evangelización

Enriquecer siendo pobre

Cuando uno dice sí a Dios para echarle una mano construyendo el reino, siempre se imagina ayudando a todo el que nos rodea. Dando la vida por ayudar a los necesitados y salvarlos de su situación de dolor, pobreza o angustia.

Pero resulta que Dios es un bromista, y en no pocas ocasiones te quiere a tí como pobre. Y en esas ocasiones, para ayudarle a construir el reino es necesario que seas tu el pobre, el necesitado. Que seas tu mismo el que sufra la injusticia, la marginalidad. Que tu pobreza te duela, o te angustie.

Y esto lo hace porque ya tiene la experiencia. Y por eso mandó al nuestro salvador pobre, necesitado. Porque la gente sólo se deja salvar por un pobre. Sólo un pobre puede generar tanto amor a su alrededor. Sólo un necesitado de amor puede enseñar a amar.

Y esto es otra de las letras pequeñas del contrato que nadie nos explica cuando nos metemos en este lío. Afortunadamente, quien a Dios tiene nada le falta, así que esa pobreza la asumimos con un corazón multimillonario.

Sacad a Jesús a las calles

Sacad a Jesús a las calles. A las plazas. A los centros comerciales.

Que se haga presente allá dónde el hombre respira

Que pueda dar vida a las vidas.

Que conocerte no es un pasatiempo privado

Quiero seguirte para estar en el mundo sin ser del mundo.

Con los aldoquines en mis rodillas y la mirada fija en ti.

La indefensión aprendida

¿Conoces el término la indefensión aprendida?

La indefensión aprendida es cuando has fracasado tantas veces en algo (independientemente del esfuerzo), que te acabas creyendo que, hagas lo que hagas, tus intentos siempre fracasarán.

Llegado este punto, ya sólo queda rendirse, tomar una actitud pasiva, y entrar en una espiral de frustración, depresión, y otro montón de porquerías mentales. Porque lo que fuera (situación, personas, suerte, circunstancias, condicionantes…) lograron romper tus sueños.

Y a los cristianos nos pasa un poco de eso. Hemos intentado tantas veces tantas cosas en un mundo que no acepta ni quiere aceptar nuestro mensaje, que da igual la fuerza que pongamos y da igual cómo lo hagamos. Los resultados siempre serán un rotundo fracaso. Nos pasa con la evangelización, con transmitir a Cristo, con vencer situaciones a fuerza de bien, con la pastoral, con lograr meter un poco del Reino en distintos ambientes. Quizás nos enseñaron que no, que ahí no se puede.

Te invito a que veas el siguiente vídeo. Son cuatro minutos, pero te cambiará la vida. Una vez visto, simplemente intenta de nuevo tener éxito en todos tus fracasos crónicos. Porque los fracasos antes de los intentos sólo son culpa tuya. Y el Señor del Universo quiere activamente que logres muchas de tus metas.

No quieren lo que llevas dentro.

Estamos cansados de oír que tenemos que llevar el Evangelio a los demás.

Día tras día en nuestras reuniones la evangelización es un tema clave.

¿Cómo no vamos a querer dar a conocer a Jesús? ¿Cómo no vamos a presentar a todos esos que vemos a nuestro alrededor con vidas totalmente vacías o viviendo un eterno día de la marmota sin mayores aspiraciones que una casa, un coche y algún capricho?

¿Cómo no vamos a querer presentar a aquel que nos ha salvado la vida en tantas ocasiones?

Y es bien cierto que somos cobardes. Que ya lo hemos intentado mil veces y nunca cogimos el valor de hacer la presentación. Como cuando éramos pequeños, no presentamos a nuestro amigo porque nos pueden marginar por ello.

Porque detrás de este miedo hay una verdad inmutable. No quieren lo que llevas dentro. Lo desprecian.

No se permite que ningún gran científico, ni ningún gran hombre de negocios, ni ningún gran _________ (pon en la línea cualquier capacidad interesante) sea un fervoroso devoto que vaya por ahí hablando de Jesús, del Amor o del Espíritu.

Al propio Jesús le perseguían porque curaba. Cuando le conocieron a Él en su totalidad, con la cruz que conlleva, todos se marcharon.

¿Y qué hacemos entonces con un mundo que no quiere esto tan grandioso que llevamos dentro?

Lo primero no hacerle mucho caso en adelante. Mejor no seguir las directrices de una sociedad que ya te ha demostrado el poco gusto que tiene a la hora de elegir lo realmente bueno.

Lo segundo: Si no tienes éxito como hombre anuncio…

… convierte tu vida en un escaparate.

Una sociedad de hijos únicos

by bengrey

by bengrey

Para muchos, hoy los hijos suponen una carga. Una carga económica, de tiempo, de atención, de esfuerzo físico. Una carga incómoda. Agradable pero incómoda.

