Pareja y sexualidad

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Olvídense de todos los conceptos. Amigo con derecho, amigo especial, novio, prometido, pareja de hecho, matrimonio. Hoy en día todo está difuminado. Matrimonios que duran dos días, parejas que viven juntas durante años. Hoy en día, en la calle, son palabras vacías de significado.

Por eso son polémicas, porque son polisémicas. Cuando digo que el matrimonio es para toda la vida, aparece alguien que le duró un día, y cuando digo que es único, aparece alguien que ya va por el tercero. Y lógicamente no podemos entendernos.

Vamos a clasificar la relación en base a cuánto te amo. No son categorías cerradas, sin darnos cuenta podemos pasar de una a la otra. Es mucho más esclarecedor.

  1. No te amo. Me gusta tu cuerpo y quiero usarlo de vez en cuando ¿Me lo prestas?
  2. Me caes bien. Paso ratos agradables contigo y disfruto de las sensaciones de tu cuerpo. No pidas más.
  3. Siento algo especial por ti. Me estoy enamorando, pero no quiero compromisos por si me enamoro de otro/a. Salimos y nos enrollamos de vez en cuando
  4. Me gustaría salir contigo y formalizar una relación de cara a la gente. Pero la romperé o la compartiré con otra si me apetece.
  5. Somos pareja formal. Soy tu novio/a mientras me resultes agradable y me hagas la vida estupenda. No entres en ella
  6. Somos pareja formal. Estoy dispuesto a compartir contigo alguna de mis cosas e incluso hacer renuncias. Pero sólo hasta que duela.
  7. Somos novios. Hagamos un proyecto en común. Renunciamos a cosas y proyectamos futuro. Pero hasta que la cosa se tuerza.
  8. ¿Nos vamos a vivir juntos? Me gusta compartir la vida contigo. Mientras todo vaya bien.
  9. Nos casamos o hacemos una pareja de hecho. Estoy dispuesto a que económicamente esta aventura pueda afectar a mi patrimonio. Compartimos casi todo. E incluso estoy dispuesto a trabajar en serio si viene alguna crisis.
  10. Somos matrimonio o pareja a lo clásico. Hijos, trabajo, hipoteca. Quiero pasar el resto de mi vida contigo. No me pidas heroicidades.
  11. Somos matrimonio cristiano. Para toda la vida, sin excusas. Dando la vida por el otro y teniendo como meta la felicidad del cónyuge incluso antes que la propia. Somos uno ante Dios y ante nuestros conocidos. No tenemos cosas propias y todo lo compartimos. Si viene una enfermedad física, psiquiátrica o simplemente te vuelves idiota estaré ahí. Comprometerme a elevar al más alto misticismo los cafés de la mañana. A cargar con la cruz de limpiar la loza o recoger cuartos. Porque Dios me ha encargado que te cuide. Tus problemas y mis problemas sean de la gravedad que sean, serán nuestros problemas. Sé que no voy a ser capaz de conseguirlo, pero simplemente me fío que quien me llamó me dará la fuerza. Y en este abandono absoluto a lo que Dios venga a decirnos, dejamos que cada vez que nos unamos en una sola carne pueda hacer aparecer el milagro de la vida. No es fundamentalismo. Simplemente es el proyecto de otro en nuestras vidas.

Este último punto es lo a lo que nos referimos los cristianos con la palabra matrimonio. Llámenlo como lo quieran llamar, se debería explicar muy bien a las parejas que van al altar a realizar ese compromiso.

El matrimonio es público

Vivimos en una sociedad que ha relegado al matrimonio, y por extensión a las relaciones de pareja, al ámbito de lo privado. Es algo entre dos personas en lo que nadie puede entrar, ni opinar.

Y esto, que es algo reciente en la historia, no debería ser así para los cristianos. No pensemos en la prototípica suegra metiendo las narices en el puchero o en la ropa de los nietos. Veámoslo en clave de Iglesia. No estamos sólos siguiendo a Cristo. Somos un pueblo, el pueblo elegido.

