Crecimiento Espiritual

La vida, al derecho

Si cogemos la historia de Hitler y la ponemos al revés, trata de un señor que nació en medio de un incendio, resucitó a miles de judíos, se presentó a unas elecciones democráticas y murió siendo un tierno bebé.

En los extremos de su historia, uno es terrible, y el otro hermoso.

Si cogemos la historia de la Bella y la bestia, y la ponemos al revés, la cosa va de un hermoso príncipe, que se vuelve peludo y lo acaban abandonando sólo en un castillos.

Extremos terrible y hermoso.

La diferencia es dónde empieza y acaba. Si empieza en el horrible y acaba en el hermoso o al revés.

¿Y esta tontería a qué viene?

Porque me pareció un buen método para calibrar nuestra vida. ¿El punto de ahora es mejor o peor que el inicial? Para contar nuestra historia como buena ¿Habría que contarla al derecho o al revés?

las etapas del crecimiento espiritual

Muchas veces, entre reuniones, formación, convivencias y todo tipo de actividades nos olvidamos de una verdad inherente a nuestra vida de fe: Que hacemos todo lo que hacemos porque nuestro objetivo es crecer espiritualmente.

Y resulta que en esta vida de espiritualidad que comenzamos hace tiempo tenemos, al igual que en nuestra vida, diferentes edades.

Y, al igual que en nuestra vida, cada edad tiene su cosa.

Lo siguiente está tomado de la fundación gratisdate.org.

Está copiado literalmente, porque lo encontré tan bien explicadito que todo lo que yo añadiera lo iba a estropear.

El cristiano niño

El que aún es niño en Cristo es, pues, un cristiano principiante y carnal. Vive más a lo humano que a lo cristiano; es decir, sus movimientos espontáneos proceden del alma humana, y todavía experimenta en sí mismo la acción del Espíritu Santo como la de un principio extrínseco y en cierto modo violento. Ya en los capítulos sobre la santidad y sobre la perfección hemos tratado de estos temas. Ahora lo haremos brevemente para relacionar distintos aspectos considerados en diversos capítulos.

El cristiano niño y carnal tiene virtudes iniciales y una caridad imperfecta, y por eso vive más el Evangelio como un temor que como un amor. Trata de cumplir las leyes, pero como apenas posee su espíritu, le pesan, y experimenta la vida cristiana sobre todo como un gran sistema de obligaciones de conciencia. Sus oraciones, escasas y laboriosas, son activas -vocales, meditativas etc.-,y en ellas apenas logra conciencia de estar con Dios. Después, en la vida ordinaria, vive normalmente sin acordarse de la presencia del Señor.

El cristiano niño, todavía carnal, tiene tendencias contrarias al Espíritu, a veces fuertes, y lucha contra el pecado mortal -de otros pecados menores no hace mucho caso-. No tiene apenas celo apostólico, ni está en situación de ejercitarlo. Siente filias y fobias, sufre un considerable desorden interior, carece de un discernimiento fácil y seguro, y como está empeñado en duras luchas personales -fase purificativa- experimenta la vida en Cristo como algo duro y fatigoso. Todo ello le fuerza a ejercitar sus virtudes, en ocasiones, con actos intensos. Y así va creciendo en la gracia divina -va creciendo, por supuesto, si es fiel-.

Algunos cristianos hay que son crónicamente niños, no crecen, son como niños anormales. No pasan bien la crisis de la adolescencia, no llegan a esa segunda conversión que está en el paso de principiantes -vida purificativa- a adelantados -vida iluminativa-. Abusan de la gracia divina, descuidan la fidelidad en las cosas pequeñas, dejan bastante la oración y los sacramentos, no entran en la verdadera abnegación de sí mismos, no acaban de tomar la cruz de Cristo para seguirle cada día. Son, como dice Garrigou-Lagrange, almas retardadas (Las tres edades, p.II, cp.20).

El cristiano joven

Es joven en Cristo el cristiano adelantado (los términos antiguos de aprovechado o proficiente hoy no se entienden bien). Este tiene ya virtudes bastante fuertes, frecuentemente asistidas por los dones del Espíritu Santo. Lucha sinceramente contra el pecado venial, cumple la ley con relativa facilidad, va cobrando fuerza apostólica, su oración viene a tener modos semipasivos -vía iluminativa-, y suele estar bastante viva durante la vida ordinaria. Al tener en buena parte «la casa sosegada», al haber superado los apegos y desórdenes internos de mayor fuerza, va viviendo a Cristo con mucha más libertad espiritual y más alegría.

