Categorías de pareja-matrimonio

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Olvídense de todos los conceptos. Amigo con derecho, amigo especial, novio, prometido, pareja de hecho, matrimonio. Hoy en día todo está difuminado. Matrimonios que duran dos días, parejas que viven juntas durante años. Hoy en día, en la calle, son palabras vacías de significado.

Por eso son polémicas, porque son polisémicas. Cuando digo que el matrimonio es para toda la vida, aparece alguien que le duró un día, y cuando digo que es único, aparece alguien que ya va por el tercero. Y lógicamente no podemos entendernos.

Vamos a clasificar la relación en base a cuánto te amo. No son categorías cerradas, sin darnos cuenta podemos pasar de una a la otra. Es mucho más esclarecedor.

  1. No te amo. Me gusta tu cuerpo y quiero usarlo de vez en cuando ¿Me lo prestas?
  2. Me caes bien. Paso ratos agradables contigo y disfruto de las sensaciones de tu cuerpo. No pidas más.
  3. Siento algo especial por ti. Me estoy enamorando, pero no quiero compromisos por si me enamoro de otro/a. Salimos y nos enrollamos de vez en cuando
  4. Me gustaría salir contigo y formalizar una relación de cara a la gente. Pero la romperé o la compartiré con otra si me apetece.
  5. Somos pareja formal. Soy tu novio/a mientras me resultes agradable y me hagas la vida estupenda. No entres en ella
  6. Somos pareja formal. Estoy dispuesto a compartir contigo alguna de mis cosas e incluso hacer renuncias. Pero sólo hasta que duela.
  7. Somos novios. Hagamos un proyecto en común. Renunciamos a cosas y proyectamos futuro. Pero hasta que la cosa se tuerza.
  8. ¿Nos vamos a vivir juntos? Me gusta compartir la vida contigo. Mientras todo vaya bien.
  9. Nos casamos o hacemos una pareja de hecho. Estoy dispuesto a que económicamente esta aventura pueda afectar a mi patrimonio. Compartimos casi todo. E incluso estoy dispuesto a trabajar en serio si viene alguna crisis.
  10. Somos matrimonio o pareja a lo clásico. Hijos, trabajo, hipoteca. Quiero pasar el resto de mi vida contigo. No me pidas heroicidades.
  11. Somos matrimonio cristiano. Para toda la vida, sin excusas. Dando la vida por el otro y teniendo como meta la felicidad del cónyuge incluso antes que la propia. Somos uno ante Dios y ante nuestros conocidos. No tenemos cosas propias y todo lo compartimos. Si viene una enfermedad física, psiquiátrica o simplemente te vuelves idiota estaré ahí. Comprometerme a elevar al más alto misticismo los cafés de la mañana. A cargar con la cruz de limpiar la loza o recoger cuartos. Porque Dios me ha encargado que te cuide. Tus problemas y mis problemas sean de la gravedad que sean, serán nuestros problemas. Sé que no voy a ser capaz de conseguirlo, pero simplemente me fío que quien me llamó me dará la fuerza. Y en este abandono absoluto a lo que Dios venga a decirnos, dejamos que cada vez que nos unamos en una sola carne pueda hacer aparecer el milagro de la vida. No es fundamentalismo. Simplemente es el proyecto de otro en nuestras vidas.

Este último punto es lo a lo que nos referimos los cristianos con la palabra matrimonio. Llámenlo como lo quieran llamar, se debería explicar muy bien a las parejas que van al altar a realizar ese compromiso.

Tibieza espiritual. Ni frio, ni calido

Laodicea

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Cuando ya se tiene una cierta edad, es fácil caer en la tibieza espiritual.

