liderazgo

Los 10 errores más frecuentes del lider

Cualquier persona que lidere un grupo o que ostente un cargo puede puede caer en una serie de errores que rompen o enrarecen la relación con el catecúmeno. Estas cuestiones son totalmente aplicables a sacerdotes y catequistas respecto a sus fieles o catecúmenos.

Cuanto más veteranos, más posibilidad de caer en estas tentaciones.

  1.      Cuida la forma de hablar de las cuestiones delicadas. No estás en un bar entre amigotes. Estás liderando y lo que digas afecta. No hables del equipo desde la superioridad. No hables mal de nadie, especialmente de alguien del equipo o de los líderes de otros equipos. No hables de nadie sin haber hablado antes con esa persona.
  2.      Cuida la relación. Equilibra la distancia y la cercanía. Apórtasela a todos los miembros del equipo en partes iguales. Que no parezca nunca que haya favoritos (aunque los haya).
  3.      Procura no “dar lecciones”, sino ofrecer ayuda, soluciones y colaboración. ¡escúchale!.   No le pidas que se comporte como si llevara los mismos años que tú en la faena.
  4.     Enséñale a ser ejemplo, empezando por serlo tú mismo pero también corrigiéndole y ayudándole a ver sus errores. Sobre todo no pretendas hacerle… a TU imagen y semejanza.
  5.      Evita “obviarle”. Que participe como cualquiera (es más: hay que exigirle que lo haga).
  6.      “Cualquier tiempo pasado fue mejor…” ¡Pues no! Procura no trasladar pesimismo, desesperanza o escepticismo.
  7.      Enséñale a ser líder. No a mandar, ni a dirigir, ni a tiranizar, ni a creerse especialito, ni a ser gracioso, ni a caer bien, ni a escaquearse, ni a “puentear” al jefe, ni a faltar a las actividade o reuniones (una pista: cada vez que tú lo haces, le enseñas a hacerlo)
  8.      No le disculpes cualquier cosa. Si algo se ha explicado claramente, ya no hay excusas.
  9.      Preocúpate de que le lleguen los correos, los mensajes, avisos… Integra al que tenga tendencia a quedarse fuera y resta protagonismo a los que de manera natural son el centro. Equilibra el equipo.
  10.      No encargues las tareas “que no quiere nadie” (hacer las listas, pasar las reuniones a ordenador, preparar informes, materiales…).

PD. Lo he adaptado de tu documento “tentaciones de los catequistas”. ¡Gracias, Andrés!

 

Dios es el jefe de Recursos Humanos

by familymwr

by familymwr

A veces en nuestras parroquias, grupos, movimientos nos surge un pensamiento: “Con este grupo… ¿Cómo vamos a llegar lejos?”.

Nuestra Iglesia, al igual que de santos, está llena de miserables. Hay egoístas, avaros, lascivos, egocéntricos, déspotas, fundamentalistas, cobardes, idiotas. Es lo que pasa cuando tienes algo lleno de seres humanos, que inevitablemente se llena de los males de la humanidad.

Pero los que dirigen deben tener cuidado con la tentación de organizar las cosas pasando por encima de las personas. Esta tentación también se da en las empresas (pero por lo menos en ellas hay miles de libros y formación de gestión de personal, para que los jefes eviten meter la pata). Es probable que tengas un puzzle perfecto en tu cabeza de dónde debe ir cada uno y haciendo qué… ¿Pero qué opinan ellos? ¿Lo harán motivados? ¿qué sueldo les vas a pagar para que hagan algo a desgana? ¿cuánto tiempo te va a durar el chiringuito?.

No pienses “con estos en mi organización, no podré conseguir nada”. Eso además de poco humilde, tras años de estudio por prestigiosos profesores de empresa se ha demostrado que no funciona. Debes pensar “no podré conseguir nada si estos no se organizan”.

Por varias razones:

Primero, porque no está la cosa como para andar desperdiciando personal. Cuida y mima a todo el que entre por la puerta de tu grupo, parroquia, movimiento… puede ser el último.

Y segundo porque tu no eres nadie, y el jefe de recursos humanos es Dios.

Los jefes gaviota.

by littlefire

by littlefire

Hay un tipo de jefes o superiores que son los jefes gaviota.

Son los que no aparecen hasta que hay algún error, montan un revuelo, lo llenan todo de mierda y se marchan.