De entre las personas de vida cristiana verdadera, no son pocas las que llegan a esta edad espiritual. Santa Teresa dice: «Conozco muchas almas que llegan aquí; y que pasen de aquí, como han de pasar, son tan pocas que me da vergüenza decirlo» (Vida 15,5).

El cristiano adulto

Adulto en Cristo, es decir, cristiano espiritual y perfecto, puede llamarse a aquél que, con la gracia de Dios, ha ido hasta el final por el camino de la perfección evangélica. Este se ve habitualmente iluminado y movido por el Espíritu Santo. Cuando piensa en fe y actúa en caridad, es decir, cuando vive cristianamente, obra ya espontáneamente, desde sí mismo, o mejor, desde el Espíritu de Jesús, que ahora experimenta en sí como su principio vital intrínseco. Acrecido el amor de la caridad, quedó ya fuera de él el temor.

Este cristiano adulto está ahora sobre la ley, y es el que mejor la cumple. Está libre del mundo y de sí mismo, en perfecta abnegación, y vive habitualmente en Dios, con Dios, desde Dios y para Dios. Ahora es cuando se ha hecho plena su unión con Dios -fase unitiva-, y cuando sus virtudes son constantemente asistidas y perfeccionadas por los dones del Espíritu Santo. Es ahora cuando el cristiano, libre de apegos, de pecados, de filias y de fobias, configurado a Cristo paciente y glorioso, alcanza ante el Padre su plena identidad filial, entra de lleno en la alta contemplación mística y pasiva, y se hace radiante y eficaz en la actividad apostólica.

Lo interesante de todo esto, son las conclusiones que podemos sacar para nuestro día a día.

Edad biológica y edad espiritual, obviamente, no se corresponden de modo necesario. Hay niños, espiritualmente precoces, que son adultos en Cristo, y hay adultos que en las cosas espirituales son aún niños, carnales, sin uso de fe apenas, y que viven a lo humano.

Los esquemas propuestos deben ser interpretados con gran flexibilidad. Señalan las fases ordinarias del crecimiento espiritual, pero la vida de la gracia está siempre abierta a lo extraordinario, a las posibles intervenciones del Espíritu, que «sopla donde quiere» (Jn 3,8). Los mismos maestros que han descrito el crecimiento espiritual en forma sistemática, avisan que no se interpreten sus esquemas en forma rígida. Santa Teresa, por ejemplo, al señalar las fases de la oración, advierte: «No hay alma en este camino tan gigante que no haya menester muchas veces de tornar a ser niño y a mamar -y esto jamás se olvide, quizá lo diré más veces, pues importa mucho-, porque no hay estado de oración tan subido, que muchas veces no sea necesario tornar al principio» (Vida 13,15).

Es posible, sin embargo, conocer y describir las etapas normales del camino espiritual. Dice Santo Tomás, ya lo vimos, que así como es posible caracterizar la psicología del niño, del adolescente o del adulto, así también las fases del crecimiento en el Espíritu «se distinguen según las diversas ocupaciones a las que el hombre se va dedicando según el crecimiento de la caridad» (STh II-II,24,9).

Es muy conveniente conocer bien las edades espirituales, la fisonomía peculiar que las distingue, y las formas de vida espiritual que a cada una le favorece o perjudica. El conocimiento de las edades espirituales ayuda mucho a establecer esa synergía entre la acción del Espíritu y la actividad del cristiano, que en esta doctrina aprende «este saberse dejar llevar por Dios», que dice San Juan de la Cruz (Subida, prólogo 4).