“Porque no eres ni frio ni caliente te vomito de mi boca”. Es el mensaje de Juan a la comunidad de Laodicea en Apocalipsis 3
Laodicea llegó a ser la ciudad más rica de Frigia. Con ricos bancos, un prominente mercado de lanas, y una prestigiosa escuela de medicina, especialmente en lo relativo a los ojos (era famosa por sus barros curativos, la medicina de la época). Era tan rica que se reconstruyó ella sóla tras un gran terremoto sin pedir ayuda a alguna a Roma. Una ciudad que palpitaba al son del ocio y la salud, llena de Estadios, teatros y gimnasios.
Sólo tenía un defecto: El agua. El agua que llegaba a la ciudad era una mezcla de las cálidas y mineralizadas aguas de unas termas cercanas, y el agua fría y natural del manantial. Un agua tibia y nauseabunda que no servía ni para beber por demasiado caliente, ni para bañarse, por demasiado fría.
Por eso Juan corrige a la comunidad que hay en esa ciudad con ejemplos que ellos muy bien conocen: “Conozco tus obras, que no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Y así, porque eres tibio, y no caliente ni frío, voy a vomitarte de mi boca. Porque dices: ‘Soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad’, y no sabes que eres un desdichado y miserable, pobre, ciego y desnudo”. Dios coge los orgullos de Laodicea y los ridiculiza. No son afortunados, son desdichados. No son ricos, son miserables y pobres. No son los mejores en medicina ocular, son ciegos. No tienen las mejores lanas, están desnudos. Dime de lo que presumes en el mundo y te diré de lo que careces a los ojos de Dios.

Se habían vuelto tibios. El cristiano tibio vive sin objetivos espirituales en su vida que le emocionen. Ocupa su tiempo, preocupaciones y deseos en otro tipo de objetivos. Está mucho tiempo en reuniones parroquiales y en la iglesia, pero porque es lo que se espera de ellas, es su rol. Da dinero a obras benéficas, pero siempre que no se vea comprometido su estilo de vida. Frecuentemente se excusan cuando fuera de ambientes religiosos colisiona la fe con su prestigio. Entre sus vecinos, compañeros de trabajo, etc., no dan testimonio explícito de Cristo cuidando su reputación. Miden su moralidad comparándola con el mundo secular, no con Jesús o los santos. No aman a Dios con carácter absoluto, sino dedicándole una parte de su tiempo, una parte de su dinero, una parte de sus pensamientos, y por supuesto cediendo en lo mínimo el control de todo. Aman a otros, pero no tanto como a sí mismos. Sirven a Dios y a los demás, pero con límites en cuanto al tiempo, al
dinero y a la energía a dar. Están continuamente preocupadas por estar seguras, por el control de su salud, de su Dinero, de su tiempo. No viven de confianza en Dios, se cuidan de tener cuentas de ahorro, organizada su vida y hacen dietas y deporte, que son cosas objetivamente buenas, pero con un trasfondo alejado de la fe, con la intención de asegurar que Dios no nos da un susto en cualquiera de estos temas. No es que nunca haya estado caliente, pero ya no arde en fervor. No es que no crea, pero es indiferente y conformista.
Atiende a los dos amos del Evangelio. Es rico, no tiene necesidad de nada en la fe, todo está bien así. El que conserva su vida la pierde, según el Evangelio, cualquier observador neutral encontrará la vida del cristiano tibio muy conservaditas.

Mal síntoma cuando nuestro estilo de vida es envidiable para las personas alejadas de la fe. Es probable que en vez de estar en el mundo como testimonio, estemos viviendo como paganos sin mostrar novedad alguna a todo aquel que se encuentra con nuestras vidas. ¿Qué evangelización vamos a hacer, si cuando miren nuestras vidas van a ver más de lo mismo, sin diferencias significativas en los estilos de vida, salvo en cómo empleamos nuestro tiempo libre?

Lo que te estás perdiendo por no ser cristiano.

Amigo, esto es todo lo que puedo contarte de lo que a mí me ha regalado ser cristiano.

No hay mucho más, pero no hay nada tan grande como esto para dejarse la vida.

He descubierto que existe una felicidad auténtica y plena. Una felicidad fuera de espejismos o modas momentáneas, que no se agota al alcanzarla.

Esta felicidad la he conocido y, por lo inesperado que fue el acontecimiento, no puede ser un placebo de mi mente.

Surgió y resultó ser la respuesta al último de una sucesión de todos los “para qués” que me planteaba.

En ese momento, no sólo encontré esta felicidad, sino el origen y el destino de mi existencia. De la existencia.

Tras haber probado distintas fórmulas buscando ese algo que me faltaba, resultó que me encontré con alguien.

Y ese alguien, es la clave que descifra el mundo y todo lo que lo habita. Algo como la materia básica de la que están compuestos los porqués y paraqués de la vida.