Un cristiano no hace las cosas en soledad. El cristiano nace, crece, se desarrolla y muere rodeado de una comunidad eclesial que le ayuda a santificarse. Por muy atractivo que resulte la idea de emprender un camino en soledad y autosuficiencia, una vida con amor es una vida llena de otros. Otros que integras en tu vida y que haces parte de la misma. Sólo con otros se crece, se sufre, se echan raices, se aprende, se pide perdón y se perdona. Sólo otros son capaces de hacernos ver aquellas cosas que no queremos ver. Si Dios nos elige como pueblo, lo cristiano será vivir como pueblo.

Y el matrimonio necesita ese pueblo tanto como la intimidad. Debe aprender el arte de armonizar y equilibrar lo privado y lo público dejando que ambas esferas crezcan alimentadas de la otra.

Si el cristiano tiene por objetivo en esta vida alcanzar la santidad, eso es imposible en soledad, porque en la perfección cristiana el otro es el protagonista de nuestras vidas.

Cuando una pareja se casa, no lo hace en soledad. Lo hace ante testigos, en la asamblea. En una boda cristiana no asistimos como voyeurs a un acto privado entre dos personas. Somos un pueblo celebrando el amor.

Cuando hay maltrato, incomprensión, conflicto, dolor, lo público debe entrar a sanar lo que se está desviando. Una corrección fraterna, una llamada de teléfono consoladora o simplemente un hombro para llorar las penas sólo pueden llegar a través de las puertas que el matrimonio haya dejado abiertas al exterior.

Cuando llegan las enfermedades, las tragedias personales o los problemas laborales que corroen la convivencia matrimonial, el oxígeno sólo viene de fuera. De ese hermano que te ayuda llevando a los niños al colegio, de alguien que te dice que lo que hiciste ayer en la cena estuvo muy feo, del religioso que te pregunta qué está ocurriendo con tu opción de tener o no hijos. En nuestro camino a la santidad como matrimonio (ya desde novios), los hermanos tienen algo que decir.

Y lo mismo ocurre al contrario. Cualquier opción de amar al hermano, cuando se hace desde la comunión íntima del matrimonio no se multiplica por dos, sino por mil. Un matrimonio que hace, hace mil veces más que lo que harían marido y mujer por separado. Cuestiona, da ejemplo, instruye, crea hogar en todo lo que emprende.

Los cristianos debemos hacer propio el matrimonio de nuestros hermanos, intervenir prudentemente cuando sea necesario y dejarlo entrar en nuestra vida. No es lo normal, pero la vida ya es bastante pesada como para llevarla sólo uno a cuestas. O dos.

Cristianos buscando pareja

Reunión de Jóvenes de 18 años en la parroquia.

Día de la familia, un matrimonio se esfuerza en explicar que un noviazgo cristiano no es cualquier cosa. Que supone tener un proyecto en común, una vida de oración. Que supone tener a Dios y a lo que quiere Dios en medio de sus decisiones y crecer siguiendo la vocación al matrimonio. Tener una sexualidad ordenada. Tener un proyecto de futuro juntos…

Por supuesto la charla no se daba en estos términos. Era un debate animadísimo en el que los jóvenes se reían, participaban, se ponían colorados de timidez, y todo lo que suele ocurrir cuando se tocan estos temas en grupo. Pero estos eran los temas de fondo que trataban de transmitir.

Y casi al final se me ocurrió hacerles una pregunta:

¿Cuántos de vosotros creéis que esto que nos han contado se puede conseguir teniendo en cuenta cómo está el “mercado” de parejas?

Todos se angustiaron un poquito, porque ciertamente encontrar hoy en día a alguien que se tome la relación tan en serio como lo que ellos querían era misión imposible.

A la salida, hablando con un sacerdote amigo mío le comenté: Si España es tierra de misión, es como si estuviéramos pidiéndole a una indígena de una tribu oculta en una selva, que a la hora de elegir novio buscase uno con estos valores. Lo más seguro es que quedara soltera de por vida.

Por ello hoy un par de consejos para los cristianos y cristianas que no tienen pareja y que quieren encontrar en esta selva una como Dios manda.

1º) Más vale solo/sola que mal acompañado. Todo lo barato sale caro. Más vale vestir santos que desvestir borrachos y procura no liarte con quien trae ya el lío incorporado. La primera fidelidad en la pareja es a uno mismo.