Si miráramos la historia de la humanidad como si hubiera durado un día, esta tendencia está durando menos del último segundo del día. Antes, los hijos siempre fueron una bendición, ya no tanto por su existencia, sino porque en ellos estaba la viabilidad económica de la familia, entre ellos se repartía el esfuerzo, hacían la vida más cómoda. Paradójicamente antes había que tener hijos para ganar lo que hoy nos “roban”.

El caso es que, por primera vez en la historia de la humanidad, nos enfrentamos en occidente (y en oriente con las políticas dictatoriales de hijo único) a un mundo lleno de hijos únicos. Un mundo en el que sus futuros líderes pensarán como hijos únicos y darán soluciones de hijos únicos a los problemas de una humanidad formada por hijos únicos.

Según los estudios de psicología, si no se educa bien a estos hijos se puede caer en las siguientes “patologías”:

– Si se les presta demasiada atención, pueden acabar siendo miedosos, con temor a vivir experiencias nuevas, y excesivamente preocupados por su salud y por su seguridad.

– Si le ponemos por las nubes continuamente, puede acabar siendo engreído, egocéntrico o consentido.

– Si no prestamos especial atención, puede pasar demasiado rápido a la edad adulta, sin haber compartido tiempo ni juegos con otros niños. Le costará pensar en equipo, en los intereses colectivos.

– Si no tiene peleas y discusiones con sus hermanos o con otros niños sin la sobreprotección de sus padres, pueden tener más dificultad para madurar emocionalmente.

También tiene sus puntos positivos. Pueden resultar más creativos, generosos, con mayor desarrollo lingüístico y con mayor autoestima.

Ahora, jugando a profeta, vaticino en breve una sociedad miedosa y creativa, egocéntrica (que no egoísta) pero generosa, individualista pero con muchas competencias y habilidades. Con gran autoestima, pero inmadura.

¿Cómo lo ven?

 

Nota estadística
Los porcentajes de mujeres que poseen un solo hijo se han duplicado en los últimos veinte años, alcanzando en muchos países industrializados a una de cada cuatro familias. Este crecimiento es acelerado y se prevé que dentro de pocos años igualará al número de familias con dos o más hijos.
Las Naciones Unidas predicen que existirán unos 10.000 millones de personas en el año 2050. Para mantener estable la población de un país se necesita que cada mujer tenga, al menos, una media de 2,1 hijos. En Norteamérica el índice es de 1,99 mientras que España resulta ser el país industrializado con menor proporción: tan sólo 1,15. Paradójicamente otros países con muchos menos recursos como Yemen se encuentran con una relación de 7,60 hijos por cada mujer.

 

Dios en las calles

El 24 de noviembre de 2004, el Papa Juan Pablo II bendijo seis custodias para ser utilizadas en el Año de la Eucaristía para que las personas rezaran por las vocaciones sacerdotales y la vida sacramental. Uno de ellos terminó en la Ciudad de Nueva York.

A continuación os pongo un trailer del documental que muestra la procesión de la Eucaristía por las calles de la ciudad.

Simplemente quería que vieras con tus ojos la lucha que discurre en muchos de nuestros corazones.

El ruido, la eficacia, la rapidez, las prisas, la soledad vivida entre masas, lo cotidiano, lo gris, el día a día.

Y frente a ello, un Jesús al que casi no le damos oportunidad de salir a nuestro encuentro. Que hemos reservado para nuestra esfera privada en vez de proclamarlo en calles y plazas.

Un Jesús poderoso. Que en el silencio, triunfa por su autenticidad y su verdad frente a tantos anuncios callejeros.

Es la hora de que saques a Jesús a iluminar las calles de tu vida.

La ley del embudo.

by Funk15

by Funk15

Cualquier cuestión de atraer a personas a determinado movimiento, pensamiento o simplemente cualquier actividad, funciona igual que un embudo.

En un extremo, tenemos la parte más estrecha que es la que más interés nos despierta a los promotores de la actividad. Es el meollo de la cuestión. En una empresa sería conseguir que compre o que compre mucho. En una ONG, la incorporación a la misma como voluntario o una donación. En la Iglesia, la adhesión plena a Cristo.

En el otro extremo, la parte más amplia del embudo, se encuentran aquellos temas en los que la adhesión es superficial, es decir, son actividades que a los promotores no nos interesan directamente, pero que si que despiertan interés a un público generalizado. En la Iglesia serían esas actividades que quizás no son especialmente espirituales, pero que gustan a gran cantidad de gente.

Es como cuando una marca de coches patrocina un partido de tenis. Obviamente no gana nada con esto, pero llama la atención sobre sí mismo a posibles clientes.