((La ignorancia de las edades espirituales produce graves males tanto en la dirección espiritual como en la acción pastoral. Muchos errores cometidos con principiantes-niños-carnales -como, por ejemplo, sustraerlos a obediencia y ley, convenciéndoles de que ya son adultos; sumergirlos en ratos muy largos de oración meditativa; mandarlos a hacer apostolado antes de tiempo, etc.-, proceden en buena parte de que se ignoran los caminos del Espíritu. Verdades elementales, como que la fase purificativa -la lucha frontal contra pecados y apegos- ha de ser el empeño primero y principal de todo principiante, son alegremente ignoradas por muchos, como si las cosas no fueran como son, sino como ellos preferirían que fuesen. Y aún mayores errores se cometen con los adelantados, y sobre todo con los perfectos, de cuya vida espiritual apenas suele tenerse ciencia ni experiencia. Ahora bien, las almas que se guían mal o que son mal conducidas, porque no se entienden ni hallan quien las entienda bien, o no llegan a perfección, o si llegan, «llegan muy más tarde y con más trabajo, y con menos merecimiento, por no haberse acomodado ellas a Dios» (Subida, prólogo 3).))

La mayoría de los cristianos son como niños en Cristo, son principiantes, carnales, que aún viven habitualmente a lo humano. Todos los maestros espirituales nos enseñan, fundados en la fe y en la experiencia, que son muy pocos los cristianos que en esta vida llegan a la edad adulta en Cristo, como perfectos y espirituales (+Vida 15,5; 1 Noche 8,1; 11,4; 2 Noche 20,5).

((Muchos, sin embargo, contra doctrina y contra experiencia, hablan y obran como si la mayoría de los cristianos fueran adultos. Así, rechazan el magisterio apostólico, la disciplina eclesial, la guía de la autoridad pastoral, alegando: «Ya somos adultos». Y así, cuando consideran, por ejemplo, la esterilidad de una Iglesia local -supuesto que tengan lucidez para reconocerla-, buscan la solución primero de todo en mejoras organizativas, económicas, metodológicas, pero no advierten que sin conversión y mayor santidad los problemas eclesiales no tienen solución. Parecen, pues, ignorar que la vida cristiana de una Iglesia particular en la que la mayoría de los laicos, sacerdotes, teólogos y religiosos son como niños, son carnales, y viven a lo humano, es una vida necesariamente mediocre, sumamente deficiente, llena de errores, disensiones, fragilidades morales, engaños e ilusiones, desorden y contradicciones, agitación y actividades vanas. Y es que los niños, inevitablemente -a no ser que se sujeten a obediencia- piensan como niños, sienten como niños y obran como niños.

Por otra parte el problema se agrava en cuanto que esos sacerdotes, laicos y teólogos, que espiritualmente son como niños, suelen tener conciencia psicológica de adultos: ellos discurren, alegan, escriben, organizan, celebran reuniones, a veces con una admirable planificación… ¿No prueba todo esto que son cristianos adultos?… No, no lo prueba. San Pablo se atrevía a decir a los corintios: «Yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche, no os di comida porque aun no la admitíais. Y ni aun ahora la admitís, porque sois todavía carnales. Si, pues, hay entre vosotros envidia y discordias, ¿no prueba esto que sois carnales y vivís a lo humano?» (1 Cor 3,1-3)…

La Iglesia ha de formar para Dios hijos santos, plenamente adultos en Cristo. Para eso el Padre la ha enriquecido en el Espíritu de Jesús con toda clase de gracias, palabras, sacramentos y dones. Esa es su misión entre los hombres, su vocación irrenunciable. Una Iglesia que ya no aspira a florecer en santos, y que no pone los medios para lograrlos, traiciona lo más profundo de sí misma. Por eso si una familia, un movimiento, una diócesis, no florecen suficientemente en santos, si sólo producen cristianos carnales, crónicamente infantiles, hay que deducir que tienen un Evangelio deficiente o falseado, y que -quizá para continuar siendo numerosos- se contentan con un cristianismo desvirtuado, vivido a lo humano, es decir, habitualmente resistente al Espíritu Santo.

La Iglesia de Cristo ha recibido de lo alto misión para hacer de los hombres adámicos, hombres nuevos, es decir, cristianos, y tiene en Dios fuerza para fomentar el crecimiento de éstos, desde niños hasta adultos, de modo que lleguen a ser «varones perfectos, a la medida de la plenitud de Cristo» (Ef 4,13).

A su manera

Llega un momento en toda vida cristiana con algo de fundamento, en que lo difícil no es hacer lo que Dios nos pide.