2º) Hay que ligar. Y antes de eso hay que conocer gente. Mucha. Muchísima. Para elegir hay que conocer (conocer, no probar). Sube tu autoestima rodeándote de miles de personas distintas. Cristiano no es sinónimo de solitario, sino de un corazón (y sólo un corazón) abierto al mundo.

3º) Si me gustan las negras no me voy a Finlandia. Puede que allí conozca alguna, pero mis posibilidades son casi nulas. Si quiero conocer negras, me voy a África que es dónde hay más. Pues si quiero conocer católicos, voy a encuentros y sitios dónde conozca católicos. Intentar conocer a alguien cristiano y con valores una noche de borrachera… pues eso. Mira a ver en que ambientes te mueves, porque de ahí saldrá tu pareja.

Os propongo una charla motivacional para empresarios. 99% aplicable al tema. Échense unas risas.

Placer sexual y cristianismo.

Existe la creencia equivocada de que lo cristiano condena todo lo relacionado con el placer sexual. Objetos sexuales, juegos preliminares, caricias, etc… Todo lo “divertido” se piensa que está prohibido.

El pecado no está en la satisfacción y el placer. Está en cómo la tratamos. En el momento en que el placer y no el amor se sitúan como lo más importante es cuando aparece el pecado.

El Evangelio dice que no hay nada fuera del hombre que por entrar en él le pueda contaminar. Pero lo que sale del hombre es lo que contamina al hombre. En nuestro corazón está la clave.

La sociedad se ríe y nos tacha de reprimidos porque, al igual que con cualquier otra cosa, el camino del cristiano exige esforzarse en armonizar su sexualidad a la voluntad de Dios. La experiencia cristiana nos propone una sexualidad “de altura”. Mientras nuestra sociedad nos propone un modelo en el que lo que me gusta y apetece es la meta máxima a la que podemos aspirar en una relación sexual, el cristianismo nos ofrece un modelo en el que la relación sexual es la fiesta en la que el matrimonio celebra una vida de entrega total y renuncia a nuestros propios apetitos para que nuestra pareja tenga vida. Pone a la persona por encima del placer, y pone al placer como algo al servicio de la comunión profunda de la pareja.

Lo importante no es si me da gustito, sino lo que hay en nuestra relación. El gustito es la guinda del pastel. Es un placer que descansa sobre una vida de pareja plena en cualquier otro ámbito y no sólo en el sexual.

Al contrario que otras corrientes espirituales, el cristiano considera el cuerpo como algo bueno. En el cuerpo vive Dios y es templo del Espíritu. El placer (da igual si es viene de la relación sexual o de una buena comilona), es un elemento con el que hay que tener mucho cuidado porque al ser tan agradable, es fácilmente convertible en el centro de nuestros pensamientos y deseos. Incluso el acto sexual dentro del matrimonio puede ser egoísta.

La experiencia sexual para ser plenamente humana y estar de acuerdo con lo que Dios quiere no puede estar desbocada a lo que nos apetece, ni tampoco reprimida a un catálogo de normas en las que se diga lo que no y lo que sí.

Como decía San Agustín, ama y haz lo que quieras. Todo lo que sirva para que haya más amor en la pareja es bienvenido. Todo lo que nos vuelva egoístas y nos aleje de dominar nuestras pasiones para que la otra persona sea feliz, debemos evitarlo. Pero ¡cuidado!, porque autoengañarse en estas cosas es muy sencillo porque como se dice “tiran más dos… que dos carretas”.

Y nunca hay que olvidar una cosa: La Iglesia (aunque algunos parecen olvidarlo) propone, aconseja. No condena. Y siempre acoge. Te propone un modo de vida en el que serás plenamente feliz. Cuanto mejor lo lleves, más feliz serás (y lo comprobarás). Y da igual el punto en el que estés ahora. Dios tiene una propuesta de felicidad para las prostitutas, los adictos a la pornografía, los divorciados, las parejas de hecho, los sacerdotes y religiosas, los novios, los matrimonios y los viudos. Para todos.

La cosa es comenzar, y cualquier día es bueno para eso. ¿Te animas?

Perdedores, manipuladores, controladores y abusadores.

El 15% de las personas tienen desordenes de la personalidad y esto es un dato importante a la hora de elegir pareja o a la hora de decidir compartir el resto de una vida con alguien.