Además, venía con premio. Podía haber sido un absoluto terrorífico, absolutista. Algo que subordinada a sus caprichos o me hiciera un títere de su voluntad. Pero resulta que lo más grande y poderoso del universo me deja libre. Y me ama.

Me acompaña en una vida y me convierte en amado a cada instante, dónde las circunstancias no me quitan ni una pizca de la dignidad absoluta que este me regala.

Y me protege. Es el antídoto a los interminables venenos que me rodean y me conducen a una muerte en vida.

Alguien con el que todo está bien, en paz, en amor, en plenitud. Alguien con el que en esta carrera que es la vida, ya llegué a la meta y por el resto de los años sólo tengo que celebrarlo.

Y con ese me quiero quedar. El resto de mi vida.

Una iglesia huérfana

¿Por qué se le llama a los curas padre? ¿O por qué se le llama a las monjas madre?

Hay una polémica teológica entre católicos y protestantes porque Jesús dijo que no se debía llamar padre a nadie en la tierra. Esta no tiene trascendencia alguna y está bastante contrastada dado que tanto Pedro, como Pablo, como Juan en sus cartas, se dirigen a sus lectores como hijos espirituales.  ¿Por qué son padres? Porque básicamente les han traído a la vida con el Bautismo y la predicación. A una nueva vida. Es verdad que quién lo hace es Jesús, pero bueno, es como un padre prestado, más tangible, más del día a día.

Pero no van a ir por ahí los derroteros de este post. Me quiero centrar en otro tema, en la Iglesia huérfana moderna.

¿Qué significa la palabra cura?

La palabra cura proviene del latín curatio y su significado es cuidado, solicitud. Parece que por el año 1330 se empezó a aplicar esta denominación al párroco por tener a su cargo la cura de almas (el cuidado espiritual de las personas).

El siguiente punto del análisis es que vivimos tiempos llenos de huérfanos virtuales. Aquí los seglares es dónde nos hemos perdido. Padres y madres con carreras profesionales importantísimas, con amigos importantísimos, con descansos importantísimos, con segundas y terceras nupcias importantísimas, con escapadas importantísimas, y con tecnología que le permite atender a todos esos importantísimos temas durante veinticuatro horas al día, trescientos sesentaicinco días al año ininterrumpidamente. Y los niños huérfanos virtuales. Sin un progenitor que le dedique tiempo en cantidad y calidad suficiente. Tiempo inútil, perdido, ineficaz, del analógico, pero lleno de compañía amorosa que es el tiempo que edifica a los hijos.

Indudablemente, en el momento que una persona se ordena o se consagra, acoge la maternidad o paternidad del mundo. Se compromete a cuidar al mundo, al igual que un padre terrenal, para que no les falte lo básico en la vida Espiritual. Alimento, cobijo, estudios, amor, consejo, preparación, acompañamiento, ayuda, etc. son palabras que utilizadas metafóricamente pensando en su equivalente en el plano espiritual, resumen bien los regalos que nos hacen aquellas personas de vocación especial.

Pero los tiempos que vivimos son los de los huérfanos virtuales. Y muchos de los religiosos, contagiados de este posmodernismo individualista, tienen carreras profesionales importantísimas, reuniones importantísimas, cargos importantísimos, responsabilidades importantísimas, economías importantísimas, administración de parroquia, colegio, hospital, convento, lo que sea importantísima. Y se ven obligados a una gestión eficaz del tiempo en la que estar con el hijo espiritual sentado al sillón espiritual viendo la tele espiritual ya no tiene cabida. Todos con twitter, whatsapp, facebook o instagram pero ninguno haciendo acompañamiento espiritual online.

Y al igual que esos padres seglares o alejados (que se replegaron dónde pudieron buscando un rescoldo dónde calentar la ilusión, al notar que el mundo ahí afuera está más frío que nunca), algunos padres y madres espirituales de este mundo apenas pasan tiempo de calidad y cantidad con él.

No están en nuestras vidas, y para cuando queremos intervenir porque nuestro hijo o hija se nos pierde por caminos equivocados, nos mirarán extrañados preguntando ¿Dónde estabas hasta ahora, papá? ¿Ahora me dedicas tiempo, mamá? ¿Ahora vienes? ¿Pero si apenas nos conocemos? ¿Qué tienes tú que ver con mi vida?

