente vamos quemando etapas, y si te quedas en la anterior estás perdido.

Según crecemos pasamos de un gordito bonachón estilo papa noel, a un peludo con barbas muy cariñoso y bueno, a un amigo fiel, a un revolucionario del amor,  a alguien que tiene mucha más miga  de la que parece, a alguien con quien sufrir…

Y el caso es que llega un momento en el que, si nos dejamos llevar por el ritmo que nos marca y por la imagen de él mismo  que nos presenta (a fin de cuentas todos estos cambios los mueve el mismo Dios), acabamos desembocando en una imagen mucho más madura, cada vez más infinita e inabarcable.

Un Dios muy por encima de nuestras pequeñas cosas de todos los días, pero presente en todas. Un Dios que no nos garantiza el bienestar material, ni la tranquilidad psicológica, ni la integridad física, pero que hace las cosas para bien de los que le aman. Un Dios señor del mundo y del universo, para el que la muerte es una simple anécdota y la lucha entre el bien y el mal, el primer acto de la función.

Conviene no perderse porque son muchos los que se quedan por el camino al ver aparecer un padre “nuevo” en sus vidas y no reconocerlo. Muchos los que se sienten abandonados, o lejanos y simplemente no ven que han crecido, y por lo tanto, la relación con papá hay que volver a trabajársela de nuevo.

Imagen by Cortés en www.periodistadigital.com

Imagen de Cortés en www.religiondigital.com

Yo no soy su padre

Yo no soy su padre.

Yo no soy su madre.

Yo no soy el profesor.

Yo no soy su jefe.

Yo no soy su catequista.

Y tantas y tantas frases como estas que pronunciamos a lo largo de nuestra vida y que, lejos de cualquier tipo de intento de responsabilizar a la víctima, vienen a significar que la otra persona nos importa un bledo.

Porque está claro que detrás de esta frase está la cobardía de no enfrentar a alguien con una acción que le va a perjudicar. Una  cobardía que nos da el beneficio de no tener que complicarnos la vida ni de quedar mal.

¿Y si lo fueras?

Si fueras su padre, madre, profesor, jefe, catequista, etc, harías algo diferente a lo que haces actualmente.

¿Quieres ser perfecto como Dios? Pues espabila, porque resulta que Él si que se ha tomado muy en serio ese papel de padre.

La genuflexión

by jenny818

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Este gesto, que consiste en doblar las rodillas ante la Eucaristía, tiene un origen medieval, en el que el vasallo arrodillado reconocía la superioridad de su señor.

¿Habéis visto alguna vez a un niño de algo más de un año cuando dobla las rodillas ante su padre? Magnífica teología para este gesto.

El niño llega cansado, agotado ante su padre.

Los motivos son diversos: Unas veces no ha conseguido aquello que tanto deseaba. Otras veces aparece frustrado por no poder resolver algo que le tiene desconcertado. A veces, simplemente tiene sueño, viene herido o ya no da para más.

El caso es que camina y cuando se encuentra a pocos pasos de su padre se desmorona, normalmente llorando, e hinca las rodillas y las manos en el suelo. ¡Es increible cómo somos de expresivos con nuestro cuerpo de niños, y cómo lo vamos perdiendo a medida que crecemos!.

Y ahí está su padre, que le puede coger en brazos, consolar, enjugar sus lágrimas, curar, ir y arreglar cualquier problema o simplemente llevarlo a dormir.

Un gesto que traduce la confianza, el cariño, la ternura de la relación entre un hijo y su padre. Amor en estado puro. No me arrodillo por soberanías ni por señoríos. Me arrodillo porque estoy rendido, tu eres mi padre, y pongo en ti todo lo que soy para que me alivies.

He conocido personas que no se arrodillan en la consagración o ante el sagrario para orar y lo hacen porque no creen en un Dios dominador que disfrute con la sumisión. Para todos aquellos a los que el Señorío de Dios en su vida todavía no tenga un hueco, les regalo esta significación del más puro estilo “¡Abba!”, para que puedan volver a disfrutar de la genuflexión sin mayor problema.

¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?

A veces miramos atrás, y parece que nuestra vida antes era más sencilla. Muchos, incluso algunos santos, hablan del fervor que sentíamos por nuestras ideas o utopías cuando éramos más jóvenes, y del anhelo de volver a tenerlo.

A medida que avanza nuestra vida, muchos tenemos la sensación de irnos quedando sólos. Empezamos a apurarnos con nuestras cosas y la vida cada vez se vuelve más complicada. Entonces empezamos a enfadarnos con los que siempre han estado ahí. Con lo agobiados que estamos y estos no se estiran ni un poco para echarnos una mano. ¡No nos damos cuenta que están igual!. ¿Cómo van a ayudarnos si están maldiciendo lo solos que están frente a tanto lío?.

Quizás la clave es que no nos sentimos sólos sino huérfanos. De jóvenes es sencillo tener valor, proponerse utopías, o luchar a brazo partido contra la injusticia dedicando todo nuestro tiempo… porque papá paga las facturas. Existe esa maravillosa sensación de que hagamos lo que hagamos vendrá papá (o mamá) y nos sacará las castañas del fuego. Da igual ser un niño fantástico que un golfo, siempre está papá.

Y luego, sin avisar, llega un día en que te dejan ahí, a la intemperie. Ahora te toca a tí sólo, a ver cómo lo haces. Y nos entra un miedo atroz. De repente nuestra vida es responsabilidad nuestra, y en esta bicicleta, no hay ruedines.

Quizás lo único que nos falte para disfrutar como antaño es simplemente acordarnos de que ahí está papá. Incansable, incondicional, tierno y comprensivo hasta el infinito. Que con su mano generosa, dando igual que no lloremos, vendrá con el biberón justo a la hora que toca. Que esta vida no es más que un parque de juegos dónde nuestro padre nos ha dejado un instante y nos adora con su mirada, mientras nosotros estamos ocupados en el primer juguete que llama nuestra atención.

A ver si va a ser verdad que para entrar en el reino de los cielos hay que ser como niños.

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