Son personas antisociales, histriónicas, límite o narcisistas que suelen destruir la relación (y a la persona con la que se relacionan). Frecuentemente maltratan psicológicamente a su pareja, pero también a maridos o esposas, parientes, amigos, compañeros de trabajo y a cualquiera que se les pone por delante.

El doctor Joseph M Carver, psicólogo, ha realizado un profundo estudio sobre este tipo de personalidades y en su página web ofrece varios artículos (también en español) para ampliar conocimientos sobre este tema.

Además, nos regala una serie de señales de alarma para poder identificar a tiempo a este tipo de hombres y mujeres:

¿Fue el “amor de tu vida”, tu “alma gemela” o nuevo mejor amigo/a en cuestión de semanas?

¿Fue encantador/a al principio, diciendo todas las cosas correctas, “reflejo” de tus esperanzas, deseos y sentimientos?

¿Es celoso/a y posesivo/a?

¿Tiene pocos amigos, relaciones a largo plazo o varias relaciones fallidas?

¿Habla mal de su ex o amigos? ¿Dice mentiras?

¿La relación pasa radicalmente de caliente a frío? ¿Es como “Jekyll y Hyde”?

¿Tiene un historial laboral inestable, de desempleo frecuente o cambios en el trabajo?

¿Te encuentras encubriéndole, haciendo que parezca mejor de lo que realmente es?

¿Tiene constantes problemas financieros? ¿No cumple con sus deudas?

¿Tiene metas poco realistas? ¿Una historia para justificar la vida de los demás?

¿Se siente cómodo pidiéndote dinero? ¿Alguna vez ha utilizado tus tarjetas de crédito sin tu conocimiento?

¿Te hacen sentir culpable por tus hobbies e intereses o por el tiempo pasado con tus amigos o familiares?

¿Te hacen sentir que no eres lo suficientemente bueno/a, que tienes suerte de tenerle o tenerla?

¿Alguna vez te han humillado en público?

¿Retira el amor, la amistad o la aprobación como castigo?

¿Presenta mal humor por algo aparentemente insignificante? ¿A menudo ni siquiera sabes lo que le enfadó?

¿Siempre te echa la culpa? ¿Lo que pasa es culpa tuya siempre?

¿Después de una gran crisis momentánea, actúa como si nada en absoluto ha pasado?

¿Alguna vez te sientes “asfixiado/a” por ellos?

¿Alguna vez amenaza, golpea o te empuja, perfora paredes, romper sus cosas o te insulta?

¿Siempre está disgustado/a con alguien?

¿Te presiona para dejar de fumar o cambiar de trabajo / amigos / relaciones / casas?

¿Tiene problemas con las figuras de autoridad?

¿Rechaza a cualquier persona por cualquier motivo?

¿Ha tenido órdenes de alejamiento?

¿Notas que tu autoestima se está erosionando?

¿A veces te sientes como un loco/ loca?

¿La relación está afectando otros aspectos de tu vida?

¿Tienes una sensación de que las cosas no están del todo bien?

¿A veces desearías que todo desapareciera?

Por supuesto son sólo señales de alarma y muchas de ellas pueden ser problemas puntuales, pero más vale prevenir que curar.

Mitos sobre lo que arruina un matrimonio

¿Qué estropea un matrimonio?. Mucha gente (psicólogos o asesores matrimoniales incluso) cree que hay determinadas cosas con las que una pareja no puede sobrevivir o que son fundamentales para la misma. El Dr John Gottman en su libro “The seven principles for making marriage work” desvela algunos mitos:

– Las neurosis o los problemas de personalidad rompen el matrimonio. La clave de un matrimonio no consiste en ser “normal”, sino en encontrar alguien que te aguante. Por ejemplo una persona que no soporte que le den órdenes y que odie normalmente a quien intenta dirigirlo estará felizmente casada con alguien que adore tener un compañero y no trate de dirigir sus comportamientos. No son las neurosis lo que destroza el matrimonio, sino cómo las enfrenta. Si el matrimonio sabe acoger las rarezas del otro con cariño, afecto y respeto, el matrimonio puede sobrevivir sin problema.

– Los intereses comunes nos mantienen unidos. Todo depende de cómo interactuas con tu pareja cuando persigues esos intereses. Es duro ver en algunos casos cómo se persiguen con más intensidad esos intereses que el propio matrimonio.