Este concepto de management, lo desarrolló Ken Blanchard. La sociedad (incluida la Iglesia) está llena de ellos.

Lo peor de estos jefes, es que al final acaban teniendo a toda la organización mirando hacia arriba para evitar que les caiga el jefe de turno encima y, consecuentemente, el trato al cliente final que está debajo lo descuidan. Las similitudes con las tareas de pastoral son infinitas.

Al final, este tipo de jefes lo que desarrollan alrededor es una cohorte de aduladores que han logrado subir a base de satisfacer las demandas del jefe, y no de realizar bien su trabajo (aunque no lo parezca, muchas veces hacer profesionalmente tu trabajo te puede traer serios disgustos con un jefe gaviota).

Síntomas de ser un jefe gaviota.

– Hace mucho tiempo que pediste disculpas por última vez a un subordinado.

– La gente que te rodea tienen más o menos tu forma de ser y tus ideas.

– Normalmente tus ideas son siempre geniales y últimamente no se te ha ocurrido ninguna estupidez (esto quiere decir que los que te rodean son pelotas, porque si eres humano, una gran parte de tus ocurrencias serán disparates. Que sepas que cuando no estás, el resto e incluso los pelotas se ríen de las estupideces que piensas que no estás cometiendo).

– Menos del 70% de las buenas ideas que llevas a cabo provienen de algún subordinado.

– La gente no viene a contarte las dificultades que están teniendo con su trabajo del día a día.

– Desconoces el estado de ánimo de tu plantilla. O lo que es peor… lo conoces y no haces nada por arreglarlo.

– Tus superiores tienen siempre la razón frente a tus subordinados.

– ¿Se puede saber en que te basas para pensar que tienes más conocimiento sobre la realidad de la organización que cualquiera de tus subordinados? ¿No es eso muy limitado para afirmar que con eso se conoce la realidad de la organización?

El caso es que a todos los que nos dan un carguillo, nos entran unas ganas de comenzar a mover las alas y de pringarlo todo con nuestras cagaditas…craaak craaaak.

Esperando el cambio…¡Sin cambiar!

by sick sad little world

by sick sad little world

Hoy lo hablaba con un compañero del trabajo. Da la sensación de que nos encontramos en una época en la que todos esperamos un cambio, pero seguimos haciendo lo mismo.

Las empresas quieren cambiar de modelo, las escuelas de negocio han desarrollado mil y una innovadoras formas de management, se tienen más conocimientos que nunca sobre motivación, liderazgo, inteligencia emocional, conciliación de la vida familiar y laboral. Pero en las empresas sigue rigiendo el modelo feudal, las bajas por depresión, las estrategias a corto plazo, el vertido de caudales de talento entre tanta burocracia e intereses personales.

La sociedad lleva años adivinando un futuro super, dónde el ciudadano, a través de miles de leyes y reglamentos que bailan al son del color del poder, alcanzará la felicidad plena y conseguirá resolver todos sus problemas, incluso los más íntimos. Las cotas de infelicidad ciudadana, de cuidado de la comunidad, de irresponsabilidad, de fracaso sentimental alcanzan sus niveles más altos en muchos años de historia.

La Iglesia lleva siglos acumulando conocimiento, espiritualidad. Nunca antes tuvo un elenco tan amplio de tesis teológicas para iluminar al que anda en tinieblas. Nunca antes se contaron con tantos medios para estar al lado del necesitado y propagar la verdad de Jesucristo. Pero sigue siendo, en muchos casos, una rancia y burocratizada administradora de sacramentos. Dentro de las puertas de la parroquia, del colegio o de cualquier otra institución eclesial, siempre está el cristiano de turno para impartir doctrina sobre cómo se ha de hacer esto o aquello, pero no hay tiempo para dedicar siquiera una hora a cualquier hermano.  Parecemos taxistas (“si me hicieran caso, esto lo arreglaba yo en un plis”).

Y en esta situación de entretiempos que nos toca vivir, parece que nadie opta por la fórmula de cambiar. No se trata de cambiar por cambiar, sino de quitarnos el miedo a arriesgar, conservando lo cierto del pasado, pero sin que suponga un lastre para lanzarnos al futuro.