Deberían prohibirlo. La libertad guiando al pueblo

la libertad guiando al pueblo

La libertad guiándo al pueblo. Eugene Delacroix

Según la CEOE cada año en España se llenan un millón de páginas con nuevas normas. Una diarrea normativa enferma por igual a lo largo y ancho de occidente.

Moisés tuvo diez mandamientos. Y Jesús, cuando vio que empezaban a hacerse un lío entre leyes, reglamentos y disposiciones no le quedó otra que resumírselas en dos.

Dios, entre un mundo perfecto sin pecado y un mundo libre, eligió el segundo. El sabrá por qué, que para algo es omnisciente, pero debería merecer la pena seguir su camino.

La realidad es que al ser humano le aterra la incertidumbre. El ser humano es un ser vivo diseñado para la supervivencia, y todas esas estructuras neuronales que tenemos en la cabeza echan chispas en el momento en que nos sacan de nuestra zona de confort. Cuando es para hacer un deporte de riesgo es un subidón, pero cuando es para aguantar al compañero de trabajo que me deja en evidencia con el jefe la cosa ya no es tan agradable.

La libertad propia nos da miedo. El índice de jóvenes que quieren ser emprendedores es mucho menor que el de los que quieren ser funcionarios. En una época de bonanza como la que vivimos ¿Cómo va a ser la mejor opción para la supervivencia el arriesgarse?. Si nos garantizan (o simplemente prometen) seguridad, comodidad, confort y salud nuestras neuronas paleolíticas babean de gusto, y regalan a precio de saldo cualquier atisbo de libertad. Logran evitar esa libertad incómoda en la que nada está garantizado (pero todo es posible).

Y si nuestra libertad nos da miedo la libertad del otro nos aterra.

Y los analfabetos de la vida que hoy dirigen los destinos de los pueblos, obedecen esas millones de neuronas votantes que les suplican que, por favor, tomen de ellos lo que quieran, pero que le quiten todo el riesgo a su vida.

¿Se han fijado que cuando un tonto hace un disparate (uno que nunca había ocurrido), al día siguiente ya hay una norma prohibiendo algo para que no vuelva a pasar?. ¿Y que el resto de los no tontos de repente ya no pueden hacer algo que antes podían hacer simplemente porque lo hacían con sentido común? Es impensable que algún líder occidental diga: son cosas que pasan. Intentaremos vigilar, pero no vamos a quitarle libertades o complicarles la vida a todos los que nunca lo han hecho mal, porque la gente es libre.

Y esto es verdadero o falso según los grados. Si hablamos de matar, es obvio que prohibir es necesario. Pero empezamos a prohibir lo que nos mata, luego lo que nos daña, y acabamos con lo que nos molesta. Y ya los niños no pueden jugar a la pelota en las plazas, no se puede pescar sin licencia, tener un perro sin chip, escribir un twit ofensivo, un libro, una canción, un artículo.

Lo que nos mata es muy limitado. Lo que nos daña es bastante amplio. Pero lo que nos molesta es infinito. Y molestan, y mucho, las ideas, los colores, los sentimientos, los pensamientos….

Paradójicamente, cuanto más cómodos estamos, más cantidad de cosas y menos importantes nos molestan. Y siempre las del otro, por supuesto.

Los cristianos sabemos que al otro hay que amarlo, no prohibirlo. Y en estos tiempos, nos toca hacer apostolado de la libertad.

La vida, al derecho

Si cogemos la historia de Hitler y la ponemos al revés, trata de un señor que nació en medio de un incendio, resucitó a miles de judíos, se presentó a unas elecciones democráticas y murió siendo un tierno bebé.

En los extremos de su historia, uno es terrible, y el otro hermoso.

Si cogemos la historia de la Bella y la bestia, y la ponemos al revés, la cosa va de un hermoso príncipe, que se vuelve peludo y lo acaban abandonando sólo en un castillos.

Extremos terrible y hermoso.

La diferencia es dónde empieza y acaba. Si empieza en el horrible y acaba en el hermoso o al revés.

¿Y esta tontería a qué viene?