– Tu me ayudas, yo te ayudo. Algunos piensan que lo importante es la ayuda mutua. El matrimonio es una especie de contrato en el que ambas partes deben cumplir con sus compromisos. En la realidad, es en el matrimonio infeliz el que necesita este contrato. Los matrimonios felices no llevan cuentas de cuánto da cada parte. Normalmente dan porque se sienten bien con su contraparte. Si te encuentras llevando las cuentas de lo que haces, es que hay algún área de tensión en la pareja.

– Evitar el conflicto arruinará el matrimonio. Las parejas simplemente tienen diferentes estilos de conflicto. Algunas pelean a toda costa, otras discuten ligeramente y otras son capaces de charlar y encontrar puntos en común y diferencias sin levantar la voz. Ninguna es mejor que la otra siempre que este estilo funcione para ambos. El problema es cuando alguno no está cómodo en el estilo de conflicto.

– Las infidelidades son la principal causa de divorcio. No exactamente. Los mismos problemas matrimoniales que empujan a una pareja al divorcio, suelen empujar a sus miembros a buscar conexiones íntimas fuera del matrimonio. La mayoría de este tipo de encuentros no son por sexo, sino por la búsqueda de amistad, apoyo, respeto, atención, cariño y consideración (el tipo de cosas que se supone nos ofrece el matrimonio). El 80% de los divorciados mantienen que la causa del divorcio fue una progresiva separación de ambos o porque no se sentían amados o apreciados. Sólo entre el 20% y el 27% atribuyen sus problemas matrimoniales a la interacción con terceros.

– Los hombres no están biológicamente diseñados para el matrimonio. Parece demostrado que la promiscuidad no tiene tanto que ver con la genética como con la ocasión. Ahora que la mujer se ha incorporado al mercado laboral y pasan horas fuera de su casa, la cifra de infidelidades por parte de las mujeres se ha disparado y ligeramente superan en ciertos ámbitos las de los hombres.

– Los hombres y las mujeres son de distintos planetas. Las diferencias de género pueden contribuir a los problemas, pero no son la causa de estos. Está demostrado que el 70% de los hombres y de las mujeres basan la calidad de su pareja en el grado de amistad. Parece que no son tan diferentes después de todo.

El porno es malo 3. La vida después del porno.

En este post me limitaré a citar una referencia a un gran documental que ha visto la luz este año: “After porn ends” (después del porno, el final)

Muy diferente es la historia de esas otras estrellas, las del porno, mujeres y hombres con un ocaso mucho más farragoso, con traumas y el constante rechazo social, un drama humano del que se ocupa un documental que acaba de ver la luz en Estados Unidos, ‘After porn ends’, un retrato de 12 ex protagonistas de las películas que aún se consumen en masa en el mundo dirigido por Bryce Wagoner y disponible a través de iTunes.

El mundo.

En youtube, podemos encontrar bastantes clips del documental, aunque desafortunadamente no están traducidas al castellano.

La imagen de la industria del porno suele venderse con una apariencia hedonista asociada a la belleza, el dinero y el éxito personal, pero las grandes estrellas de su industria, que aparentan deleitarse de placer delante de la cámara, también poseen un vida cuando se apagan las luces.

El documental ‘After porn ends’ acaba de ver la luz en Estados Unidos para retratar la historia de doce famosos actores después de abandonar sus carreras. Encerradas entre un pasado de drogas y lujuria, y un presente que las excluye de la sociedad, muchos son los interesados en ver las imágenes de sus espectaculares cuerpos mientras permanecieron en activo, pero gracias a este documental también podemos descubrir las sombras de esta singular profesión.

El confidencial

En el tema de documentales, no es el primero que trata este tema. Una serie documental llamada “el lado oscuro del porno” retrataba también todo el sufrimiento que generaba esta industria en sus protagonistas.

Consejos a la hora de elegir novio / novia (4). Se exigente

A la hora de tratar con tu pareja, lo normal cuando se está de novios es ser bastante comprensivo y tolerante.

Da igual las costumbres que tenga, da igual cómo se relaciona con el otro sexo, da igual si es un poco perezoso o perezosa, si no está ahí cuando le necesito, el número de hijos que piensa tener.

Cuando se está de casados es al contrario.