En la Iglesia, deberíamos cuidar mucho la parte ancha del embudo por dos razones principales.

  • La primera, es sencilla. Todos hemos pasado por ahí, y todos los que quieran seguir a Dios pasarán igualmente. Imagino que a Dios le será más sencillo contactar con la persona implicada en una actividad de Iglesia con gente de Iglesia que en una Discoteca (aunque como es todopoderoso, hará lo que le da la gana, claro).
  • La segunda, es porque si en esta parte no hay nadie, al final del embudo que es la parte que nos interesa, tampoco habrá nadie.

En estos tiempos, cuando el mundo parece que nos da un portazo en las narices, muchos dentro de la Iglesia tienen la reacción de cerrar el embudo. Algo así como si, ofendidos, abandonaran la comunicación con aquellos que no están especialmente interesados en lo que ofrecemos, para centrarse en los que ya tienen dentro.

Esto, además de antievangélico (¿se acuerdan de la oveja perdida?) es una idiotez. No es lo mismo ser pescador de hombres que cuidar la pecera.

El Evangelizador Egocéntrico

Soy un egocéntrico. Lo se. Siempre lo he sido.

Esto es malo, pero me ha servido para algo: se reconocer a otros egocéntricos.

Y háganme caso, la Iglesia está llena de ellos. Afortunadamente menos que en mi oficina.

Millones de evangelizadores predican con la ilusión de deslumbrar. De hacer aún más grande su autoconcepto. Conozco algún padre “Yo y yo mismo” cuyas homilías sólo hablan de él. Parecen decir ¡Eh!¡Mirad que bueno soy!. A lo mejor hablan de Dios, inspiran, sirven al reino, pero por dentro están regocijándose en el éxito.

Pero quien vive la misión de esta forma acaba encontrándose con la misma angustia que la de los artistas. Cuando los vientos no son favorables ¿Cómo continuar con la misión sabiendo que, probablemente, tu mayor éxito pertenece al pasado? ¿De dónde sacar la motivación necesaria para tirar adelante cuando has disfrutado de la recogida de la cosecha tras la siembra?.

La clave está en darle a Dios la responsabilidad del éxito o del fracaso. Pero de verdad, no en bonitas dedicatorias. El dirige, tu simplemente dedícate a hacer lo que te toque. El éxito o el fracaso vendrán por añadidura.

A continuación muestro un vídeo sencillamente fantástico para reflexionar sobre este tema. Está dividido en dos partes y, aunque no habla explícitamente de la evangelización, cualquiera que haya pasado por lo que digo lo aplicará a su vida pastoral sin problemas.

¿Por qué buscáis entre los muertos?

Es inútil. Por más que lo he intentado, nunca he encontrado en mis estudios o en mi profesión a Dios.

Lo he encontrado en mis ratos de estudio, en detalles aquí y allá, en relaciones con compañeros. Pero en la substancia no. Jamás encontré a Dios en un libro o en un sobresaliente.

Detras de todos mis esfuerzos por destacar académica o profesionalmente nunca he logrado encontrar a Dios allí. Lo que si encontré fueron toneladas y toneladas de miedos y egos.

Uno piensa que si es el mejor en algo, o por lo menos alguien respetado, respetarán mucho más el mensaje. Y vuelve a caer en la gran tentación de pensar que para que Dios te elija tienes que merecerlo. También hay algo de soberbia, porque igualmente si uno es respetado o admirado en realidad se está creando un parapeto social dónde la persecución y la soledad del cristiano apenas causan dolor.

No quiero decir que haya que fracasar para poder cumplir la voluntad de Dios. Digo que este mundo tiene unas reglas, y que un fiel seguidor de Cristo, no debería dedicar muchos esfuerzos a cumplirlas, porque a la fuerza descuidará su vocación. Nos movemos entre San Escrivá de Balaguer con su apuesta por la formación y la santidad en el mundo, y San Francisco de Asís, que les prohibía a sus monjes que estudiaran porque el conocimiento engreía (ambos santos y con razones para sus argumentos).

El caso es que miles de veces nos vemos intentando meter a Dios con calzador en sitios en los que ni se le respeta, ni se le tiene alguna consideración. Nos vemos bailando al son de incrédulos para entrar en círculos sociales dónde Dios no pinta nada. Hablamos de Dios tímidamente, no sea que un rechazo frontal rompa toda la evangelización que queremos realizar.

Muchas veces creemos que haciéndonos fotocopias del mundo, podremos meter a Dios desde dentro, y el mundo acaba siendo más fuerte que nosotros y nos acaba por corromper. Muchas veces transigimos con injusticias a fin de no vernos apartados y de dejar de realizar nuestra obra.

Muchas veces, buscamos a Dios entre los muertos.

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