Porque me pareció un buen método para calibrar nuestra vida. ¿El punto de ahora es mejor o peor que el inicial? Para contar nuestra historia como buena ¿Habría que contarla al derecho o al revés?

La divina providencia y la riqueza

No son compatibles.

Sencillamente no se puede experimentar la providencia sin necesidades.

La providencia indica que Dios baja a socorrernos. Pero ¿cómo darte cuenta que Dios baja a ayudarte si no crees que necesites ayuda?.

Por eso la pobreza evangélica es bienaventurada. Porque los pobres de espíritu ven día a día cómo tienen un Dios que auxilia en sus éxitos y fracasos.

Los que tienen cubiertas sus necesidades no lo ven, porque todo lo que consiguen parece, engañosamente, alcanzado gracias a su esfuerzo o sus méritos.

Para los ricos, la providencia de Dios es el plan B.

 

las etapas del crecimiento espiritual

Muchas veces, entre reuniones, formación, convivencias y todo tipo de actividades nos olvidamos de una verdad inherente a nuestra vida de fe: Que hacemos todo lo que hacemos porque nuestro objetivo es crecer espiritualmente.

Y resulta que en esta vida de espiritualidad que comenzamos hace tiempo tenemos, al igual que en nuestra vida, diferentes edades.

Y, al igual que en nuestra vida, cada edad tiene su cosa.

Lo siguiente está tomado de la fundación gratisdate.org.

Está copiado literalmente, porque lo encontré tan bien explicadito que todo lo que yo añadiera lo iba a estropear.

El cristiano niño

El que aún es niño en Cristo es, pues, un cristiano principiante y carnal. Vive más a lo humano que a lo cristiano; es decir, sus movimientos espontáneos proceden del alma humana, y todavía experimenta en sí mismo la acción del Espíritu Santo como la de un principio extrínseco y en cierto modo violento. Ya en los capítulos sobre la santidad y sobre la perfección hemos tratado de estos temas. Ahora lo haremos brevemente para relacionar distintos aspectos considerados en diversos capítulos.

El cristiano niño y carnal tiene virtudes iniciales y una caridad imperfecta, y por eso vive más el Evangelio como un temor que como un amor. Trata de cumplir las leyes, pero como apenas posee su espíritu, le pesan, y experimenta la vida cristiana sobre todo como un gran sistema de obligaciones de conciencia. Sus oraciones, escasas y laboriosas, son activas -vocales, meditativas etc.-,y en ellas apenas logra conciencia de estar con Dios. Después, en la vida ordinaria, vive normalmente sin acordarse de la presencia del Señor.

El cristiano niño, todavía carnal, tiene tendencias contrarias al Espíritu, a veces fuertes, y lucha contra el pecado mortal -de otros pecados menores no hace mucho caso-. No tiene apenas celo apostólico, ni está en situación de ejercitarlo. Siente filias y fobias, sufre un considerable desorden interior, carece de un discernimiento fácil y seguro, y como está empeñado en duras luchas personales -fase purificativa- experimenta la vida en Cristo como algo duro y fatigoso. Todo ello le fuerza a ejercitar sus virtudes, en ocasiones, con actos intensos. Y así va creciendo en la gracia divina -va creciendo, por supuesto, si es fiel-.

Algunos cristianos hay que son crónicamente niños, no crecen, son como niños anormales. No pasan bien la crisis de la adolescencia, no llegan a esa segunda conversión que está en el paso de principiantes -vida purificativa- a adelantados -vida iluminativa-. Abusan de la gracia divina, descuidan la fidelidad en las cosas pequeñas, dejan bastante la oración y los sacramentos, no entran en la verdadera abnegación de sí mismos, no acaban de tomar la cruz de Cristo para seguirle cada día. Son, como dice Garrigou-Lagrange, almas retardadas (Las tres edades, p.II, cp.20).

El cristiano joven

Es joven en Cristo el cristiano adelantado (los términos antiguos de aprovechado o proficiente hoy no se entienden bien). Este tiene ya virtudes bastante fuertes, frecuentemente asistidas por los dones del Espíritu Santo. Lucha sinceramente contra el pecado venial, cumple la ley con relativa facilidad, va cobrando fuerza apostólica, su oración viene a tener modos semipasivos -vía iluminativa-, y suele estar bastante viva durante la vida ordinaria. Al tener en buena parte «la casa sosegada», al haber superado los apegos y desórdenes internos de mayor fuerza, va viviendo a Cristo con mucha más libertad espiritual y más alegría.