Hemos alcanzado un nivel adecuado de buenismo, y ya tenemos nuestros horarios y nuestra vida organizadas de tal manera que la Eucaristía, los sacramentos e incluso nuestras buenas obras ya están programadas. Los sacerdotes o religiosos y religiosas mucho más programado y más fácil.

Pero lo que parece un piloto automático hacia la salvación, no es más que el primer peldaño de una escalera inacabable hasta la muerte.

Llega el momento en que no es suficiente hacerlo. Sino hacerlo a su manera.

Hacer lo mismo, pero con otro cariño, con otra obediencia. En otro lugar. Con otra gente. En otro momento. Con otro talante.

Llega el momento en que para crecer como cristianos, no basta saber lo que hay que hacer. Hay que hacerlo a su manera.

 

 

Cuando sobrevivir te mata

Vivimos tiempos convulsos. Quizás lo fueron siempre.

A menudo parece que debes renunciar a una parte de ti para poder seguir caminando.

A veces es positivo, porque te ves obligado a superarte a ti mismo, a sacrificarte más, a llegar más lejos.

Pero muchas veces la lucha es contra lo mejor de ti mismo. A veces parece que los buenos no sobrevivirán. Que es necesario caer en la maldad, en el daño o en la mentira, porque si no se acabará tu historia.

Y ante esto cabe plantearse dos cosas.

La primera es ¿Qué ocurrió en el pasado? Siempre han existido estos dilemas. Desde muy pequeños en el colegio. Vividos incluso con mayor intensidad que ahora. Siempre los buenos no iban a llegar muy lejos. ¿Qué ocurrió con los buenos de antaño? ¿Qué ocurrió contigo cuando fuistes bueno?. Posiblemente luego resultó que el mundo no era tal y como pensábamos y que los buenos, tanto si sobrevivieron o no, quizás fueron los ganadores de la prueba.

La otra cosa, es ¿para qué? ¿Para qué sobrevivir si no puedes ser tú mismo? ¿Para qué vivir en un mundo en el que estás obligado a ser la peor versión de ti mismo? Aunque te acabes acostumbrando, sobrevivir así no tiene mucho valor.De que te sirve avanzar si te vas perdiendo a trocitos por el camino

Ten fe. Dios te hizo para que llegaras lejos. Quizás no a los ojos de los hombres, quizás no brillando, pero si que te dió alas para volar lejos y alcanzar alturas impensables para el resto de los mortales.

Para qué sobrevivir si luego pierdes la vida. ¿De qué te sirve ganar el mundo si te pierdes a tí mismo?

Si se trata de brillar, que sea para alumbrar. Si se trata de seguir, mira el sol, vuelve a salir, y acaso ¿alguna vez no ha sido así?

Agujetas espirituales

Hoy vamos a tratar las agujetas espirituales ayudándonos de la wikipedia en su definición de agujeta.

¿Qué es una agujeta?

Las agujetas (nombre médico: mialgia diferida) es el nombre coloquial de un dolor muscular llamado dolor muscular de aparición tardía (DMAT) o dolor muscular postesfuerzo de aparición tardía (DOMPAT), en inglés DOMS (delayed onset muscular soreness) acompañado de una inflamación muscular

Algo que duele y que aparece después de un esfuerzo. ¿Cuáles son nuestros esfuerzos espirituales? La paciencia, la tolerancia, la persecución, etc. En resumen: la cruz. En nuestra vida son miles las situaciones que nos ponen a prueba la fe. A medida que avanzamos lejos de hacerse más fácil, parece que el listón sube más alto cada vez.

Acciones de la fe que nos llenan de un dolor intenso, pero que inflaman nuestro músculo más valioso: el corazón.

¿Cómo prevenir las agujetas?

No existe un método claro para prevenir y tratar las agujetas a pesar de las numerosas investigaciones. Sin embargo, se ha demostrado que los estiramientos musculares previos a la realización del ejercicio, así como posteriores, disminuyen la intensidad del dolor.

Espiritualmente, estiramos nuestros músculos en los distintos actos de fe que realizamos cada día. Amar en lo pequeño nos permite prepararnos para cuando la exigencia del amor nos desborde.

¿Qué hacemos cuando nos duela?

Uno de los métodos más empleados en la medicina deportiva es el masajemuscular.