Un marido o mujer debe tener una conducta ejemplar, no andar coqueteando con el otro sexo, ser trabajador o una luchadora infatigable, estar siempre ahí, ser comprensivo, dar cariño, debe de pensar como yo acerca del futuro.

Visto así, y siendo cristiano, yo no me querría casar. Porque en la parte del noviazgo, puedo probar, elegir y separarme todas las veces que necesite sin que Dios lo vea mal. Pero una vez me meta en la segunda parte, la más exigente, la cosa ya es indisoluble.

Podemos pensar que Dios debe estar loco. Que la solución es permitir el divorcio.

Pero creo que los que estamos locos somos nosotros.

Porque si tengo que elegir a un compañero o compañera para toda la vida, lo lógico es que en la fase en la que puedo probar, elegir, dejar, cambiar sea extremadamente exigente. Y en la fase en la que ya he escogido y me toca afrontar el resto de la vida con compañía, es cuando debo ser comprensivo, porque es esa comprensión y ese amor a la persona por encima de sus defectos lo que va a garantizar el éxito en el viaje.

El matrimonio es para siempre

Al menos en la concepción cristiana del mismo.

No se trata de entrar en si el matrimonio civil o el religioso. Se trata de si tu matrimonio es o no para siempre. Se trata de si hay un listón de “hasta aquí llegaría” o no lo hay (refieriéndome siempre a opciones personales, no a casos traumáticos de fuerza mayor).

Y es una concepción bastante inteligente, porque si vas a comenzar un camino sin retorno, tomar la decisión es diferente.

Comprendo que es mucho más atractiva la idea de que toda decisión en la vida es reversible, cambiable o que puede corregirse. La realidad, a poco que abramos los ojos, nos demuestra lo contrario. No me refiero a no poder rehacer la vida con nuevas opciones. Me refiero a lo imborrable del error cometido, que acompañará el resto de la vida y marcará las futuras decisiones igual que lo hacen aquellas que fueron un éxito.

Nadas por el océano. Tu brazada es diferente si puedes volver a la orilla cuando quieras o si no.

Corres por un camino. Tu ritmo es diferente si existe la opción de regresar al punto de partida o por el contrario sólo puedes avanzar.

Toda la fuerza, toda la energía, toda la concentración, sólo se ejercita cuando la opción de volver al inicio se ha descartado desde el convencimiento más profundo. Cuando no hay un plan B. Cuando las dificultades no amenazan con cambiarnos el rumbo, sino con quitarnos la vida.

¿Cuánto ha cambiado tu vida en estos últimos veinte años? Pues imagina si quieres llegar a las bodas de oro (50 años) cuanto más va a cambiar. Cuanto más vais a cambiar. En cinco años apenas quedará nada de las personas que se comprometieron. Son seres casi nuevos, con nuevos problemas, con nuevos talentos, con nuevas inquietudes, con nuevas energías. Y en ese momento en que te descubras compartiendo momentos con ese ser desconocido que apenas es un borrón del que te enamorastes profundamente… ¿Volverás hacia atrás?

Puedes hacerlo. Salirte del guión y buscar alguien más para enamorarte como al principio. Pero el ciclo volverá a repetirse y sólo estarás avanzando (por segunda vez) los primeros cinco años de relación.

Los cristianos, creemos desde la fe que lo que nos une no es todo lo humano que nos atrajo en su día, sino lo divino que permanece día tras día. Si es fantástico enamorarse varias veces de distintas personas… Imagina las profundidades a las que se puede llegar concentrando todo el descubrimiento en la misma persona. Enamorarte del joven, del trabajador, del padre, del abuelo. Muchos amantes y a cada cual con más profundidad que el anterior.

En un cómic del Jueves, de la parejita, ella le preguntaba a él si la quería más o menos que cuando se conocieron. El responde que cuando eran adolescentes la quería para presumir de novia, de jóvenes para meterle mano, más adelante para tener a alguien con quien ir al cine, luego la quería para compartir el piso y tener sexo a menudo, luego la quería para contarle sus penas y que lo consolara, etc… El cómic acababa con él diciéndole ante la mirada de hastío de ella por una respuesta tan mundana: “Emilia, no se si te quiero más o menos, pero con todos estos años, sin duda te quiero mejor”.

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