De entre las personas de vida cristiana verdadera, no son pocas las que llegan a esta edad espiritual. Santa Teresa dice: «Conozco muchas almas que llegan aquí; y que pasen de aquí, como han de pasar, son tan pocas que me da vergüenza decirlo» (Vida 15,5).

El cristiano adulto

Adulto en Cristo, es decir, cristiano espiritual y perfecto, puede llamarse a aquél que, con la gracia de Dios, ha ido hasta el final por el camino de la perfección evangélica. Este se ve habitualmente iluminado y movido por el Espíritu Santo. Cuando piensa en fe y actúa en caridad, es decir, cuando vive cristianamente, obra ya espontáneamente, desde sí mismo, o mejor, desde el Espíritu de Jesús, que ahora experimenta en sí como su principio vital intrínseco. Acrecido el amor de la caridad, quedó ya fuera de él el temor.

Este cristiano adulto está ahora sobre la ley, y es el que mejor la cumple. Está libre del mundo y de sí mismo, en perfecta abnegación, y vive habitualmente en Dios, con Dios, desde Dios y para Dios. Ahora es cuando se ha hecho plena su unión con Dios -fase unitiva-, y cuando sus virtudes son constantemente asistidas y perfeccionadas por los dones del Espíritu Santo. Es ahora cuando el cristiano, libre de apegos, de pecados, de filias y de fobias, configurado a Cristo paciente y glorioso, alcanza ante el Padre su plena identidad filial, entra de lleno en la alta contemplación mística y pasiva, y se hace radiante y eficaz en la actividad apostólica.

Lo interesante de todo esto, son las conclusiones que podemos sacar para nuestro día a día.

Edad biológica y edad espiritual, obviamente, no se corresponden de modo necesario. Hay niños, espiritualmente precoces, que son adultos en Cristo, y hay adultos que en las cosas espirituales son aún niños, carnales, sin uso de fe apenas, y que viven a lo humano.

Los esquemas propuestos deben ser interpretados con gran flexibilidad. Señalan las fases ordinarias del crecimiento espiritual, pero la vida de la gracia está siempre abierta a lo extraordinario, a las posibles intervenciones del Espíritu, que «sopla donde quiere» (Jn 3,8). Los mismos maestros que han descrito el crecimiento espiritual en forma sistemática, avisan que no se interpreten sus esquemas en forma rígida. Santa Teresa, por ejemplo, al señalar las fases de la oración, advierte: «No hay alma en este camino tan gigante que no haya menester muchas veces de tornar a ser niño y a mamar -y esto jamás se olvide, quizá lo diré más veces, pues importa mucho-, porque no hay estado de oración tan subido, que muchas veces no sea necesario tornar al principio» (Vida 13,15).

Es posible, sin embargo, conocer y describir las etapas normales del camino espiritual. Dice Santo Tomás, ya lo vimos, que así como es posible caracterizar la psicología del niño, del adolescente o del adulto, así también las fases del crecimiento en el Espíritu «se distinguen según las diversas ocupaciones a las que el hombre se va dedicando según el crecimiento de la caridad» (STh II-II,24,9).

Es muy conveniente conocer bien las edades espirituales, la fisonomía peculiar que las distingue, y las formas de vida espiritual que a cada una le favorece o perjudica. El conocimiento de las edades espirituales ayuda mucho a establecer esa synergía entre la acción del Espíritu y la actividad del cristiano, que en esta doctrina aprende «este saberse dejar llevar por Dios», que dice San Juan de la Cruz (Subida, prólogo 4).