La solución a todos los problemas pasa por el cambio, pero del prójimo. Existe un consenso generalizado de que tiempos mejores vendrán, similares a los del pasado. ¿Nadie se ha dado cuenta del estado de aletargamiento que eso supone? ¿Es que no hay ningún guía que nos conduzca a tiempos nuevos, a nuevas formas, a nuevos riesgos?.

Es de una grave estupidez pensar que haciendo prácticamente lo mismo, se van a comenzar a conseguir resultados diferentes. Es gravemente estúpido pensar que no hacer es una estrategia que nos conducirá al éxito y resulta el colmo de la estupidez pensar que son los demás los que tienen que iniciar ese cambio.

¿Estás preparado?

El teorema de Peter

¿Conocen el teorema de Peter?

Es un fenómeno que ocurre con frecuencia en las empresas.

Consiste básicamente en que cuando alguien hace bien su trabajo, tiende a ser ascendido a un puesto. En el caso de que lo haga mal, tiende a permanecer en el mismo. Por lo tanto, en cualquier jerarquía, todo empleado tiene a incrementar su nivel de incompetencia.

Esto se traduce en dos corolarios que son:

a) Con el tiempo, todos los puestos tienden a que los ocupe un empleado incompetente.

b) El trabajo lo realiza un empleado que todavía no ha alcanzado el nivel ideal de incompetencia.

A lo largo de mi corta vida profesional, he visto infinidad de ejemplos de este teorema. Fantásticos vendedores, que eran ascendidos a jefes y que acababan convirtiéndose en unos jefes nefastos, perdiendo la empresa a un gran vendedor y a un jefe competente en una sola decisión.

Para ser jefe, hay que tener vocación y formación. Ambas suelen suponer que normalmente no se tengan muchas ganas de mandar, puesto que se sabe lo que supone ser lider y además se tiene alguna experiencia (responsabilidad, soledad, enfrentamientos).  Desconfien de los que disfrutan en el cargo, o no saben lo que supone ser lider, o no lo están haciendo.

En la Iglesia, como en cualquier otra organización humana y jerárquica, el teorema se despliega con toda su intensidad.

En el clero se ve con mayor facilidad ( misioneros y cercanos sacerdotes que acaban como burócratas acomodados en alguna parroquia del centro de ciudad, carismáticas religiosas que acaban de directoras de colegio) pero a nivel laical también, a poco que observemos con detenimiento (catequistas que acaban en miles de comisiones perdiendo el contacto con los chicos, miembros de comunidad orantes que acaban liados en mil tareas, etc).

Es curioso observar como en casi todos los santos se da la costumbre de huir de cualquier cargo o puesto de relevancia. A lo mejor era por humildad o a lo mejor conocían el teorema de Peter y sabían que lo mejor que podían hacer por el Reino era no ascender en el escalafón.

Algo de razón tendrían. Llegaron a Santos.

Los sobrados

Llevo varios años trabajando y he conocido a muchos jefes, jefecillos y jefazos. También he estudiado y he conocido a catedráticos, profesores y becarios. Con todos siempre se cumple una ley: Da gusto trabajar con “los sobrados” porque no tienen que demostrar nada a nadie.

“Los sobrados” son aquellos que saben más que nadie, con los que cada segundo se convierte en un aprendizaje, y que nunca dejan de sorprendente con giros que tú ni siquiera pensabas, pero que eran fundamentales para que lo emprendido resultara un éxito.

“Los sobrados” no tienen miedo. Sus amplios conocimientos o quizás su caracter les concede el lujo de ser tiernos en la empresa, manifestar en público sus dudas (incluso sobre sus propias capacidades), o comprensivos con el alumno de una manera tan eficaz, que acaba dejando huella.

Son gente que parecen tener una confianza en que todo les va a ir bien, y que esta les hace afrontar las dificultades con sentido del humor, con un sentido constructivo del trabajo, y sobretodo, valorando otras variables como el ser humano por encima de la tarea encomendada.

Últimamente por distintas circunstancias estoy bastante cerca de “sobrados espirituales”. Son gente que es insultada, vajada o simplemente está siendo objeto de burlas o comentarios injustos. Pues resulta que son tan “sobrados” que pese a ello, son capaces de perdonar y preocuparse de quien les está haciendo daño tan injustamente.

Convertir en máxima preocupación la vida de alguien que te hace daño, demuestra realmente estar sobrado espiritualmente.

Me gustaría disfrutar de esas alturas alguna vez en mi vida, por lo menos para saber qué se siente.

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