Espiritualmente masajeamos nuestra alma con la oración y los sacramentos. Con la eucaristía, la confesión y la oración dejamos que las manos de Dios nos toquen fuerte para sanarnos.

Las tres tentaciones de la vida.

La tentación es como algo a lo que estamos atados con una goma elástica. Si aparece una tentación, es porque lo estás haciendo bien. Cuando no aparecen es porque estamos cayendo en todas y no nos enteramos.

Cuando uno opta por ser como tiene que ser un cristiano, no le queda otra que afrontar tres tentaciones que le van a acompañar el resto de su vida. Todas las tentaciones se resumen en una: no merece la pena tanto esfuerzo para algo que no sabes si existe.

Jesús igualmente fue tentado de estas tres. Tal y como recoge la escritura, el diablo le tienta con:

Transformar las piedras en pan. Cuando uno lleva a rajatabla el Evangelio, difícilmente estará rodeado de seguridades. Normalmente, si seguimos a Dios no hay paracaídas, ni plan b. Dios, en su pedagogía, cuanto más avanzamos, más desnudos nos quiere. Tener garantizado el pan es la gran preocupación de un mundo que basa su existencia en no pasar necesidad. Es la gran tentación de alguien que vive la locura de un Evangelio que nos pide confianza ciega. Como hemos comprobado en numerosas ocasiones, no es la falta de necesidad lo que nos da la felicidad. Tener a Dios es lo que colma. Los que vivimos en entornos religiosos, tenemos que tener cuidado no sea que en estos estemos encontrando la garantía a nuestro futuro. Porque si seguir a Dios nos garantiza un puesto de trabajo… ¿Qué mérito tendría?

Que se tire de lo alto y Dios lo salve. ¿Para qué? Para que le quede claro a todo el mundo que El es superJesús, y que tiene power. Es la tentación de ser bueno pero con autoridad, con admiración. La realidad cristiana es una realidad mucho menos ostentosa. Normalmente hacemos el bien sin focos y sin palmadas en la espalda. No hay aplausos, ni portadas en revistas. Ni siquiera los beneficiarios de nuestras buenas obras suelen acordarse de ellas cuando pasa algún tiempo. Hacemos el bien, pero la galería no lo nota, porque si no… ¿Qué mérito tendría?

Que se convierta en el dueño de todo si lo adora. Todos los días comprobamos en nuestro trabajo, en nuestro entorno, en los periódicos, cómo los que rindieron sus principios al príncipe de las tinieblas disfrutan de los bienes de este mundo. Los cristianos de pura cepa pasamos por el mundo como atolondrados que no aprovechan la oportunidad de llevarse el premio cediendo un poco en nuestros principios. Aunque para algunos seamos dignos de admiración, para los más embrutecidos somos simplemente idiotas utópicos que por no espabilarse, están como están. Porque si hacer las cosas al estilo de Dios no supusiera perder ventaja ante los tramposos… ¿Qué mérito tendría?

Y estas tres tentaciones nos acompañarán clavándose como aguijones en nuestra inteligencia hasta el mismo día de nuestra muerte. Porque no queremos sufrir, y todavía somos tan débiles que nos duele la renuncia porque no nos hemos enamorado del premio final.

Porque hay un premio. Durante el camino y al final, hay un premio. Que siendo el más grande del mundo, ni nos garantiza seguridades, ni nos ofrece garantías terrenales, ni nos facilitará lo más mínimo el paso por esta tierra. Porque si no… ¿qué mérito tendría?

 

Divide y vencerás

Si sufres por Cristo, aplícate este principio y soportarás mejor la situación.

No sufrimos todo el tiempo. Cualquier situación dolorosa es susceptible de dividirla entre días buenos y días malos. Entre horas buenas y horas malas. Entre minutos buenos y minutos malos. Entre segundos buenos y segundos malos.

No se sufre durante todos los segundos del día la muerte de un ser querido, un matrimonio infeliz, una situación de abuso, una lucha contra la enfermedad o los problemas laborales.

Seguramente hay momentos terribles, pero estos tienen a expandirse en nuestra mente y a ocupar horas, días, semanas o años. Algunos dicen de un acontecimiento  doloroso “fueron unos meses horribles” cuando fueron diez o quince días, repartidos a intervalos de dos o tres días sin que ocurriera nada. Y dentro de esos días, cuando se dormía no se sufría, y cuando se estaba despierto no todo el tiempo. Al final, unas pocas horas repartidas durante unos meses.