((La ignorancia de las edades espirituales produce graves males tanto en la dirección espiritual como en la acción pastoral. Muchos errores cometidos con principiantes-niños-carnales -como, por ejemplo, sustraerlos a obediencia y ley, convenciéndoles de que ya son adultos; sumergirlos en ratos muy largos de oración meditativa; mandarlos a hacer apostolado antes de tiempo, etc.-, proceden en buena parte de que se ignoran los caminos del Espíritu. Verdades elementales, como que la fase purificativa -la lucha frontal contra pecados y apegos- ha de ser el empeño primero y principal de todo principiante, son alegremente ignoradas por muchos, como si las cosas no fueran como son, sino como ellos preferirían que fuesen. Y aún mayores errores se cometen con los adelantados, y sobre todo con los perfectos, de cuya vida espiritual apenas suele tenerse ciencia ni experiencia. Ahora bien, las almas que se guían mal o que son mal conducidas, porque no se entienden ni hallan quien las entienda bien, o no llegan a perfección, o si llegan, «llegan muy más tarde y con más trabajo, y con menos merecimiento, por no haberse acomodado ellas a Dios» (Subida, prólogo 3).))

La mayoría de los cristianos son como niños en Cristo, son principiantes, carnales, que aún viven habitualmente a lo humano. Todos los maestros espirituales nos enseñan, fundados en la fe y en la experiencia, que son muy pocos los cristianos que en esta vida llegan a la edad adulta en Cristo, como perfectos y espirituales (+Vida 15,5; 1 Noche 8,1; 11,4; 2 Noche 20,5).

((Muchos, sin embargo, contra doctrina y contra experiencia, hablan y obran como si la mayoría de los cristianos fueran adultos. Así, rechazan el magisterio apostólico, la disciplina eclesial, la guía de la autoridad pastoral, alegando: «Ya somos adultos». Y así, cuando consideran, por ejemplo, la esterilidad de una Iglesia local -supuesto que tengan lucidez para reconocerla-, buscan la solución primero de todo en mejoras organizativas, económicas, metodológicas, pero no advierten que sin conversión y mayor santidad los problemas eclesiales no tienen solución. Parecen, pues, ignorar que la vida cristiana de una Iglesia particular en la que la mayoría de los laicos, sacerdotes, teólogos y religiosos son como niños, son carnales, y viven a lo humano, es una vida necesariamente mediocre, sumamente deficiente, llena de errores, disensiones, fragilidades morales, engaños e ilusiones, desorden y contradicciones, agitación y actividades vanas. Y es que los niños, inevitablemente -a no ser que se sujeten a obediencia- piensan como niños, sienten como niños y obran como niños.

Por otra parte el problema se agrava en cuanto que esos sacerdotes, laicos y teólogos, que espiritualmente son como niños, suelen tener conciencia psicológica de adultos: ellos discurren, alegan, escriben, organizan, celebran reuniones, a veces con una admirable planificación… ¿No prueba todo esto que son cristianos adultos?… No, no lo prueba. San Pablo se atrevía a decir a los corintios: «Yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche, no os di comida porque aun no la admitíais. Y ni aun ahora la admitís, porque sois todavía carnales. Si, pues, hay entre vosotros envidia y discordias, ¿no prueba esto que sois carnales y vivís a lo humano?» (1 Cor 3,1-3)…

La Iglesia ha de formar para Dios hijos santos, plenamente adultos en Cristo. Para eso el Padre la ha enriquecido en el Espíritu de Jesús con toda clase de gracias, palabras, sacramentos y dones. Esa es su misión entre los hombres, su vocación irrenunciable. Una Iglesia que ya no aspira a florecer en santos, y que no pone los medios para lograrlos, traiciona lo más profundo de sí misma. Por eso si una familia, un movimiento, una diócesis, no florecen suficientemente en santos, si sólo producen cristianos carnales, crónicamente infantiles, hay que deducir que tienen un Evangelio deficiente o falseado, y que -quizá para continuar siendo numerosos- se contentan con un cristianismo desvirtuado, vivido a lo humano, es decir, habitualmente resistente al Espíritu Santo.

La Iglesia de Cristo ha recibido de lo alto misión para hacer de los hombres adámicos, hombres nuevos, es decir, cristianos, y tiene en Dios fuerza para fomentar el crecimiento de éstos, desde niños hasta adultos, de modo que lleguen a ser «varones perfectos, a la medida de la plenitud de Cristo» (Ef 4,13).

yo no lo sabía

Una de cal y otra de arena.

Si el otro día encontraba una canción estupenda para ponerle letra al desierto de Dios, es justo también poner otra que nos permita cantarle lo enamorados que estamos de Él y lo felices que nos hace

Que yo no lo sabia, quien me lo iba a decir
que solo con tu sonreír
inundarías todo mi ser de alegría
y yo no lo sabia que me podia encontrar
algo tan dulce como tú.

