Lo que te estás perdiendo por no ser cristiano.

Amigo, esto es todo lo que puedo contarte de lo que a mí me ha regalado ser cristiano.

No hay mucho más, pero no hay nada tan grande como esto para dejarse la vida.

He descubierto que existe una felicidad auténtica y plena. Una felicidad fuera de espejismos o modas momentáneas, que no se agota al alcanzarla.

Esta felicidad la he conocido y, por lo inesperado que fue el acontecimiento, no puede ser un placebo de mi mente.

Surgió y resultó ser la respuesta al último de una sucesión de todos los “para qués” que me planteaba.

En ese momento, no sólo encontré esta felicidad, sino el origen y el destino de mi existencia. De la existencia.

Tras haber probado distintas fórmulas buscando ese algo que me faltaba, resultó que me encontré con alguien.

Y ese alguien, es la clave que descifra el mundo y todo lo que lo habita. Algo como la materia básica de la que están compuestos los porqués y paraqués de la vida.

Además, venía con premio. Podía haber sido un absoluto terrorífico, absolutista. Algo que subordinada a sus caprichos o me hiciera un títere de su voluntad. Pero resulta que lo más grande y poderoso del universo me deja libre. Y me ama.

Me acompaña en una vida y me convierte en amado a cada instante, dónde las circunstancias no me quitan ni una pizca de la dignidad absoluta que este me regala.

Y me protege. Es el antídoto a los interminables venenos que me rodean y me conducen a una muerte en vida.

Alguien con el que todo está bien, en paz, en amor, en plenitud. Alguien con el que en esta carrera que es la vida, ya llegué a la meta y por el resto de los años sólo tengo que celebrarlo.

Y con ese me quiero quedar. El resto de mi vida.

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