Hay que ser consciente que el sufrimiento viene por momentos. Y que soportarlo sólo supone aguantar un momento más. Que el sufrimiento previo y después del momento clave lo creamos nosotros en nuestra cabeza con nuestros miedos o con nuestras desesperaciones.

Disfruta de los momentos de paz y soporta la prueba sabiendo que sólo consiste en unos instantes. Duros, pero breves. Concentra tus fuerzas para un embiste breve, porque sabes que antes de que venga otro tendrás descanso.

Y que Dios te acompañe.

Crear el hábito.

Hay algunos autores que sostienen que se necesitan 48 días para adquirir un hábito. Un reciente estudio británico sostiene que 66.

Está demostrado que para determinadas costumbres relacionadas con el ejercicio físico se tarda más que para, por ejemplo, coger el hábito de tomar una pieza de fruta al día.

El caso es que los hábitos son la gran ayuda para vencer nuestros apetitos y alcanzar nuestras metas.

Los cristianos pasamos mucho tiempo de nuestras vidas intentando enmendar las torcidas tendencias de alguno de nuestros apetitos. Queremos hacer oración todos los días, mejorar nuestra agresividad, no decir mentiras… todo un programa de perfeccionamiento en Cristo de por vida.

Según Leo Babauta (creador de títulos como “zen habits”), la clave para triunfar no es la de marcarse muchas metas, sino focalizar nuestra energía en aquello que querramos mejorar.

Tenemos mil defectos, y probáblemente Dios nos pida cambiarlos todos, pero conviene hacerlo inteligentemente para no fracasar.

Toma uno, el más importante. Y céntrate en él los próximos 48 días (o 66). Si logras triunfar, habrás creado el hábito, por lo que hacerlo bien en ese campo te supondrá un esfuerzo mil veces menor en adelante. Entonces ya es el momento de emprender otro cambio.

Poco a poco irás eliminando tus hábitos negativos. Y serás libre.

Mucho más libre para hacer el bien y cumplir la voluntad de Dios en tí.

Si encuentras a Buda, ¡mátalo!

By Callum Black

By Callum Black

Hace bastante tiempo que leí un koan en el que un maestro (budista, por supuesto) aconsejaba a su discípulo el siguiente consejo para alcanzar la iluminación: “Si encuentras a Buda, ¡mátalo!.

Me sorprendió enormemente porque me parecía un sinsentido, pero más tarde encontré la explicación.

El crecimiento espiritual, como la vida misma, está contínuamente en movimiento. No cesa. Es como un río embravecido en el que la estabilidad es imposible. Sólo se puede ir contracorriente, o a favor de ella

Existe, en todo ser humano, un anhelo de estabilidad que puede perturbar enormemente ese crecimiento espiritual. Soñamos llegar a la meta para descansar, aunque la realidad es que el descanso sólo llega en el momento de nuestra muerte.

Algo parecido ocurre con nuestra vida / vocación.

Conozco personas que escucharon una llamada de Dios a la familia, otras que la escucharon hacia los pobres, otros a vocaciones consagradas o a realizar determinadas tareas por el reino… La experiencia sencillamente maravillosa ¡Y se quedaron allí!.

Dios les había conducido durante toda su vida por los mejores campos, pero encontraron uno dónde se sentían tan a gusto que desearon permanecer el resto de sus vidas, así que decidieron, desde ese encuentro, prescindir de los servicios de un guía tan fabuloso. ¡Encontraron a Buda!. Consagraron su descubrimiento como un ídolo y decidieron adorarlo el resto de sus vidas.

El caso es que la vocación, si se alcanza, se pudre. No se dieron cuenta que la felicidad que vivieron, venía del abandono y del seguimiento entregado al mejor guía que podían tener, no del sitio, la tarea o la misión encomendada. El sitio perfecto, ha de ser tomado siempre como una zona más de ese río en el  que, si estás guiado por Dios y no encuentra resistencias en tí, finalizará en el mejor  viaje que podías haber hecho. ¿Qué más podías esperar? ¿Vivir eternamente?

A mi por lo menos, me hacen falta unos cuantos asesinos en serie. ¿y a tí?

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