Eres lo más bonito que he visto en mi vida.
Y yo no lo sabia, y si me vuelvo loco es al sentir
que hay tantas cosas que vivir,
y yo sin ti no lo sabía.

Por la calle no hago más que sonreir.
Y es que todo el tiempo estoy pensando en ti,
Que le voy a hacer?
Es curioso como hay dias en los que,
Todo es magia todo es arte y ya lo ves,
no puedo callar ,ni dejar de ser
el loco que está rendido aquí a tus pies.

Y yo no lo sabía…
quien me lo iba a decir
que solo con tu sonreír
inundarías todo mi ser de alegría
y yo no lo sabia que me podia encontrar
algo tan dulce como tú.
Eres lo más bonito que he visto en mi vida.
Y yo no lo sabia, y si me vuelvo loco es al sentir
que hay tantas cosas que vivir,
y yo sin ti no lo sabía.

Aunque hable la gente solo oigo tu voz.
Completamente borracho por tu amor.
¡Que pesado estoy!
Pero es que tampoco me quiero callar.
Mas bien al contrario, yo quiero gritar
que soy muy feiz si estás junto a mi.
Te quiero a morir. Estoy loco por ti.

Y yo no lo sabía…

Y yo no lo sabía! Y yo no lo sabía!

Te odio, Dios

Las canciones son unas fantásticas canalizadoras de sentimientos.

Le dan sonido y palabras a algo que tenemos dentro y que no podemos expresar con la razón.

Encontré mi canción perfecta para la angustia del desierto de Dios. El dolor y el rechazo que nos causa el silencio de Dios en nuestras vidas, esta tarde lo que cantado con una profana canción de Ismael Serrano: “te odio”. Ese tiempo en el que ni lo sientes, ni entiendes, pero lo bueno vivido con El es lo que te mantiene con vida, se lo he podido cantar. Esa rabia de no entender lo que te ocurre, ni qué sentido tiene, tiene notas musicales.

Si algún día te sientes así, aquí te dejo mi regalo para que tal como he podido hacer yo hoy, le cantes a tu Dios una preciosa canción de amor.

Te odio.
Odio las canciones de amor
que traen tu recuerdo a mi casa.
Las ganas de verte.
Y odio
el cielo en tu rostro y las dudas
de echarte al olvido o llamarte
para contarte,
qué sé yo,
que sigo existiendo,
que te odio por fin,
que no sé
si el mundo resiste sin ti.
Tanto, tanto, tanto, tanto te odio.

Te odio.
Odio la mañana, el café
sin planes, sin ti y en ayunas
perdura tu aroma y lo odio.
Envuelto en papel de colores
te envío bengalas, rencores.
Quizá recuerdes así
que te odio. También tu sonrisa
y la brisa arañando tu piel,
y mi corazón ya de paso.
Tanto, tanto, tanto, tanto lo odio.

Este viejo odio
que hiela los jazmines,
ama tu figura aborrecible.
Y así, si te marchas,
quedan los rencores
para recordarme las razones
de por qué me eres imprescindible,
de por qué te extraño aunque me olvides.

Te odio.
Odio tu belleza y a mí
me odio al saberme tan lejos
del viejo camino andado
rastreando hadas y cometas,
la estrella prendida en tu pelo.
Maldito lucero. Lo odio.
Odio odiarte tanto,
saber que te encuentras perdida
y la vida me impide encontrarte.
Tanto, tanto, tanto, tanto te odio.

Yo odio
perseguir tu rastro,
cansado en este laberinto.
Cual hilo de Ariadna tus huellas
me llevan hasta el dulce tiempo
de besos, promesas. Lo odio.
Soy tan feliz
a tu lado que odio
que ya no estés cerca
y empieza a cansarme este odio.
Quizá si tuviera tus manos
Pero te odio tanto, tanto, tanto, tanto.

Este viejo odio
que hiela los jazmines,
ama tu figura aborrecible.
Y así, si te marchas,
quedan los rencores
para recordarme las razones
de por qué me eres imprescindible,
de por qué te extraño aunque me olvides.

 

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